VIVIR EN UN ANCIANATO, PRIMERO EL LLANTO ¿LUEGO LA ALEGRÍA?

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“Ella llegó al ancianato por medio del hijo y la Nuera, porque la altura de Bogotá le estaba afectando su problema coronario y tuvo que venirse para Villavicencio; pero ellos son profesores y no podían estar pendientes de ella todo el tiempo, así que después de los trámites legales, Mechitas llegó al Hogar del Abuelo. Pero tenía el temperamento más fuerte que he visto hasta ahora, de una vaca vieja dura de enlazar” me comenta Sandra Margery, encargada del lugar, mientras espero que la señora Mercedes Perdomo se aplique crema en su brazo rojo y hinchado; ya que tiene picazón tras la desaparición del apoyo que le proporcionaba el yeso a su muñeca fracturada.

Mercedes, parece la más joven del grupo, “es una mujer de una salud a toda prueba” bromea mientras me cuenta toda su vida, con un poco de nostalgia. Su comportamiento está lejos de ser el habitual en el ancianato que describe como un “lugar donde se vive un ambiente de paz y tranquilidad”; ella probablemente es la abuelita más feliz que he podido ver en un lugar sin su familia biológica y sin embargo, tuvo que pasar por el mismo doloroso proceso de adaptación al que son expuestos las y los adultos mayores al llegar a los hogares geriátricos.

A sus 79 años Mercedes tuvo que abandonar todo el estilo de vida que llevaba, mimos y atenciones de su hija Gloria B y la alegría de ver crecer a sus cuatro nietos mayores, por orden médica; no podía respirar ni con oxígeno y la diabetes de la que padece le ha venido afectando la dentadura, oído, ojos, corazón “y hasta otros que no me he dado cuenta” asegura más bien tranquila. El cardiólogo le aconsejo vivir a menos altura.

 Tenía a su adorado hijo mayor Oscar B en esta ciudad (Villavicencio) y poder compartir con su nieta podría ser una hermosa oportunidad. Así que descendió a las planicies llaneras, ya que los achaques de la vejez y las enfermedades que vinieron con ella, no le permitirían vivir más en la ciudad que la vio nacer, crecer, enamorarse y ser feliz.

Sin embargo vivió muy poquito con su hijo Oscar, no pudo entenderse con su nuera; ellos no mantenían en la casa, son profesores y ella tenía que esperar hasta que regresarán fuera la hora que fuera, para las comidas o demás tareas, “Entonces yo tiraba hambre a lo loco” porque le prohibieron cocinar, ni tan siquiera arrimarse a la cocina “!Se quema! ¡Enciende el rancho! Y ¡Quédese quieta!” eran palabras que la hacían sentir totalmente humillada, y como ella a veces hacía caso y otras, su nuera le dijo que no soportaba más la situación. Con total naturalidad ella aceptó irse al hogar geriátrico que ellos eligieran y decidió guardarse todo el dolor para que su hijo no sufriera ante tal situación. Además es muy orgullosa.

Mercedes ahora entiende por qué es tan doloroso terminar en un hogar geriátrico.

Ella ahora sabe que todos “lloran y lloran” mientras se adaptan, pero mechitas como la llaman hoy en día, se sintió abandonada; siempre vivió con su familia y estaba acostumbrada a otro estilo de vida “Pero me tocó aceptar que la vida es como se la dan” me comenta con una sonrisa triste en los labios, ya lleva un año en el ancianato y después de seis meses dejó de imaginarse un futuro distinto y aprendió a no añorar su pasado.

Pero es que ella entiende por qué es tan doloroso terminar en un hogar geriátrico, pues cuando era joven siempre realizaba planes alegres a futuro. Tenía una familia unida y con ciertas comodidades y aceptar que esa vida tenía que dejarla atrás, hizo que vinieran los contratiempos con su llegada al hogar. Por la comida no peleaba pues siempre ha sido muy agradecida, ni siquiera no poder salir y entrar a su antojo era el problema, ya que ella sabe que ya no está en edad para eso, ya le pesan los años. Pero odiaba ese cambio; por eso se irritaba con la presencia de las otras abuelitas a las que ahora aprecia y ayuda tanto, no le gustaba que nadie le hablara, ella gritaba y regañaba a las empleadas que la cuidaban; tenía esa costumbre arraigada de mandar.

“Es que nunca tuve jefes, yo trabajaba en Max Factor” me explica tratando de recordar fechas que se le escapan ahora de la memoria. Trabajó durante trece años ahí, pero se retiró para casarse a sus veintiséis años “iba dejando el tren y me tocó correr” se ríe con ganas de su chiste, mientras decide contarme su historia de amor.

