Nacimos en el sur, por designio del norte; en condiciones inhóspitas e inciertas, aferrados a la vida no pedida pero amada al final. Nos han unido los avatares que llevan los hijos de los pobres, que comen carne “cada mes cuando mi padre/madre cobraba”, los zapatos desgastados y un balón de fútbol.

No hay tantas distancias desde Villa Fiorito, al sur de Buenos Aires, Argentina; hasta el barrio Campestre B en Dosquebradas, Colombia.  Tan pocas, que en el año de 1986, a través de una pantalla de televisión, dos latinoamericanos provenientes de esas barriadas, sin conocerse, tenían las ilusiones soportadas en una pelota de cuero sintético.

Unos años atrás había estado sentado en la sala de una casa, acompañando a mi tío y a sus amigos de universidad, para ver algunos partidos del mundial de fútbol de 1982. No entendía mucho, y mi interés no era especial. Era aún un niño sin mayor sentido del mundo por fuera de las comidas diarias.

Pero cuatro años más tarde, comenzando la adolescencia, regresaba del colegio a mi casa, cada día de la semana a las 1:00 de la tarde, calentaba el almuerzo que me había preparado mi madre antes de salir a trabajar, miraba los “trastes” que habían dejado mis hermanos antes de irse a estudiar; y me sentaba frente al televisor para ver los partidos del mundial de fútbol que se jugaba en México y que había comenzado el 31 de mayo.

Aún no tenía consciencia clara de lo que había representado la guerra por las islas Malvinas, y sobre la dictadura militar argentina, sólo tendría referencias a través de la película “La noche de los lápices”, unos años más tarde. Había visto la toma y retoma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero, siguiendo las imágenes de Omaira Sánchez atrapada entre el lodo por la desidia de mandatarios que descansaban cómodos y tibios entre sábanas de olán y almohadas de plumas. Había observado una histeria colectiva que se desató en Pereira, cuando unos volantes que se repartieron por debajo de las casas del barrio en donde crecí con mis abuelos, anunciaban la visita del ángel vengador que ajustaría cuentas con quienes encontrara en la calle. Ya me había enterado de como la Mano Negra estaba marcando con tinta los cuerpos de los habitantes de calle, putas, marihuaneros, hippies y ladrones, los cuales aparecían luego asesinados en las calles de la Perla del Otún. Ya había asistido a la fastuosidad y prepotencia de Monseñor Castrillón durante las procesiones de Semana Santa; y creo que ya se había dado el primer tumulto de gentes que huían despavoridas cuando en esas procesiones estalló el cilindro de gas de un carro de papas fritas, mientras alguien gritó: “Se entró la guerrilla”. Ya sabía del genocidio que se había iniciado contra la Unión Patriótica y veía en las paredes aledañas al centro las pintas de A Luchar. Ya había escuchado un miércoles las noticias locales de la radio anunciando la aparición de afiches en los postes aledaños al Lago Uribe Uribe, que denunciaban que Antonio Correa y Alcides Arévalo eran mafiosos. Esa misma mañana, vi los afiches y también como desaparecieron en cuestión de minutos, tan rápido como se evaporó la noticia del dial. Ya había reventado las tejas de una casa vecina cuando me subí a los techos para caminar sobre ellos por toda la cuadra; y por supuesto, ya me había descompuesto un brazo al bajar del techo.

El fútbol que tenía antecedentes milenarios, los que se referenciaban desde la China, pasando por las tierras europeas y con vestigios en la cultura Maya, había sido estructurado y normado como lo conocemos, en Inglaterra. El imperio y los europeos imponían condiciones. 

México recibió figuras para mi descollantes como los arqueros Jean Marie Pfaff, Rinat Dasáyev, Neri Pumpido, Peter Shilton, Walter Zenga, Emerson Leao, Jöel Bats, Luis Islas. Defensas como Hans Peter Brieguel, Baresi, Passarella, Branco, Guisti, Ruggeri, Galvao, Brheme,  Javier Aguirre. Mediocampistas como Michel Platini, Emilio Butragueño, Sócrates, Karl Heinz Rummenigge, Zico, Enzo Scifo, Lothar Matthäus, Ricardo Guisti, Marcelo Trobbiani, Dominique Rochetau, Jean Tiganá, Alemao, Enzo Francescoli,  Rubén Paz, Jorge Buruchaga y Diego Armando Maradona Franco. Delanteros como Antonio Alzamendi, Roberto Cabañas, Gian Luca Vialli, Aldo Serena, Telé Santana, Paolo Rossi, Gary Lineker, Careca, Emilio Butragueño, Alessandro Altobelli, Rudy Völler, Sócrates y Jean Pierre Papin. Toda la vía láctea encarnada. No he visto luego, en ningún mundial, una convergencia de figuras de tal calidad, ni un fútbol tan hermoso.

