En la década de los noventa, caminábamos las calles en busca de las musas, recorríamos Dosquebradas y Pereira metidos entre unos jeans desteñidos, camisetas negras sin mangas o con los logos de las bandas de rock que admirábamos, los cabellos largos, chaquetas roqueras, cerveza y cigarrillos.

Emergíamos de los barrios obreros en donde viven las clases subordinadas y comenzábamos a tener al frente el panorama de cómo ganarnos la vida y adquirir las responsabilidades de la adultez. Los señores de la guerra que ya nos tenían metidos en el horror neoliberal y la venta de todos nuestros derechos sociales, habían hipotecado el futuro de nuestra generación y de las siguientes.

Pero contábamos con las divinidades inspiradoras de las artes, con la musas, con la música. Los hijos de la clase obrera encontramos en el Rock aquel refugio para no sucumbir ante la injusticia y las adversidades que nos dosificaban desde los altos círculos del poder. Las letras que hablan de amor, que rechazan la guerra, que señalan a los amos que quieren acabar con el planeta, palabras que desprecian y ridiculizan a quienes se parapetan en su superioridad heredada, para abusar de los más débiles. Allí descubrimos lo excelso del placer estético, de la amistad, de la juntanza de rebeldías, del destino común.

La escena roquera en Pereira y Dosquebradas tuvo un punto alto en aquella década. Hombres y mujeres compartimos bandas y bares, vimos crecer, alcanzar la fama y el reconocimiento a Kraken y a La Pestilencia, a Tránsito Libre, orgullo de nuestra comarca. Pero el rock nunca se ha apagado en la Perla y sus confines. Ha estado ahí presente, en los radios de las casas, en los bares, en los corazones, las mentes y las gargantas.

La segunda década del siglo veintiuno nos regaló el festival Convivencia Rock, que se realizaba en el Parque Olaya Herrera, el cual luego fue despreciado y acabado por esa clase emergente que tiene hilos comunicantes con los señores de Medellín, Cali y el Norte del Valle de los años ochenta y noventa, que sumieron a este país en sangre, los mismos que se disgustan ante el libre pensamiento y ante las manifestaciones culturales que agrupan al diferente, al excéntrico, al amoroso, al iconoclasta. Pero el Rock seguía ahí, como una semilla que aprovecha cualquier rayo de sol, cualquier gota de agua, para crecer rompiendo el pavimento.

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Y nos llegó lo que jamás hubiéramos esperado: una pandemia, o la declaración “oficial” de la misma. Con el miedo, también se visualizó mejor la pandemia de la indiferencia y la mezquindad gubernamental, del sálvese quien pueda. Sacrificado el empresariado pequeño y los artistas; aquellos que en verdad han construido esta Nación. Los que están en las grandes oficinas y que devengan jugosos salarios extraídos de nuestro sudor, esos, sólo reparten dolor. Pero el Rock seguía ahí, esperando que recordáramos lo que es y puede la semilla de la solidaridad, de la amistad, del amor por lo que hacemos y en lo que creemos. Y en esta comarca risaraldense se juntó la gente para exigir su derecho al trabajo, a la cultura, a vigorizar los sueños. Nació Unidos por el Rock.

Entonces, un sábado de marzo de esta etapa pandémica, recogimos de nuevo los sueños, los recuerdos; nos vestimos los jeans y los tenis. Y esos niños que recorrían las calles húmedas de lluvia en las noches lejanas de los noventa, nos devolvieron su mirada desde el espejo. Volvimos a recorrer las calles en la noche pereirana, buscando el camino del suroccidente, como una señal de los tiempos; buscando un bar ubicado en el popular barrio Cuba, en donde la escena roquera iba a tener un nuevo capítulo.

Y hubo encuentro de viejas y nuevas amistades, la presencia de la diversidad en el Rock y en la ciudad, nos reencontramos con la estética del bar y sus detalles minuciosos, los ambientes bien creados y cuidados, que hablan del amor por lo que se hace; nos encontramos con la estética, la calidad y la potencia de la música, de los músicos, que hablan del amor por lo que se hace. Pasamos a escuchar la música de Kraken y su silencioso amor, dimos una vuelta por el trash de Metallica, viajamos al sur con Rata Blanca y nos dimos otra vuelta por el tiempo en busca de la sicodelia de Deep Purple y su Smoke on the water. Un viaje onírico a través del arte de las musas, una noche en donde recordamos de nuevo que la alegría nos salva de la indiferencia y que los hijos e hijas de los obreros tenemos al Rock como el refugio fiel que no nos abandona.

Como en la canción de The Beatles y cuyo nombre tiene el Bar del acontecimiento, regresamos a casa cantando “…now i need a place to hiden away, oh, i believe in Yesterday…”

Polarizador para develar intereses que mueven el mundo. Integrante del Congreso de los Pueblos.