Violentadas en casa

La violencia contra la mujer según la Organización de las Naciones Unidas se divide en: violencia por un compañero sentimental; violencia sexual; trata de blancas; mutilación genital femenina y matrimonio infantil. El 9 de mayo, la nota editorial de la revista The Economist, advertía de un incremento en los casos de violencia doméstica a la vez que se reducía la tasa de crimen general a nivel mundial.

En Colombia, ante el incremento de los casos reportados de violencia intrafamiliar, el 4 de mayo el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) actualizó la lista de medidas necesarias ante las diversas formas de violencia intrafamiliar, de las cuales la mayoría de las víctimas son mujeres y niñas. Después de 3 días, el Observatorio Colombiano de las Mujeres reportó un aumento, entre el 25 de marzo y el 7 de mayo, de hasta tres veces las cifras comparadas durante el mismo tiempo en el año 2019, para un total de 4.385 reportes con denuncias de algún tipo de violencia intrafamiliar. A pesar de lo anterior, el ICBF ha tenido optimismo frente al flujo de reportes, ya que, ha aumentado la confianza de las víctimas en las instituciones gubernamentales para reportar a sus agresores. Dicho optimismo se contrasta con el reporte de las Naciones Unidas que, estima que menos del 40% de las mujeres que son agredidas en sus hogares buscan ayudas de cualquier tipo.

Violadas fuera de casa

El caso de la niña embera de 13 años que ha sido abusada sexualmente y el caso de la joven mujer violada y empalada en el municipio de Restrepo, sólo corroboran el indignante hecho de que las mujeres siguen siendo las víctimas más comunes, sin distinción de edad, del abuso sexual en Colombia. El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, en un reporte comparativo que va desde el 25 de marzo a junio del año en curso, reportó un total de 2.117 casos de violencia sexual contra mujeres: aproximadamente la mitad de la totalidad de los casos del año 2019.

Un problema estructural

Violentar, violar y empalar a un ser humano no son solo frutos de un resentimiento social acumulado sino también de la mala educación sexual y un hogar disfuncional en donde posiblemente el abusador también fue víctima de abuso. Soslayar la evidencia de que la violencia histórica y documentada contra la mujer no es un problema estructural constituye por sí una de las más cínicas y desgarradoras de las violencias. Es preciso señalar y entender éste problema como lo que es: un fenómeno estructural que se alimenta de micro-violencias que han sido toleradas en la sociedad como un todo. La violencia de atribuir adjetivos femeninos como una forma de insulto; la erotización de lo femenino como incentivo de marketing; la cosificación sexual de la mujer; la desigualdad de ingresos y méritos; la invisibilización histórica; el demérito intelectual y científico; la presunción asumida de su debilidad y gratuita fragilidad; y los discursos que aún se alimentan de dichas violencias en las redes sociales, incluyendo industrias de entretenimiento e incluso personajes políticos que se desentienden de las causas y soluciones del problema.

La violación es en sí, un acto que debe ser entendido como aquel que surge de personas que han asumido a plena consciencia el sentido del mal y de lo malo, de lo incorrecto y lo erróneo y que deben, como consecuencia, ser castigado con toda la severidad de la justicia. Pero es preciso indignarse cuando se logra por fin entender que cuando aquellas personas decidieron empalar a ésa mujer, eso era el reflejo de una última osadía, un acto de tiranía y saña que pretendió no solamente herir la dignidad de un ser humano sino también enviar un mensaje a muchos ciudadanos que aún perciben la violencia en lo que ven, leen y escuchan como algo tolerable. Ninguna violencia es tolerable y se debe empezar por aquellas que son pequeñas y que aún se toleran por cultura o idiosincrasia.

 Soluciones estructurales

La educación para la paz puede iniciar con la enseñanza del desprecio rotundo hacia los actos de violencia. Delegar la educación de la violencia en contra de las mujeres a un tema de educación sexual, coarta las perspectivas de igualdad de género y cuidado de la dignidad humana.

La cuarentena puede ser una oportunidad para innovar de cara a los métodos y herramientas para que, las mujeres que sufren violencia puedan denunciar a sus victimarios. Aplicaciones que garanticen ayuda inmediata sin que las víctimas se pongan en peligro de cara a su agresor al momento de llamar o que faciliten su comunicación en un escenario de violación, son imprescindibles. Instituciones de bienestar familiar y de defensoría de la mujer, tienen la posibilidad de exigir dichas herramientas y de hacer una solicitud pública y democrática de las mismas. Ante un escenario donde es evidente que la violencia estructural de la mujer se ha fortalecido en la pandemia es preciso movilizar las instituciones necesarias para combatirla.

Darwin Josué Meléndez Cox es licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico y licenciado en Filosofía y Educación Religiosa. Magíster en Ciencias Económicas de la Universidad Santo Tomás donde actualmente labora como investigador y docente.