Alfredo Molano nació para contar la verdad. Su interés por desvelar la realidad del conflicto armado, y el amor que le tomó a los llanos orientales desde su infancia, lo llevó a liderar el trabajo de la Comisión de la Verdad en la Orinoquía y la Amazonía. 

Hace 75 años, Bogotá vio nacer a quien se convertiría en un referente para pasadas y futuras generaciones en sociología y periodismo. Hoy se cumple un año desde que falleció Alfredo Molano, un hombre que dedicó su vida a trochar por las zonas rurales de Colombia, para escarbar en lo más recóndito las realidades invisibilizadas. Además, fue elegido como uno de los 12 comisionados que conformaron la Comisión de la Verdad. 

En su anhelo de hallar verdad y su trabajo como periodista, recorrió trochas, ríos y selva. En cada territorio visitado, tuvo la oportunidad de escuchar testimonios de quienes vivieron de primera mano el conflicto armado. Ese trabajo de escucha está plasmado en libros como A lomo de mula, Viajes al corazón de las Farc, Selva adentro, Apaporis, Del llano llano, viaje a la última selva, Los bombardeos de El Pato y Dos viajes por la Orinoquia de Colombia.

En sus recopilados, habla sobre el conflicto tras los cultivos de coca, el deterioro ambiental, la diversidad étnica en medio grupos armados y las formas de violencia antes desconocidas en estos territorios. 

Pero antes de enriquecer la historia de Colombia con sus libros, se formó académicamente durante los años setenta al lado de su amigo y maestro Camilo Torres Restrepo, a quien conoció en la Universidad Nacional. También compartió aula y charlas con Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña y Virginia Gutiérrez. 

Tras graduarse como sociólogo, vivió casi tres años en Medellín, donde fue investigador del Incora, profesor en la Universidad de Antioquía y fue aprendiz del filósofo Estanislao Zuleta. Luego se trasladó a Francia gracias a una generosa beca de doctorado junto a su primera esposa y sus dos primeros hijos de los cuatro que tuvo. No consiguió graduarse porque su director de tesis consideró que su investigación sobre la colonización del Ariari no le pareció sustentable científicamente. Eso le sirvió a Molano para darse cuenta que no quería recabar gráficas, cronogramas ni datos comprobables, quería escuchar voces, relatos e historias de vida, investigar desde lo humano. 

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Fue halagado siempre por su capacidad de escucha y de asombro, su interés por hallar la verdad, jamás permeó su discernimiento ni su empatía. Así lo describe la periodista y comisionada de la verdad, Marta Ruiz en un artículo para la revista Arcadia: “Viajaba con la curiosidad de quien lo hace por primera vez, escuchando de manera limpia, sin prejuicios, casi sin preguntas; dejando que el relato del campesino, del colono, del exguerrillero, del exparamilitar o del líder social fluyera libremente y lo impregnara”. 

De hecho, Molano denominó los testimonios que recogió, como las historias de vida de los “anónimos”. Esos que nadie nombra, aquellos arrinconados en las penumbras de lo encubierto. Por eso se convirtió en escritor de relatos de vida de marginados, violentados, desplazados de esa Colombia de todos y todas, que aún es desconocida por muchos. 

Dedicó 30 años de su vida a caminar entre la Colombia profunda, escribió sobre lo que quiso, pero hubo un libro que nunca logró materializar. En una entrevista a la Revista Bocas, contó que siempre quiso escribir sobre su vida erótica. “Ya tengo anotaciones y secretos guardados. Hay que esperar. (…) Hay un momento en que a los viejos les da por esas: cuando ya no se les para escriben sobre cuando se les paraba, como Gabo con sus putas tristes”.

Aún así, gracias a su andadas por el campo profundo, acercó a las urbanidades, con sus textos, a una realidad que salió a la luz gracias a sus letras y su falta de temor para denunciarla. Era de izquierda, pero no militó, prefirió ir a lomo de mula escuchando historias y contando verdades de los territorios donde no era fácil conocer información verídica. 

Por eso, dedicó sus últimos años de vida a trabajar desde la Comisión de la Verdad para construir la historia del conflicto armado con la participación de diversas miradas. Por ello, para las y los periodistas representa todo un reto, seguir su legado, pero su vida es precisamente la guía para aprender a escucharnos, comprendernos y contarnos dentro y fuera de lo académico para construir país, promover tolerancia y cimentar memoria.

Comunicadora social y periodista, con experiencia en prensa escrita, comunicación institucional y trabajo con comunidades vulnerables desde el enfoque de la participación política, defensa del territorio y comunicación para el cambio social.