En la tarde del 9 de octubre el autobús cruzaba las calles de la ciudad pakistani de Mingora, las estrechas avenidas repletas de bicicletas y con mercados callejeros daban una vista caótica en medio de las montañas del valle del río Swat, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa. La ciudad crece de forma desordenada en todas las direcciones y las calles son laberínticas, un entramado de casas, edificios y casuchas dan forma a una Mingora radicalmente islamista.

Metros más adelante dos jóvenes detuvieron el bus, ingresaron en él y con voz fuerte preguntaron por Malala, en cuestión de segundos la balacera se desató, Kainat, una amiga, vio el rostro y la cabeza ensangrentada de Malala. Otras dos niñas, Shazia Ramzan y la misma Kainat resultaron heridas. Una de las balas ingresó y se alojó en la cabeza de Malala, una niña que en ese momento tenía 15 años y se había convertido en una activista por el derecho a la educación de las niñas en su país, algo que para los talibanes era un sacrilegio y merecía un castigo ejemplar.

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Las autoridades pakistaníes trasladaron a la niña en helicóptero hasta un hospital militar Peshawar, mientras su familia presentía lo peor, estaba herida de muerte y sus probabilidades de sobrevivir eran casi nulas considerando su gravedad. Alcanzaron a hacer preparativos para el funeral y la lloraron por horas y días enteros. Malala se estaba muriendo en una unidad de cuidado intensivo. Pero semanas después los médicos empezaron a notar señales de mejoría y pronto fue desconectada de equipos que la mantenían con vida. La niña había sobrevivido al atentado Talibán.

Días después de su salida del hospital, sorprendió al mundo con una entrevista en la que pedía diálogo con los grupos extremistas de su país, para que de una vez por todas entendieran que las niñas tienen derecho a la educación y de forma gratuita, al igual que los hombres. Días antes del atentado dio una entrevista en una cadena de televisión nacional, en la que con voz firme y muy segura de sus exigencias pedía respeto y educación para miles de niñas excluidas del sistema educativo de su país por el simple hecho de ser mujeres. En una ciudad en apariencia tranquila, pero con milicias talibanes manteniéndose en bajo perfil, hablar mucho era peligroso y Malala no se quedaba callada ante nada.

En Birmingham, Inglaterra, Malala recibió varias cirugías para recuperar su capacidad auditiva y reconstruir un nervio facial que le devolviera el movimiento en una parte de su rostro. Semanas después dio un discurso ante la Asamblea de Jóvenes en la sede de las Naciones Unidas en New York. Ese día pronuncia una frase que le valió la ovación de todo el recinto de pie, “un niño, un maestro, un libro, un lápiz pueden cambiar el mundo”. El auditorio estaba colmado con cientos de jóvenes de más de cien países. La voz de la niña ya se empezaba a escuchar en todo el mundo.

Ante la BBC hizo énfasis en dialogar con sus atacantes para alcanzar la paz en esa región del mundo. Pidió con vehemencia que la comunidad internacional apoye a los países en vía de desarrollo e islamistas para que garanticen un tratamiento equitativo entre niñas y niños con relación a educación y otros derechos fundamentales. Tras aquellas palabras los medios de comunicación y las redes sociales la convirtieron en un fenómeno global que le valió el Premio Nobel de Paz, convirtiéndose en la persona más joven en la historia en recibir el galardón en todas las categorías que se otorga.

Desde ese día ha sostenido reuniones con personalidades como el primer ministro británico David Cameron, el presidente de los Estados Unidos de la época Barack Obama y decenas de líderes mundiales. Ha recibido diversos premios -14- por su trabajo incansable en favor de la educación de la niñez en su país, entre ellos el premio Sajarov para la libertad de conciencia, que es otorgado por el parlamento europeo.

Por ahora la mujer que ya cuenta con 23 años sigue residiendo en Birmingham, las condiciones de seguridad para ella en su propio país no están dadas y le preocupa que en un futuro cercano sus compatriotas ya no la reconozcan y su lucha por la educación pierda el efecto deseado. Por eso anhela volver a recorrer las calles a pie de su querida Mingora y hablar tranquilamente en una esquina o en cualquier lugar con sus compañeras de infancia.

Comunicador Social y Periodista, ibaguereño pero formado en los Llanos Orientales. Con experiencia en comunicación organizacional, prensa escrita y producción audiovisual. Desarrolló y creó el espacio digital “Qilqamuy”, una apuesta para la publicación de cuentos, relatos y crónicas. Actualmente, dirige una naciente empresa de producción audiovisual y apoya la travesía de ‘Pachayaku’: “el único héroe que no vuela, él va en bicicleta”, realizando crónicas de viaje que acontecen por el sur del continente.