La difícil situación de Colombia cada día se agudiza más. Las manos que ahorcan este país y a sus habitantes tienen múltiples fuerzas, sin embargo, hay una que depende de nosotros los ciudadanos neutralizar: el odio.

Bien es cierto que tenemos razones de sobra para estar indignados, sin embargo, no podemos permitir que esa indignación se transforme en odio, dado que éste también nos ciega y nos quita la posibilidad de ver en el otro a un ser humano. Es evidente que, por estos días, no solamente en el escenario de las redes sociales, sino también en los ambientes más cercanos –el colegio, la universidad, la familia, el grupo de amigos, las relaciones afectivas– hemos tenido confrontaciones debido a las diversas posiciones que se tienen frente al Paro Nacional que, para nuestra desgracia, ya lleva 52 muertes y 2.200 denuncias de violaciones a los DDHH.

Lamentablemente, este grave conflicto no es nuevo, así como tampoco es nuevo que, quienes salen a manifestarse y los que siguen echándose el país al hombro, son los mismos que hace casi cinco años votaron por el sí en el Plebiscito por la Paz. Quienes votaron por el no siguen siendo los de siempre, con sus miedos infundados y con el mismo discurso hiriente y carente de contenido de ese mismo año.

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Es cierto que eso nos hace daño, que no podemos comprender cómo un gran número de ciudadanos todavía no entiende que el país tiene el potencial para ser un paraíso. Es doloroso que muchos no comprendan que todos somos ciudadanos y somos amparados bajo los mismos derechos. Parte el corazón que muchos avalen el abuso de la fuerza pública en contra de los ciudadanos. Hace trizas la esperanza que no se comprenda que no se trata solamente de un egoísmo visceral que promueve la indiferencia cuando el más desamparado sufre. Hace doler la cabeza la superficialidad de quienes citan tan solo contenido de las bodeguitas uribistas. En fin, todo duele, sin embargo, no podemos caer en la tentación, ­­–pese a la indignación­­– de permitirnos odiar.

Al contrario, tenemos que ser capaces de hablar con las personas que piensan así, no para demostrarles que tenemos razón, (porque sí, tenemos razón en querer vivir en un país en paz en el que todos y todas tengamos un lugar y una voz) sino por hacerles ver que la solidaridad está por encima de la insolidaridad; que los odios de hoy se los heredaremos a las futuras generaciones, así como estos fueron heredados; que la paz y la concordia es superior a la guerra; que el diálogo es más inteligente que la brutalidad de la soberbia que no permite escuchar; que los Derechos Humanos son una conquista y que es responsabilidad de todos vivir en sintonía con ellos, porque de no ser así no seríamos otra cosa que barbaros. Son muchas cosas que podríamos mostrarles. No obstante, tenemos que hacerlo con paciencia y con amor. De lo contrario, los ánimos se seguirán calentando y podemos terminar en escenarios muy complicados, como una guerra civil, de la cual no estamos lejos.

No podemos negar que quisiéramos que quienes ostentan el poder nos dieran ejemplo de diálogo y cooperación, aun así, tenemos que ser nosotros, desde abajo, quienes logremos apaciguar los ánimos. Es cierto que muchos tienen actitudes antidemocráticas y que eso hace la terea casi imposible. Pese a esta dificultad tenemos que intentarlo y ser creativos, pues de no ser así, seguiremos infinitamente creyendo que la ciudadanía se está despertando, cuando no, sólo serán los mismos que hace unos años defendieron el sí en el Plebiscito por la Paz.

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Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.