Por: Jessica Galvez*

En el país en que no se puede ser líder social, indígena, afro, mujer, ambientalista, LGBTI, río o páramo, se ha sumado un nuevo perfil de alto riesgo: ser joven. En las últimas dos semanas, se han producido siete masacres en las que han caído una alarmante cantidad de personas. Desde niños que elevan una cometa hasta jóvenes que se encuentran un fin de semana. Estas noticias nos retrotraen a las épocas más oscuras y angustiantes de nuestra historia, que muchos soñábamos con dejar en el pasado. Esta violencia que va y vuelve en olas, más que una enfermedad, pareciera ser un síntoma.

El síndrome de Munchausen by proxy (por poder) se refiere a “una patología caracterizada por el abuso físico o emocional, en donde la simulación o producción de síntomas es direccionada [a un tercero], llevando a tratamientos de salud y cirugías innecesarios” (Gonçalves et al, 2014). En otras palabras, se trata de una patología en la que una persona (generalmente un cuidador) causa daño físico a un tercero (generalmente un menor de edad) con el fin de ganar un beneficio propio.

El 3 de agosto del 2020, la sociedad colombiana vio atardecer con una noticia que, aparte de histórica, causó reacciones fuertes de alegría e indignación casi en igual medida. Me refiero, por supuesto, a la emisión de la orden de detención domiciliaria del infame senador Álvaro Uribe Vélez. Independientemente de las manifestaciones que esta noticia desató en casi todo el país, es más preocupante la onda expansiva de este hecho que no debe verse aislado sino como lo verían quienes juegan ajedrez: desde las estrategias y las implicaciones futuras de semejante parte aguas en la historia reciente.

En la esfera pública, Uribe se ha mostrado respetuoso de los procedimientos legales y profundamente apenado por las sesgadas decisiones que toman en su contra las cortes coartadas por la izquierda guerrillera y comunista. Pide transparencia para hacer ver opaca a la justicia en contraste y sabe que la opinión pública de los medios masivos le respalda. De puertas para adentro, amedrenta, amenaza, y amaña procesos en su contra para intentar salir indemne.

Mientras más pasa el tiempo, se hace evidente para más personas (y para él mismo) que los días de omnipotencia de Uribe se están agotando. En la esfera política, su influencia es cada vez menor y es claro que la presidencia de Duque ha sido como mínimo, mediocre. Sin embargo, aún conserva una herramienta que, aunque disminuida, siempre ha sido efectiva: la ideológica. Confía en quienes creen en su palabra y este siempre ha sido su salvavidas para mantener un honor manchado en sangre.

Para quienes aún creen en él, el mayor argumento para defenderle siempre ha sido que durante su mandato “se pudo volver a viajar” sin el peligro de ser secuestrado en cualquier carretera. Su poder siempre se ha cimentado sobre la fuerza bruta y es en esta dirección en la que leo el baño de sangre que ha producido en Colombia en las últimas semanas. Su poder, su proxy, ha desatado la barbarie que no se veía desde hace una década con el fin de traerle un beneficio propio: a Uribe le conviene que el país piense que sin él, la violencia arremete en los territorios. Para el ex eterno, es sumamente conveniente que la gente viva con miedo; que asuma que sin él en una posición de poder, el país se está descontrolando y se viene abajo.

Si bien Uribe no es una madre que ahoga a sus hijos para llamar la atención de las personas a su alrededor, si puede pensarse como quien causa daño a personas vulnerables para “salvarlos” y reconfortarse en la satisfacción del deber cumplido. En este caso, evidentemente la figura de los hijos es ocupada por las comunidades que ven a sus jóvenes morir violentamente sin causa alguna y de la manera más inesperada a manos de los eternos motorizados, armados hasta los dientes que desparecen como una exhalación después de sembrar el pánico.

No es casual que esta serie de masacres estén sucediendo en los departamentos que han sido de los más golpeados por todo tipo de violencias; son los más vulnerables y es donde la negligencia del Estado se ha sentido con mayor fuerza. Tampoco que, a la orden de retirada de las tropas de las FARC, las fuerzas paramilitares hayan entrado con sigilo a imponer el orden del rejo (¿o del plomo?), como les gusta a los patriarcas de antaño. De la misma manera, para nadie era un secreto que la extrema derecha se sentiría respaldada por el nuevo gobierno de la Seguridad Democrática y que muy seguramente los paramilitares se iban a recuperar con toda.

Habría que padecer de la peor ceguera o ser tan inocente como un niño de cinco años para no anticipar una estrategia de ataque en todos los frentes con la noticia de la detención de Uribe. Es la grieta más severa que su imagen ha tenido que soportar; a la vez es la primera estocada certera al hombre ya viejo y debilitado que necesita, por la vía del poder, mantenerse inocente. Probablemente el tiempo nunca confirme esta débil hipótesis que arriesgo a formular desde el pasmo que generan las matanzas diarias; pero tampoco suena tan descabellada, considerando que el ‘presi’ eterno es más bien propenso a dar patadas de ahogado.

Referencias:

Gonçalves, T; Germano, M. E; Kegler, P y Kother, M. (2014). “Síndrome de Munchausen by proxy: definición, contextualización y factores psíquicos involucrados” Revista de Psicología (PUCP). 32 (1). 139-156.