Ya eran un poco más de las 7:00 p.m., debíamos ir a la zona de tolerancia si queríamos que las suficientes mujeres llegaran el siguiente día a la actividad que desarrollaríamos en la Escuela de Santa Inés, ahí pegada al Villa Julia.

Nos faltaba una moto, pues uno de nuestros compañeros había tenido un compromiso previo y estábamos llamando a varios conocidos a ver si alguno tenía tiempo, la búsqueda fue infructuosa, un 22 de diciembre las personas ya están en modo navidad, no quieren ir a un sector donde tal vez podría pasarles algo.

En ese momento, el amigo de Edilson –uno de nuestros compañeros-, quien había ido al barrio a ver la entrega de regalos más por curiosidad que por participar activamente de la actividad, manifestó que él nos acompañaba -¿Qué tan feo puede ser?-, lo que tomamos como un buen augurio, así que nos fuimos.

Primero fuimos a San Benito, uno de los sectores donde hay un gran número de prostíbulos de varios tipos, es decir, algunos más exclusivos, otros más populares. Al primero que llegamos fue donde meses antes ya habíamos ido con Luisa y Edilson a hacer nuestra primera visita de campo; no estaban las trabajadoras sexuales con las que ya habíamos establecido cierta cercanía, pero nos encontramos con otras dos chicas que nos prestaron bastante atención.

A una de ellas la recuerdo particularmente, era medianamente alta, acuerpada, blanca y mona. Tenía un body rosado fluorescente y cuando le hicimos la invitación a la integración del miércoles 23 de diciembre a la 1:00 p.m. manifestó que sí asistiría.

-¿Conoces qué es una copa menstrual?- su compañera respondió que no.

-Sí, a mí cuando trabajé en Bogotá me recomendaron usarla-

-¿Y la usas?-

-No, la verdad es que no-

-Mañana además de socializar las rutas de atención y contarles sobre los avances de la investigación que estamos adelantando, con apoyo de Fondo Lunaria vamos a entregar algunas copas menstruales-

-¿De verdad? A mí sí me gustaría usarla- Se le iluminaron los ojos y prometió que iría. Cumpliría su palabra porque sería la primera que llegaría al encuentro e iría con otra de sus compañeras.

Con ellas dos que estaban fuera del “chongo”, como lo llaman ellas, fue relativamente sencillo hablar, así que nos disponíamos a entrar, cuando salió el administrador, era un hombre corpulento, alto, negro y amable –o por lo menos con nosotras lo fue-, se hizo en la entrada de la puerta como para primero conocer qué extrañas querían entrar a su territorio, aunque luego nos hizo la charla,

-¿Otra vez ustedes?-

-Ahh pero sí se acuerda de nosotras- le respondió Luisa, quien me admitiría luego que no lo recordaba, porque en la anterior ocasión que fuimos, nosotras dos estuvimos hablando con las trabajadoras sexuales y fue Edilson quien intercambió historias con él. Pero como su tono de voz era amable, continuamos.

-No han llegado las otras a trabajar, porque además hay poquitas, si quieren esperarlas llegan más rato-.

No teníamos mucho tiempo así que le explicamos en qué consistiría la jornada, le dejamos las tarjetas de invitación y confiamos en que las entregaría, nos faltaban muchos más establecimientos por visitar, no sólo en ese barrio, sino también en Villa Julia. Luisa y yo nos fuimos donde estaba Edilson con Aymer esperándonos en las motos y arrancamos.

De ahí nos fuimos para otros tres chongos que quedaban relativamente pegados, en todos nos tocó primero hablar con los administradores, quienes, aunque distantes, nos escucharon y nos invitaron a hablar con las jóvenes, migrantes en su mayoría; solo en uno de ellos no había ninguna, él nos recibió algunas invitaciones por si las veía luego.

Al primero que entramos, nos encontramos a una trabajadora sexual casi en la entrada, nos pidió algunas invitaciones más, porque muchas de sus compañeras no estaban yendo por las fechas de víspera de navidad. El señor de aproximadamente 35 años, blanco, flaco, alto y con una chivera peculiar, nos invitó a entrar, fuimos hasta el fondo, el ambiente estaba “pesado”, no había en realidad clientes, pero el olor a perfume barato, humo y elementos de aseo, se revolvía de una manera específica generándome incomodidad, era eso, o el que los dos hombres jóvenes que estaban en la barra, a los que traté de no detallar mayor cosa, empezaron a acosarnos, nos decían cosas en voz baja, quizá para que no los escuchara quien parecía ser el jefe y nos mandaban miradas lascivas. Apresuramos el paso, fuimos hasta el fondo, donde estaban las habitaciones pequeñas de quienes vivían allí, y después de un rato volvimos a salir. En la entrada nos encontramos a otro grupo de trabajadoras que acababan de llegar, preguntaron con curiosidad todo lo relacionado al evento y nos fuimos.

