La verdad sea dicha: los economistas han perdido mucha credibilidad en la arena pública. Encuestas de percepción realizadas por la institución YouGov (https://global.yougov.com/) muestran que los economistas sólo están por encima de los políticos en lo que refiere a la credibilidad de su conocimiento, fidelidad y profesionalismo en su disciplina. ¿Por qué la falta de credibilidad?

Datos recopilados por el Fondo Monetario Internacional y la revista The Economist pueden darnos luces al respecto. Lo primero es que se evidencia que los economistas suelen inclinarse por opiniones impopulares; se tiene, por ejemplo, la histórica frustración del Presidente Jimmy Carter quien no recibía las respuestas correctas de los economistas keynesianos que le rodeaban, de cara al incremento del desempleo y la inflación en los Estados Unidos de la década de los 70. Para añadir, en gran parte de los problemas sociales, las personas del común tienen una opinión contraria a la de los economistas; por ejemplo, el hecho que a nivel global la mayor parte de los economistas estén a favor de la inmigración y de las reformas fiscales.

En un segundo escenario se ha evidenciado que los economistas no son los mejores prediciendo las dinámicas y fluctuaciones del mercado. «La única función del pronóstico económico es hacer que la astrología se vea respetable» afirmó con ironía el economista canadiense John Kenneth Galbraith.

Con los hechos actuales y las protestas que hay a nivel global en contra del racismo y en miras de obtener el trato humano igualitario que prometieron las constituciones fundantes de muchos países pero que aún no logran cimentar, el hecho de que las ciencias económicas sean una disciplina predominantemente dominada por hombres blancos, como señala el diario The New York Times, pone de relieve la poca sintonía que la disciplina ha podido tener con otras minorías en el presente. Para añadir, en un contexto de pandemia, no pocas veces las conclusiones de los economistas parecieron insuficientes, innecesarias, lentas, pero sobre todo sesgadas. Dada la necesidad por epidemiólogos, científicos de vacunas, sociólogos y sobre todo médicos de médicos, es curioso observar que la mayor parte de las decisiones políticas han sido tomadas bajo la lupa y receta de algunos economistas. ¿Por qué ellos?

Quizás la oportunidad de una nueva economía permita llevar la atención hacia ciertos elementos críticos e importantes: recordar que los gobiernos aún son necesarios y que deberían serlo inclusive en el libre mercado que tanto se protege de injerencias estatales. El cierre de negocios; usar un tapabocas; la búsqueda por vacunas y ventiladores; los estímulos de rescate y de alivio económico, ellos todos son externalidades en las cuales se ha requerido intervención directa del Estado.

Suponer que los problemas económicos de una sociedad sólo pueden venir de respuestas y soluciones de tipo económico no incluye la verdadera razón de un conocimiento holístico, transversal y democrático de la sociedad.

Gran parte de los problemas actuales de nuestra sociedad devienen a las reflexiones más importantes de la disciplina económica: el desarrollo económico, el comercio, la inmigración, el crecimiento de la desigualdad social, las políticas sociales y el cambio climático. Descansa sobre el hombro de muchos economistas la idea, quizás ingenua, de concluir que las soluciones a dichos problemas sólo pueden ser encontrados en simulaciones de modelos económicos.

La agenda de estudios económicos anteriormente mencionada, si de novedad quisiera debatir, quizás debería añadir el racismo y la discriminación como fenómeno económico y quizás delegar el peso de la actual pandemia y sus consecuencias económicas a soluciones interdisciplinarias que precedan y excedan lo meramente económico.

Darwin Josué Meléndez Cox es licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico y licenciado en Filosofía y Educación Religiosa. Magíster en Ciencias Económicas de la Universidad Santo Tomás donde actualmente labora como investigador y docente.