Irene Vallejo, en su obra maestra, El infinito en un junco, hace un viaje al pasado para construir su maravilloso ensayo y narrarnos la historia del libro. Es decir, contarnos cómo hace miles de años, estos artefactos tuvieron distintos formatos: tablas de arcilla,  papiros y finalmente, el pergamino. Bien es cierto que hoy, –para nuestra desgracia–, muchos creen el que el acto de leer o de tener libros no tiene mucha relevancia, sin embargo, para que hoy tengamos las letras del pasado y para que estos maravillosos objetos se mantuviesen en el tiempo, ha habido mucho sacrificio, en especial, de quienes se han convertido en libros andantes en el espectro de la tradición oral, combatiendo la frágil memoria, o quienes se han esforzado por aprender el difícil arte de ser escriba, que implicaba vivir en silencio y aparente soledad, o quienes han dedicado su vida a la enseñanza de la lectura o quienes han luchado por la conservación de estos frágiles objetos con en palabras de Vallejo, son la verdadera máquina del tiempo, o quienes han llegado a morir por todo lo que leyeron y lo que surgió de sus lecturas.

En Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, hay una escena que impacta sobremanera a Guy Montag, –el personaje principal de la novela–: hay una mujer que decide morir con sus libros, los cuales van a ser incinerados; en la sociedad en la que vive está prohibido tenerlos y por supuesto, leerlos. A Montag le impresiona y se pregunta reflexivamente: “¿qué tendrán los libros para que una persona decida morir junto a ellos?”

Te puede interesar: Villavicencio se une al Paro Nacional de este 28 de abril

La respuesta la podemos encontrar en el Templo de Amon, en Tebas, en una biblioteca de la antigüedad egipcia, en la inscripción visible que había en ella: “Lugar del cuidado del alma”. Pues bien, una biblioteca, o sea, la casa del libro por antonomasia, es un lugar para cuidar del alma.  Irene Vallejo lo complementa muchos siglos después diciendo: “los libros son la clínica del alma”. En otras palabras, en la lectura encontramos sanación.

Ahora bien, en este mes de abril, el que celebramos el día del libro, podemos hacer un alto en el camino.  Hacer una pausa en este tiempo vertiginoso y lleno de afán, de angustia y de cansancio, volcar nuestra mirada y parte de nuestro tiempo a la lectura. Hoy, en estos tiempos en donde concentrarse es casi imposible, y en donde esa falta de concentración conduce a otras enfermedades: la ansiedad y la falta de atención, podremos encontrar en la lectura una medicina que no envenenará nuestros cuerpos ni nuestras mentes.

Esta medicina nos sanará con sus historias y con infinitas posibilidades de estados mentales. Puede que aquello que más le cause dolor al ser humano es vivir en un solo estado mental, eso se parece a habitar una celda oscura de una cárcel. En cambio, leer implica estar en un constante viaje y por consiguiente en infinitas posibilidades de ser y de estar. Antonio Basanta nos lo recuerda así: “Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse. Leer, aun siendo un acto comúnmente sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas”.

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.