Cuando ya íbamos camino a Villa Julia, vimos un bar donde claramente mujeres ejercían su transacción sexual, este chongo no parecía precisamente acogedor -en la medida de lo posible que pueden ser estas residencias-, pues era pequeño, era un lugar casi en obra negra, lleno de mesas y con un joven con cara muy demacrada, como custodio. Le preguntamos si podíamos hablar con las jóvenes -o señoras- un momentico, pero él no era quien tomaba las decisiones, se entró a hablar con el verdadero dueño.

Ahí fue cuando lo vi, mientras Luisa detallaba lo que alcanzaba a divisar de los clientes y las ventas ambulantes de dulces, tintos y cigarrillos fuera del establecimiento, yo me encontré con sus ojos, de fastidio, era alto, moreno y gordo y no sé qué le diría específicamente el joven, porque no quiso salir, pero, aunque estaba entre la luz de una farola vieja y la penumbra, leí sus labios cuando dijo que no y algo más.

-Dijo que no-

-¿En serio? Y ahora qué hacemos, cómo las invitamos- me preguntó Luisa cuando le adelanté la respuesta que había interpretado desde la distancia. En ese momento salió el joven, apacible, como a quien no le importa la decepción de sus interlocutoras.

 -El patrón dijo que no, ya se pueden ir-

-¿Podemos dejarte algunas invitaciones?- estaba diciendo Luisa, cuando de repente salió una de ellas, no perdimos más tiempo hablando con el joven y transmitimos nuestro mensaje rápidamente a la chica, para no quitarle mayor tiempo.

De ahí nos fuimos para Villa Julia, ya con un sentimiento en el pecho de incomodidad, casi temor, estos lugares tenían un ambiente poco acogedor y aunque nosotras lo vivíamos de vez en mes que adelantábamos trabajo de campo, las trabajadoras sexuales tenían que hacerlo todos los días.

Llegamos a Villa Julia, había más gente de la normal y no eran precisamente trabajadoras sexuales. Había múltiples hombres tomando y consumiendo bóxer. Divisé un sólo patrullero en la calle contraria en la que paramos.

-¿Y si mejor estacionan allá al frente donde está el Policía?-

-Pero ustedes van a ir a estos dos lugares ¿No?, desde aquí las puedo ver mejor en caso de algo- me dijo Edilson. Así que nos bajamos, le entregué mi bolso y no me quedé con absolutamente nada de valor, solo tenía la copa menstrual en una mano y las invitaciones en la otra. Como vi que Luisa iba a arrancar con su maleta, le pedí que se la dejara a Aymer.

Nos acercamos a dos trabajadoras sexuales, una de ellas era drogadicta, lo sé por las marcas que deja el consumo de drogas en el rostro de las personas. Precisamente ella no quería escucharnos, pero después de contarle nuestro propósito generó cierta empatía con nosotras. Especialmente porque dos jóvenes que podrían estar un 22 de diciembre alrededor de a las 9:00 de la noche, en sus casas, viendo netflix o haciendo cualquier cosa, estaban hablando mientras alrededor de ellas, cuatro hombres estaban rodeándolas, diciéndoles cosas, y uno de ellos -que estaba consumiendo bóxer-, se cogía una y otra vez la bragueta. Dijeron que sí iban a ir a la jornada y cuando ya nos íbamos a ir, una de ellas añadió.

-Vengan, porqué mejor no se van, nosotras las acompañamos donde sus amigos y váyanse-

-Es que debemos ir a otros lugares a invitar a las demás chicas- le respondí.

-Pero es que mire, yo nada más ya vi dónde su amiga tiene el celular, ya sé cómo sacárselo y si yo se lo vi, ellos también-

-¿Te trajiste el celular?- le pregunté molesta a Luisa, los nervios y el lugar ya empezaban a hacer de las suyas.

-Sí, no me acordé de dejarlo en el bolso-

Ellas nos acompañaron donde nuestros compañeros, le dejamos el celular. Aymer estaba pálido y Edilson más nervioso de lo normal, supongo que igual que nosotras. En ese momento no parecía haber la suficiente seguridad como para hacer la convocatoria, aunque ya había ido ahí en otras ocasiones, tenía miedo. Nos pasamos la calle y fuimos donde el patrullero, quien nos miraba a lo lejos, pero no había hecho el mayor intento de acercarse.

