Como en la obra de Plutarco, recién están en boca de los colombianos, dos hombres, cuyas vidas guardan semejanzas y diferencias. Aníbal Gaviria, gobernador de Antioquia, y Álvaro Uribe también exgobernador, expresidente y mil cosas más. Los dos destacados en el ejercicio de sus gobiernos aunque cada cual desde diferentes perspectivas de opinión. Además de coterráneos, cada uno vivió el horror de la crueldad criminal del conflicto armado cuando las FARC asesinaron al hermano y al padre de uno y otro.

La guerra produce secuelas; abre heridas que difícilmente sanan; la mayoría de las veces genera instintos de venganza, y en la diversidad de las violencias que ha vivido el país se dice que la sucesión de expresiones de retaliación, ajustes y muertes son resultado de violencias no resueltas. No obstante el mundo de la posguerra aprendió que la acumulación de rencores no es conveniente porque prolonga en resentimiento en todas las generaciones. El discurso moderno es por la reconciliación, el perdón y el olvido. Desde luego el resarcimiento a las víctimas.

Retomando la vida de los personajes mencionados, pese a las coincidencias son más las diferencias y las consecuencias, resultantes en uno y otro, del monstruoso error de las FARC. Aníbal Gaviria desde un comienzo, incluso contra los sentimientos de su propia hermana, emprendió el camino del perdón y de la reconciliación, lejos del Uribismo. La muerte de Guillermo Gaviria, gobernador en ejercicio, cuyo desvelo por la paz lo llevó a perder la vida defendiendo ese derecho, inspiró a Aníbal su hermano; y en esa línea prosiguió el mismo camino: mejor alcalde de Medellín; mejor gobernador de Antioquia, se le asoma a Colombia como uno de los pocos líderes que quedan en el Partido Liberal.

Del lado, paralelo a Aníbal Gaviria, Álvaro Uribe Vélez, emprendió camino distinto, movido quizás por el dolor de la muerte de su padre; desde la gobernación de Antioquia primero y después desde las más encumbradas cimas del poder, opta por la guerra, que él ve como la protopolítica de todos los medios. Su convicción de imprescindible, lo permite persuadir a los colombianos de su predestinación para acabar a las Farc por la vía del aniquilamiento, y a su vez la misma guerrilla con su actitud estúpida lo convierte en símbolo de la antisubversión; perversa dialéctica de la lucha de contrarios, le dio a Uribe la justificación de su línea de gobierno: apoyo innegable a los paramilitares; el impuesto de guerra que golpeó a la clase media; la utilización del cohecho como convencimiento a los parlamentarios, la animadversión contra la comunidad internacional porque es facilitadora de paz; y él se opone al proceso de paz; la propuesta de acabar las cortes y la JEP, lo encarrilan por el camino opuesto a Aníbal Gaviria, teniendo este último los mismos motivos para odiar.

Uribe polarizó al país; desintitucionalizó el Estado; el DAS se convirtió en máquina de aniquilamiento de sus contradictores, incluido Vargas Lleras; a las embajadas envió a hombres como Salvador Arana o Mario Montoya; desprestigió al Ejército por los falsos positivos. Muchos de sus ministros terminaron presos. Aníbal Gaviria puso a Medellín en el punto más alto de la resiliencia, como la ciudad de la innovación y desde la gobernación dejó obras como el túnel al aeropuerto.

Uribe, emplea el poder político para sus propósitos de venganza. Así: la presidencia y el fiscal de su cuño, se manipulan “manus iniectio” (decían los romanos) para perseguir y de paso obnubilar sus soterrados pasos por el Código Penal. En esa línea, nadie mejor que Aníbal Gaviria, acomodándole delitos, porque de paso, tocar a los antioqueños en su ego, puede servir para olvidar el asunto de la Ñeñe política, los falsos positivos y las chuzadas y de pronto el caso del embajador, dueño de una finca con complejo cocalero, en las goteras de Bogotá.