“Me amó con alma, vida y sombrero, hasta el último momento de su vida”

Lo conoció por medio de unas amigas para un diciembre en Bogotá, en las fiestas de la novela de aguinaldo “de esas que ya nunca más se volverán a realizar” asegura. Todas ellas eran “jóvenes, bonitas y rumberas” y una de ellas que trabajaba en Bayer, invitó a sus amigos de trabajo “que deseaban conocer niñas” a una de sus fiestas, aunque ellas ya tenían sus parejas.

“Él me ficho el día en que la fiesta era en mi casa, pero yo no le paraba bolas, tenía novio” pero recuerda que él era muy insistente, le hacía regalos y hasta le llevó serenata, pero ella no lo quería, estaba bien con su novio aunque viajaba mucho por el trabajo. Mercedes solo creía en que los dos podrían tener una amistad “pero al final él desplazó a mi novio” y después de cuatro años de noviazgo, se casaron.

Ahora solo conserva una foto antigua del día de su boda, él ya partió hace 22 años de su lado y le dejó a sus dos adorados hijos, no recordaría el tiempo que ha pasado después de su partida, sino fuera porque a su hija le afecto en gran medida la muerte de su padre, por ende según asegura, su embarazo se complicó y el niño nació prematuro.

Ella solo tiene dos de los seis hijos que quería tener, siempre le decía a su esposo que tendrían “tres parejitas de niños cansones molestando por toda la casa”, pero solo después de dos años con Manuel Buendía llegó su primer hijo, Oscar, y al año siguiente, su querida Gloria “… y los otros no llegaron, no quisieron venir” me cuenta maravillada, pues lejos de parar en pensamientos tristes, resalta que ser mamá “fue maravilloso”.

Según rememora los niños parecían gemelos y como su familia siempre pensó que ella no tendría hijos, los adoraban “Dios me los llenó de gracia, ellos crecieron llenos de amor, ¡Nunca se enfermaron ni de mocos! Hasta que crecieron y salieron del hogar” sin embargó ella lo acepto con naturalidad, ya que es la ley de la vida.

Además recuerda que su vida de casada fue maravillosa, don Manuel era considerado, trabajador “tal vez un poco introvertido, pero me amó con alma, vida y sombrero, hasta el último momento de su vida”, hasta los 67 años cuando falleció por un enfisema pulmonar.

Ahora ella siente que está muy bien, porque allá tiene todo lo necesario para vivir: tranquilidad, cariño, compañía, las comidas completas “hasta medias nueves, pero en la noche no como porque el médico me lo prohibió; solo puedo tomar agua, me encanta, especialmente del filtro” me cuenta a modo de confidencia. Además coincide con la directora del hogar, la señora “Rosita”, quien siempre sostiene que ellas son una familia “ellas las niñas pequeñas de la casa y las empleadas las hermanitas grandes”.

Ella procura ayudar en lo que más puede a las otras abuelitas, la mayoría muy enfermas y seniles, pero aún así sienten que tienen una vida de intimidad y respeto. Sus hijos la llaman todos los días, también habla seguido con sus adorados nietos, recibe visitas cada ocho días de su hijo, él viene solo; él, la razón de ser de que ella hubiera aguantado continuar en Villavicencio.

Cuando su familia veía que ella no podía aclimatarse en el hogar geriátrico, deseaban llevársela a otras partes del país con otros familiares, pero ella adora a su hijo, “si me voy para otra parte ¿volveré a ver a mi hijo? Yo sé que si me pongo mala, si me pasa algo, si lo necesito, él siempre viene” además su hija intenta visitarla cada mes.

Los días en que tiene visita va al salón de belleza o a la Iglesia Cristiana Cuadrangular, para escuchar la palabra de Dios, ya que no puede leerla “A mí me fascinó leer, ese era mi hobby: la lectura, especialmente de la biblia, pero ya no veo casi nada” sin embargo cuando sale, ya no siente deseos de no regresar, ese es su hogar.

Ahora me voy con deseos de volver y ver a esa viejita tan fuerte, tan amable que tal vez en algún momento vivió llena de resignación y que sin embargo, su fortaleza y su amor incondicional por sus hijos la llevo a desear realmente ser feliz con su nueva vida, la última. Sé que ella estará allí hasta que el destino o su Dios, se la lleve a reunirse con su gran amor. Mientras tanto me sonríe genuinamente por escucharla y se despide con un “adiós mi linda, espero verte pronto”.

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