La actual situación de violencia que vive Colombia es el reflejo de los persistentes problemas estructurales que, desde hace décadas, e incluso siglos, se han ido acumulando hasta el día de hoy.

Entre estos problemas hay uno, en especial, al que quiero hacer mención, la centralización. Desde la independencia, Colombia ha estado revestida de diferentes conflictos que se han resuelto, en su mayoría, por medios violentos. La disputa que inició entre los Republicanos y Liberales fue el comienzo de lo que ha sido una larga historia de guerras en un país lleno de colores y bellos paisajes. Entre los varios disgustos que separaban a estos dos sectores políticos, fue la creación de una República con un sistema centralista o uno federalista. Los Republicanos al mando de Antonio Nariño abogaban por uno centralista, mientras que los Liberales impulsado, entre otros, por Francisco de Paula Santander defendían el federalista.

Como bien lo evidencia la historia, el centralismo fue el sistema que se adoptó y el cual ha dejado, hasta el momento (2022), una cantidad de consecuencias devastadoras para las regiones y comunidades más alejadas del país. Una forma de verlo es que la mayoría de las entidades públicas se encuentran ubicadas en las ciudades más importantes del país, pues hay muchas ciudades que a pesar de ser capitales no prestan ciertos servicios públicos, o en su defecto, los prestan pero su trámite debe hacerse desde la ciudad capital, es decir, Bogotá.

Esta incapacidad del Estado para proveer bienes y servicios a toda la población colombiana implica, entre muchas otras cosas, que no haya presencia continua de la Fuerza Pública para garantizar seguridad y convivencia, así como la inexistencia o parcial presencia de instituciones públicas como juzgados, fiscalías impide la administración de justicia, que no es otra cosa que la aplicación de la ley y la sanción en caso que se requiera.

Esa debilidad del Estado, ha generado, en gran parte, que muchos de los grupos armados ilegales surjan y persistan en el tiempo. Ya que, estos son los que se convierten en los proveedores de bienes y servicios, así como los que mantienen el orden y control de la población en sus territorios.

Claro está, que cada grupo surge con un interés en particular. Por ejemplo, muchas de las guerrillas cuando emergieron, lo hicieron como respuesta a la exclusión política que estaban sufriendo y consecuentemente al abandono por parte del Estado al no poder manifestar sus necesidades por medio de representantes; diferente al surgimiento de grupos paramilitares que lo hicieron para salvaguardar intereses económicos y políticos de las amenazas insurgentes. Pero, sin duda, fueron actores que pudieron florecer en la medida que el Estado no ejercía el monopolio de la fuerza para garantizar un orden ni tuvo la capacidad para resolver los problemas que aquejaban a las poblaciones o, en caso de que sí pudiera, fue complaciente y negligente, porque el sistema centralista y en especial las élites que han ostentado el poder no les implicaba un problema, de hecho, en algunas ocasiones les ha sido beneficioso.

Sin embargo, los territorios en los que estos grupos han hecho presencia, esos que están alejados de las urbes, en su mayoría, y las poblaciones que allí habitan, les ha costado hasta su vida. Para nadie es un secreto que la conformación de estos grupos implica grandes cantidades de dinero, ya sean para una lucha política o para salvaguardar economías legales e ilegales, por lo que deben buscar la forma para financiarse.

Y ha sido en busca de esas fuentes, que se han ejercido una variedad de repertorios de violencia en los últimos 70 años, en los que se ha revestido a las tierras remotas de la geografía colombiana, en pocas ocasiones a las ciudades, de baños de sangres y un cúmulo incontable de violaciones a los Derechos Humanos. No todo se debe, pero si en parte, a la perversa centralidad de recursos, conformismos, élites, bienestares, e intereses que hemos perpetrado a lo largo del tiempo.

Politóloga de la Universidad de Antioquia, he trabajado como investigadora en la universidad de la que me gradué y en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Actualmente me encuentro finalizando una maestría en Gobierno y Asuntos Públicos en la UNAM.