Me ha costado un montón volver a escribir para El Cuarto Mosquetero. Le he dado vueltas en la cabeza a los temas que he recorrido para ver si brota alguna idea: Silvia Aponte, Guadalupe Salcedo, la más reciente columna de David Díaz acerca del patrimonio arquitectónico llanero; pero nada en mí logra compactarse lo suficiente como para formarme una opinión responsable. ¿Me estoy volviendo estúpido? Me lo he preguntado. Y la pregunta más que por el artículo, ha surgido porque durante estos días en cuarentena mi vida ha girado alrededor de un Tauren, un toro capaz de pararse en dos patas, vestir hombreras, capa, botas, chaleco, que ha decidido luchar contra un parásito que ha invadido su mundo.

Nunca he sido un gran jugador, pero estos últimos días los videojuegos han sido el contacto que tengo con el mundo exterior. Absorbente, quieto, profundo, con un coro de sonidos sinfónicos de fondo, han logrado que yo olvide un poco el drama y la locura de la vida en línea, encerrado en un apartamento. Brie Code, programadora de videojuegos, dice que: “Las multitudes de jugadores masculinos blancos que dominan la industria de los juegos han creado experiencias que son relevantes para ellos, pero no para la mayoría de las personas”.

Dos cosas hay verdaderas en tal afirmación: la primera de ellas es que los videojuegos han sido siempre una cuestión masculina, blanca, y quizás por ello un poco machista. Basta con entrar a un videojuego y preguntarle a la mayoría de personas que están allí conectadas para darse cuenta que es esa la realidad. La razón no la sé, pero me queda la duda en la cabeza. Quizás es que a mi generación el entretenimiento fue el PlayStation, o el Nintendo, mientras algunas niñas seguían jugando a ser mamás.

La segunda verdad es que se crean experiencias que son relevantes para nosotros, pero no para la mayoría de personas. Aunque esto último ha ido cambiando paulatinamente, es una realidad: se juega, o yo juego, porque dentro del mundo de Dota 2, World of Warcraft, Overwatch, y últimamente Parchisi, tengo algo que no puedo obtener del mundo real en este momento: evitar el bombardeo de información y miedo que imponen los medios, y ejercer una actividad (aunque sea inútil) que resulte entretenida.

El año pasado en Reino Unido, por poner un ejemplo, la industria de los videojuegos fue mayor que la del cine y la música sumadas. Ante tal realidad, sorprende aún la poca importancia que se le ha dado sociológicamente a un factor que se ha vuelto común en la vida de los jóvenes. ¿Qué tan diferente puede resultar un videojuego como The Last of Us con una película? ¿Y por qué si a las películas se les ha empezado a dar el sustantivo de la nueva nouvelle del siglo XXI (la que reemplazó las historias escritas en libros) por qué a los videojuegos se les sigue relegando?

No soy muy variable. Tampoco he sido buen jugador. Mucho menos soy de probar videojuegos, pero hay en mí un constante sentimiento de culpa cada vez que ingreso a mi Tauren. ¿Estoy perdiendo el tiempo? Me gustaría saberlo con sinceridad. Quizás más allá de los videojuegos como tal, el problema está en que la vida afuera resulta un completo bodrio comparado a lo que se experimenta adentro: que el esfuerzo siempre se ve recompensado con un éxito inmediato. En últimas, hablo de que el hecho de hacerme sentir bien dentro del juego me convierte en una persona mediocre, y aun así soy incapaz de dejar de jugar. Sin embargo, esa sensación de pequeña alegría que se tiene cuando se gana una partida: cuando se compite y se le gana al otro (que es en últimas la idea del capitalismo), puede llegar a que se convierta en una absoluta necesidad. Es decir, en un vicio. Y el vicio en sí no tiene la misma gravedad que tiene en el cuerpo el alcohol, la heroína, etcétera; pero sí lleva intrínseco otros: el aislamiento social, la procastinación, y con la procastinación la depresión o la tristeza por no hacer algo útil.

Todo esto me lleva a recordar una frase que escuché hace algún tiempo de un escritor, y que ahora parafraseo: no sé muy bien cuál es el temor del escritor, del artista, a hablar del dinero. Creen que no influye en nada, pero el dinero es dios ahora. Influye en todo. Y sobre eso no se escribe.

Tampoco sobre videojuegos se escribe. Sin embargo, con seguridad más de un niño en esta cuarentena está pegado a su PlayStation en este momento. O dándole un rato al Dota, mientras conversa con sus otros cuatro amigos que también juegan. Mientras tanto, yo sigo con la duda en mi cabeza de si el hecho de jugar videojuegos hizo que fuera incapaz de escribir artículos de opinión los últimos días.

Abogado de la Universidad Libre de Colombia y estudiante de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente escribo columnas de opinión, y un libro sobre la identidad en los llanos orientales colombianos.