Reforestación y reconciliación en el barrio 13 de Mayo de Villavicencio

El proyecto El Vergel Mágico transforma el barrio 13 de Mayo en Villavicencio, promoviendo reforestación y reconciliación entre firmantes de paz y la comunidad. Una iniciativa que siembra vida y fortalece el tejido social. 

En el nororiente de Villavicencio, a rondas de los caños Maizaro y Rodas, se encuentra el barrio 13 de mayo. Allí, firmantes de paz, comunidad y Ejército Nacional se encuentran desarrollando el proyecto ambiental El Vergel Mágico, impulsado por la Agencia para la Reincorporación y la Normalización -ARN-.

Anirley Catherine Sánchez tiene 25 años, es firmante de paz y una de las participantes. Explicó que el objetivo inicial del proyecto era impactar a la población firmante de paz jóven y a sus familiares. Luego se extendió la invitación a Juntas de Acción Comunal -JAC- y se llegó a los barrios Morichal, La Nohora y el 13 de Mayo.

“Lo que se intenta es hacernos conocer, fortalecer el tejido social, que las personas de Villavicencio y el país quiten el estigma de que nosotros somos el monstruo, los malos de la historia, los guerrilleros”, cuenta Anirley.

En el caso del 13 de mayo, se escogió un terreno a la ronda del Caño Maizaro, luego se llevó a cabo la reforestación y la arborización, se implementará la huerta comunitaria y posteriormente se consolidará un vivero. “Esperamos poder contribuir y generar trabajo a alguien de la comunidad y hacernos reconocer acá en Villavicencio”.

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Lugar para la reconciliación

Yedy Padilla, secretaria general de la JAC llegó a este territorio de 14 hectáreas de la Comuna Cuatro de Villavicencio, junto a 900 familias, el 13 de mayo de 2008. Nació en esta ciudad pero vivía en el municipio de Puerto Santander cuando fue víctima de desplazamiento forzado. Regresó a la capital del Meta en 2006 y empezó a escuchar los rumores de que “iba a haber una invasión”.

Un informe de la Agencia de la ONU para los Refugiados -ACNUR- relata que se congregaron personas “desplazadas y vulnerables procedentes de diferentes zonas del Meta y del resto del país”, y fundaron este barrio. Lo bautizaron en honor a la Virgen de Fátima, que según la Iglesia Católica, se manifestó el 13 de mayo de 1917 a dos pastorcitas y un pastorcito en Portugal.

En este barrio, dice Yedy, “encontramos gente que también es firmante de paz, que estuvo en grupos paramilitares, gente desplazada, que en algún momento vivió y estuvo en la violencia. Casi la totalidad de la comunidad somos personas que venimos del conflicto armado”.

Por esta razón se escogió el barrio para llevar a cabo El Vergel Mágico: “Sembramos los árboles porque sembrar árboles es sembrar vida. Tratamos de recuperar espacios sucios, con monte, porque es darle ese ánimo a la comunidad de que estamos unidos”, dice Anirley. También cuenta que cuando llegó al barrio, desde la presidencia de la JAC estuvieron muy dispuestos.

María Carlina Pasiga, conciliadora de la JAC, lleva 11 años viviendo en el barrio. Expresa que este proyecto es importante porque los niños y las niñas “van a tener dónde disfrutar. La huerta comunitaria es para que el barrio se una a trabajar”. Recuerda que el espacio “antes era solo rastrojo y monte muy alto”. Se ha llevado a cabo la siembra de casi 300 árboles, jornadas de limpieza y compartir. “Hemos tenido momentos de tomarnos una sopa comunitaria, una limonada, conversar para ponernos de acuerdo y llegar a este proyecto que se está ejecutando”, cuenta Yedy.

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Quitar el estigma

Cuando la ARN llegó al territorio, buscaba la inclusión de firmantes de paz. El proceso lleva aproximadamente tres meses y en la actualidad ya están las semillas listas en la JAC para sembrarlas en la huerta comunitaria. Para Yedy, esto hace parte de la construcción de paz porque busca “acabar con esa estigmatización que hay, ‘que ellos son guerrilleros’ cuando en realidad son firmantes. Todos somos una sola comunidad”.

Desde la JAC cuentan que las y los firmantes “han llegado con toda la disposición, han transmitido empuje, berraquera. Hoy podemos decir que están dentro de la comunidad, estamos trabajando en equipo, eso ya es paz”. Esto fortalece el intercambio de saberes y experiencias entre diferentes generaciones del barrio.

Anirley por ejemplo tiene dos hijos. Al principio le daba miedo incluirlos en las actividades, pero al no contar con quién pueda cuidarlos, los lleva a cada proceso. “Luego se volvió cotidiano. Siempre les explico, les enseño. Me miro en unos años con mis hijos siendo una persona de bien y aportándole a la paz de Colombia”, relata.

La comunidad del barrio 13 de Mayo ha recibido a Anirley y a sus compañeras y compañeros con los brazos abiertos. “Ni siquiera preguntan ‘¿usted por qué estuvo allá?’, ‘¿usted por qué hizo?’, cosas que incomodan”, a pesar de que en el imaginario de la ciudad, este territorio “es peligroso”, dice la firmante, han sentido “total tranquilidad”.

Entre los deseos de Anirley se encuentra ser reconocida “por las maticas que ponen bonito a Villavicencio”. Ya le pasó una vez que en el centro de la ciudad le preguntaron: “¿Usted es la que fue al barrio a plantar?”. Su mensaje es que “sembrar un árbol es sembrar vida. Si todos los colombianos sembramos un árbol, no sería medio ambiente sino un ambiente completo”. Piensa también en el verano y las sequías y por eso le apuesta a este proyecto.

Por parte de Yedy, su mensaje es que “las diferentes comunidades abran la puerta a los firmantes de paz porque son personas normales, que oyen, ven, sienten, ríen, tienen su familia, les toca levantarse y trabajar para su sustento día a día igual que nosotros”. Afirma que se les deberían  abrir las puertas en los barrios “porque se pueden hacer proyectos muy buenos de la mano de organizaciones como la ARN”.

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