Por primera vez podía asistir a ese espectáculo tan arraigado en el ADN humano como resultado de la herencia de las culturas que nos emparentaron con los vestigios de sus comuniones rituales en el pasado. Ahora podía disfrutar de la magia de esos seres dotados con la fuerza, la plasticidad y la velocidad que todos ansiábamos tener; para ocupar un lugar en el mundo, para ser alguien, para ocupar un sitio en la historia, en la memoria y en los corazones de las gentes. Quedaban suspendidas temporalmente las escuchas radiales de los partidos del Deportivo Pereira, en medio de las sombras de una pieza oscura, en donde podía ver a través del relato del narrador, las imágenes que luego intercambiaba los lunes con mis compañeros de clase, que si tenían el dinero para asistir al estadio.

Las injusticias de los árbitros y jueces de línea eran evidentes cuando tenían que afectar con sus decisiones a los equipos suramericanos – más humildes-, frente a los europeos – más poderosos-. El norte y el sur se me revelaban de forma más concreta cuando aún era un niño. Eran decisiones similares a las que los poderosos de mi comarca tomaban contra las putas, los habitantes de calle, los maricas, los marihuaneros, los hippies y los ladrones. También aquellas que ya veía en contra del abuelo o de mi madre en sus trabajos. El pez gordo se come al chico, obispo mata cura, el norte explota al sur.

Maradona ya se había echado al equipo argentino al hombro. Habían viajado (lo supe este año) sin uniformes oficiales y debieron comprar de urgencia aquella camiseta azul que utilizaron el 22 de junio, en tiendas deportivas de Ciudad de México. Los poderosos representantes de la AFA, por supuesto, llevaban sus mejores galas. 

Y entonces, llega el domingo 22 de junio de 1986. A las 12:00 del medio día, estaba yo sentado en la sala de mi casa, frente al televisor, con el plato del almuerzo en las manos. Millones de latinos con el corazón como un puño. Frente a la caja mágica, un niño del sur en Colombia, veía a un pibe del sur, en Argentina. Los ingleses comenzaron a golpear al Pelusa, los árbitros a mirar para otro lado, tal como lo hacía la dictadura ante las imposiciones neoliberales de Margaret Thatcher. De pronto, en el segundo tiempo, los argentinos recuperan el balón de un ataque del equipo inglés. El balón se lo entregan a El Diego, se asocia y el rebote va al área, para que este pibe salte y con la mano de Dios doblegue al arquero de su majestad la Reina. Va esa por las Malvinas, por el petróleo robado, por la dictadura apoyada. Y luego, luego, el delirio. Maradona recibe un balón en su terreno y parte como una saeta eludiendo rivales que van quedando  tirados en el piso, impotentes ante la magia, ante la decisión, ante la venganza. Un gol para la historia, una cachetada en los terrenos del imperio, una vez que el sur le gana al norte, una vez que los hambrientos vulneran a los despojadores.

¿Cómo no amar ese sentimiento, esa dignidad alcanzada y saboreada? El tocar al poder en su cara y reírnos, sabiendo que no pueden hacer nada para borrar la historia. ¿Cómo no encumbrar a ese hombre como un Dios del sur? ¿Cómo no hacerle canciones, y dedicarle versos y hacerle una película con miradas, recursos, brazos, ojos, gargantas y corazones del sur?

El Pelusa vulneró por nosotros al poder, se le enfrentó y lo miró a la cara. Él era nuestras manos, nuestras piernas y nuestras ganas en ese momento. Con Maradona pudimos saborear la victoria, el triunfo, el salir un ratico del barro. Y siguió enfrentándose al poder de la FIFA que vulneraba jugadores y aficiones. Y se decidió por Fidel, por El Ché, por Chávez, Evo, Pepe, Lula, Dilma, Correa y Cristina. Se decidió por el sur, y el norte nunca se lo perdonó. Si el norte tenía acorazados, submarinos, aviones y tanques, los latinoamericanos teníamos a Maradona, para golpearlos un poco, para imponer nuestro orgullo desde el sur.

Se equivocó en otros aspectos de su vida, como todos nosotros, pero como a un Dios se le empujó a rendir cuentas que no nos correspondía exigir ni revisar. Como lo dijo el gran Eduardo Galeano: “…es el más humano de los dioses”. Tal vez no le alcanzó el tiempo para aprender nuevos caminos como algunos podemos recorrer, para reconocer otras masculinidades. Pero también es cierto que quienes critican sin piedad y desconociendo el contexto, no comprenden nada de las profundas pasiones del alma popular.

Por ahora ¡Dios ha muerto! ¡Larga vida a Dios!

Polarizador para develar intereses que mueven el mundo. Integrante del Congreso de los Pueblos.