-¿Será que podría brindarnos seguridad mientras terminamos la convocatoria?-

-¿Convocatoria de qué?-

Le explicamos

-¿Y van a ir a todos los prostíbulos?-

-Sí, a los de esta cuadra-

-Pero a quién tengo que cuidar ¿A ellos o a ustedes?-

-A ellos, ellos están en esas motos y tienen todas las cosas-

-Pero y ustedes se van a ir solas a las residencias?-

-Sí- dijimos al tiempo las dos. Lo dudó un rato y finalmente se pasó la calle. Luego Edilson me contaría que, si estaban nerviosos, entre el patrullero y la joven drogadicta, fue peor, pues mientras uno le reprochaba por haber ido en las motos de alto cilindraje, la otra les decía que ni con Policía se salvaban de que los robaran.

Mientras tanto nosotras hablamos con las trabajadoras sexuales de la residencia de Lulú; allí las chicas se mostraron muy entusiasmadas, nos pidieron el número y conversaron un buen rato, al igual que doña Lulú parecía encantada de que ellas pudieran participar de la jornada. Creo que el entusiasmo tanto de las jóvenes, migrantes en su totalidad, como de la señora ya mayor, de unos 50 años aproximadamente, fue determinante para que al día siguiente todas llegaran incluso antes de la hora estipulada.

De ahí bajamos a la residencia donde trabajan en su mayoría trabajadoras sexuales trans, a gran parte de ellas las conocemos desde hace alrededor de tres años, cuando hicimos junto a ellas el documental Las trabajadoras sexuales trans en Villavicencio ¿Entre estilistas y trabajadoras sexuales?, así que fue más sencillo invitarlas, inclusive cuando entramos a la residencia, una de ellas nos dijo –Otra vez El Cuarto Mosquetero por aquí-, seguramente porque hace menos de un mes, habíamos estado con la Veeduría Mujeres Libres de Violencias, Coalla y Oriéntame, haciendo una jornada de pruebas de embarazo y de enfermedades de transmisión sexual.

Llegamos a la última residencia, unas casas más allá de donde habíamos iniciado el recorrido, el joven que estaba consumiendo bóxer y cogiéndose el pene, se fue encima de nosotras, yo iba mirando de reojo, lo veía caminar detrás de nosotras, así que no veía qué estaba Luisa observando frente a nosotras. Ella pegó un grito, yo no alcancé a entender qué balbuceaba, miré hacia al frente asustada, pero no vi nada.

-¿Qué pasó?-

-¡Una rata! Por allá se fue- me decía con cara de terror, mientras señalaba hacia ningún lugar en específico.

-¿Usted gritó así por una rata?-

Yo creo que la miré con cara de pocas amigas, tenía ganas como de darle un pellizco, o algo, porque realmente sentí pánico cuando escuché su grito. Quizá su alarido alertó a Edilson, Aymer y el patrullero, porque al rato llegaron donde estábamos, y el joven que iba persiguiéndonos, se devolvió.

Continuamos invitando a más trabajadoras sexuales, cuando vi un rostro conocido, el de una chica, que yo estoy casi segura que es menor de edad. Ella me pidió que nos fuéramos hacia un lado, para hablar solas.

-Yo perdí su número, el que me pidieron cuando vinieron la última vez, no se imagina cómo la estaba pensando-

-¿Y eso? ¿Para qué soy buena?-

-Creo que estoy embarazada-

Su voz era de angustia, pude por un momento compartirla, si yo no me siento preparada para ser madre a mis 26 años, ya siendo profesional y con cierta estabilidad en mi vida, no podía imaginar el pavor que debía sentir ella. Le manifesté que la iba a poner en contacto con Oriéntame, allí podrían hacerle la prueba de embarazo de sangre y guiarla en el proceso. Ella volvió a anotar en un papel mi número, ya que no tiene celular; no fue al siguiente día, así que, aunque hablé con Fondo Lunaria, quienes hicieron la gestión para que la atendieran de forma gratuita, me quedé sin saber qué pasaría con esa joven, delgada, de diminuto traje, trigueña, quien me miraba con desespero.

-¿Y se puede hacer el amor con la copa?- le estaban preguntando a Luisa, el último grupo de mujeres con las que hablamos antes de irnos. Cuando ya salimos de Villa Julia, comprendí que Aymer nunca más volvería a acompañarnos a alguna actividad.

Comunicadora Social y Periodista. Especialista en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina. Fundadora del colectivo y medio de comunicación alternativo El Cuarto Mosquetero. Desde la comunicación trabaja los temas de género, paz y ambiente.