Sé que probablemente pensarán e incluso dirán que el título de esta columna es sugestivo, agresivo e hiriente. Y sí, ciertamente lo es, pero nunca la intención de este texto ha sido insinuar y menos decir que Colombia es un caos, no; eso ya lo sabíamos.

Aquí pretendo explicar por qué Colombia ha llegado a este punto. Por encimita, claro está, no quiero volver de esto un libro y menos convertir este texto en una publicación mediocre con aires de investigativa, así como las de Wikipedia. Creo que el primer tema a tocar es la razón del extremismo a la hora de debatir de parte de la mayoría. Porque no, aquí no se conoce el punto medio, la imparcialidad o la calma.

Aquí creemos que el debate más acalorado no es el que tenga más argumentos válidos, sino el que radicalice cualquier problema y sea todavía más radical buscando la solución, y el que “ganó” el debate fue el que más se mofó de su contrincante. El problema es que de uno u otro modo, sean Santistas, Uribistas, Mockusistas, Claritalistas, Petristas o lo que sea, al final y siempre el menos esperado cierra cualquier debate, discusión o exposición de ideas sobre la paz, por ejemplo, con un eufórico, sincero y directo “Lo que hay que hacer es acabar con todos esos desgraciados asesinos”.

Es ahí cuando cualquiera pensaría “amigo, cálmese, es solo un debate. No nos vamos a la guerra” pero nadie dice nada porque en el fondo están de acuerdo. Es de esa manera que tarde o temprano descubrimos que ya sea que sigamos a Uribe, Santos, Clarita López, Petro o al que sea, tenemos algo de radicales. Mala cosa. ¿Entonces? Pues simple, somos un pueblo radical y un pueblo medianamente hipócrita, tildando de sádicos y radicales a otros pueblos que también están en guerra.

Luego de la tendencia a ser radicales apartándose de cualquier ideología política o religiosa, está un problema, una enfermedad común entre nosotros; la ceguera local. Esta se basa en un daño crónico al ojo crítico, según los expertos en problemas crónicos de vista, esta se cura leyendo un poco más. ¿Por qué? Porque esta ceguera causa, por ejemplo, señalamientos y preocupaciones por agentes externos mientras dentro del país se puede vivir una situación similar. ¿Necesitan un ejemplo? Por supuesto, cómo no. Miren los problemas de Panamá Papers, donde hay vinculados políticos como Vladímir Putin y sus allegados o incluso deportistas de talla mundial como Lionel Messi, el astro argentino. Pero, para sorpresa de muchos que sufren de esta grave enfermedad, también hay 800 colombianos vinculados, pero eso no es escándalo porque “Esto es Colombia”, ¿no?

Hasta ahora la ciudad ha sido muy irregular y en muchos casos irresponsable con la planeación de su movilidad. Seguir improvisando las estrategias de movilidad es desconocer cuánta afectación negativa a la calidad de vida y al buen vivir de la comunidad se juega en las políticas públicas y en las acciones de gobierno.

Comunidad y autoridades deben asumir responsabilidades y tomar decisiones inteligentes y racionales sobre movilidad sostenible. Tal vez no haya mejor coyuntura que la actual. Sin duda se debió empezar por incorporar con decisión, y armonizar esta materia, en el Plan de Ordenamiento Territorial, en el Plan de Desarrollo 2016-2019, en el Plan de Movilidad diseñado por la Universidad Nacional y en el trabajo de Findeter y el BID para ubicar a Villavicencio entre el club de ciudades sostenibles.

Luego llega algo que no es exclusivo de acá, pero sí es un problema que nada que logramos curar, nada que logramos siquiera combatir porque lo alimentamos casi a toda hora. Este es la intolerancia. No soportamos ver a un pobre feliz, a un feo emparejado, a un rico disfrutando de su dinero o sencillamente a los demás estando mejor que nosotros.

 Tanto así que se pelea por cosas tan poco trascendentales como fútbol o música. ¿Matar por fútbol? ¿Señalar o juzgar por ser hinchas de equipos locales o extranjeros? ¿Qué tendrán en la cabeza? Inadaptados. ¿Será que no ven lo tristes que son peleando por cosas así, mientras la sociedad se derrumba por actos vandálicos sin razón, por corrupción, por inconsciencia y por esa intolerancia absurda?

Además de todo esto, del pensamiento de guerra, de la ceguera, del radicalismo, de la intolerancia, están muchas acciones que no son solo del estado sino también de la ciudadanía. ¿Y la indiferencia? ¿Y la apropiación por nuestra tierra? Eso no es solo que “el Estado es un egoísta y el Presidente solo piensa en salir bonito en televisión”, no. El cambio también inicia en nosotros.

 Pero pues, ¿qué respeto y amor a lo propio se puede esperar cuando muchos usan las palabras “indio” o “indígena” como insulto? Y peor aún, ¿qué se puede esperar de aquellos que se ofenden porque les digan así? ¿Acaso se consideran superiores? Porque hasta donde yo sé, la mayoría venimos de ancestros de acá, somos mestizos. El que tenga un abuelo o familiar perteneciente al Tercer Reich, por favor que pase al frente.

Así que si no empezamos por querer lo nuestro, por buscar soluciones viables y civilizadas, vamos a seguir estancados, como nación y como sociedad. Porque no somos nacidos en la Alemania Nazi, porque no tenemos que ser radicales, porque llegar a los extremos casi nunca está bien y porque todos tenemos derecho a pensar diferente. Busquemos una Colombia mejor en lugar de alimentar rivalidades y odios absurdos, pues vivimos ahogados en ellos desde la independencia de estas tierras caóticas.

Mario Toro,  estudiante de comunicación social y columnista de El Cuarto Mosquetero

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.

Fotoreportero Freelance y periodista para El Cuarto Mosquetero con interés en desarrollo de trabajo con comunidades indígenas. Usando el periodismo como herramienta para la reconstrucción histórica y de tejido social