Su capacidad de fina percepción y análisis le llevó a concebir una realidad atroz. “Calicalabozo”, como solía llamar a la capital del Valle del Cauca, fue testigo de su nacimiento, su efímera gloria y su repentina pero predecible muerte.

Luis Andrés Caicedo Estela nació en Cali un 24 de septiembre de 1951 en el seno de una familia conservadora y de clase media. Desde la niñez manifestó un conocimiento literario que a su familia dejaba sorprendida, pues entre ella no había antecedentes de alguien con gustos literarios ni dotes intelectuales. A pesar de los límites que existían en la Cali de los 60 y 70 por la censura proveniente de las iglesias en los libros, incluso en los colegios, Andrés a los 12 años podía hablar con total sentido de pertenencia sobre escritores como Virginia Woolf y Henry James.

HIPERSENSIBILIDAD MÁS ALLÁ DE LA ADOLESCENCIA

Una etapa trascendental sin duda fue su adolescencia, la escritura era un arte que se le daba a la perfección y él lo supo siempre. Nunca dejó de crear tramas, de plasmar historias y de enriquecer su aforo cognitivo. Sin abandonar su actividad literaria, amplió sus gustos hacia el cine y el teatro, gustos que le permiten trabajar en el Teatro Experimental de Cali creando los guiones y dirigiendo obras de teatro.

También fundó el Cineclub de Cali y el folleto Ojo al Cine, una revista que en 1974 se convirtió en la más importante de Colombia en el ámbito de cine. A los 18 años ya había realizado varios escritos para teatro, muchos de ellos censurados; rápidamente se convirtió en una figura intelectual reconocida en Cali; no obstante, eso no apaciguó la depresión que se aferraba a cada una de sus fibras.

Fue un joven poco convencional para la época, su cabello largo, su gusto por el rock y la salsa y sus impactantes narraciones que pocos comprendían, generaron una difícil relación con sus padres, una situación que le acarreó un aislamiento, uno que se le asemejó a un encerramiento sin salida, de ahí su atribución de Calicalabozo a su ciudad natal.

Veía los problemas sociales, la represión de una sociedad conservadora y sus propios problemas con una gravedad exagerada, producto de su extrema sensibilidad. Se deprimía con frecuencia y se batía en una lucha diaria por seguir en pie, la vida le resultaba patética si se prolongaba, para él, no era digno alargar la vida en un mundo de banalidades como el que habitamos. “Yo nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela” escribió en una carta para su madre dos años antes de morir.

UNA POSTURA HECHA REALIDAD

Aunque solo logró publicar ¡Que viva la música! en vida, -con dinero de su madre porque las editoriales a las que envió sus manuscritos se negaban a publicar el texto- Andrés Caicedo tiene una extensa obra que incluye cuentos, piezas teatrales, poesía y un vasto conjunto de crítica de cine y producción epistolar. Sus trabajos más citados son además de ¡Que viva la música!, “Angelitos Empantanados”, “El Atravesado” y “Berenice”.

“Vivir más de veinticinco años es una insensatez” aseguraba Caicedo, quien consideraba que debía partir del mundo antes de los veinticinco años pero dejando una huella que trascendiera por generaciones. Es su suicidio el momento que representa la mayor incógnita de su existencia, la primera y única edición de ¡Que viva la música! que llegó a sus manos representó su partida al más allá, o al menos eso decidió el 4 de marzo de 1977 cuando muere por una sobredosis al consumir intencionalmente 60 pastillas de Seconal.

Quizá su mayor temor era la vejez y anhelaba la muerte, una bajo sus propios términos y cuando la considerara propicia. En vida logró escapar de su realidad con literatura, drogas, cine y música, pero un escape hacía la muerte no tiene regreso, él era consciente de eso.

Muchos aseguran que Andrés era un genio, sus novelas exquisitas, con una hipnótica urbana que socava la nostalgia de los jóvenes en ese bello desenfreno de la época, su prosa simple era excelente y de factible en comparación con varios de los grandes escritores latinos cuando se lee su obra cumbre, y no es producto de la psicodelia química de los sesenta en la que se veía inmerso frecuentemente en un intento desesperado de hallar un refugio alejado de su realidad.

Aún casi tres décadas después su recuerdo sigue vivo en cada libro, en cada cuento, en cada guion y en cada joven que sigue su pensamiento. Durante estos años se le ha enaltecido con documentales, homenajes, y películas basadas en sus obras.

No se logra definir si lo que hizo fue un acto de valentía o por el contrario, un acto de cobardía, pero lo que sí es seguro, es que lo hizo siendo fiel a sus ideales. Ha sido amado y odiado, dejó un repertorio literario que aportó a mucho a una sociedad que escasamente lee, pero privó a quienes valoran las buenas historias de su belleza intelectual y de inmensa genialidad. Se fue como pocos harían: suicidándose en el triunfo. El destino o su afinidad por la muerte estancaron su grandeza y pasó a ser uno de los muchos personajes valiosos con una tumba en este país.

 

Comunicadora social y periodista, con experiencia en prensa escrita, comunicación institucional y trabajo con comunidades vulnerables desde el enfoque de la participación política, defensa del territorio y comunicación para el cambio social.