Desde el pasado 28 de abril de 2021 todas las noticias en Colombia son desalentadoras. Lo que pudo convertirse en la fiesta de la esperanza, se ha convertido en una clara manifestación que revela que nuestro país todavía no está a la altura de ser llamado un Estado Social de Derecho. 

En los últimos meses hemos visto la incapacidad de las instituciones del Estado para convocar al diálogo, por el  contrario, lo que ha hecho es responder a las peticiones del pueblo con bala y con fuerza bruta. Por otra parte, los medios de comunicación tradicionales, que son grandes generadores de opinión, han centrado su trabajo en hacer que las protestas pierdan el apoyo popular. Lo cual indica de lado de quién están los grandes medios de comunicación. 

En Colombia suceden cosas atroces, hay represión en contra de quienes tienen unas quejas y unos reclamos válidos:  los campesinos, las víctimas del conflicto, los jóvenes sin oportunidades, los desempleados, las mujeres, los pocos ciudadanos privilegiados que no se sienten tranquilos porque saben que es injusto que no todos gocen de los mismos bienes, entre muchos otros.  Sin embargo, hay algo que está de fondo: el Estado no protege a sus ciudadanos, lo cual se hace evidente en lo que está sucediendo en el país.

Hace unos días se conoció que Santiago Ochoa, un joven de 23 años fue decapitado en  Tuluá. Curiosamente el hecho sucedió en el mismo lugar que recrea una novela sobre la Violencia en Colombia, Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal. En el texto, todos los días bajan cadáveres por el río, personas son acribilladas en las esquinas, seres humanos son asesinados en los campos, y no sucede absolutamente nada. No hay autoridad que responda. Lo mismo está pasando en el país. Cuando se lee la novela sucede lo mismo que sucede con la muerte de Santiago Ochoa: silencio, dudas, miedo, parálisis,  incertidumbre, respuestas eufemísticas de las instituciones del Estado y reclamos de la Policía porque aparentemente fueron los primeros sospechosos de la muerte del joven. La Policía se encuentra más afectada por la mala imagen que tienen que por aunar todos sus esfuerzos y averiguar quiénes decapitaron a Santiago Ochoa.

Tal desgracia también nos recuerda que en Colombia nunca hemos dejado de estar dominados por grupos al margen de la ley, los cuales no son contrarrestados por las fuerzas del Estado. De hecho, estos grupos delincuenciales, aunque son ilegales operaran a la luz de la legalidad, pues son precisamente estas agrupaciones las que están detrás de las muertes de los líderes sociales y campesinos, y quienes seguramente son los autores materiales de la muerte del joven de Tuluá. En su libro, Sombra de Orión, Pablo Montoya dice que estos grupos paraestatales son hijos bastardos del Estado, es decir, que aunque se sienta vergüenza de ellos, son hijos y como hijos, reciben órdenes y ejemplo de sus padres. 

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.