El 28 de abril salimos a marchar en familia, mi padre, mi hermano y yo. Papá tiene 69 años y una dificultad en la cadera que le impide caminar demasiado o estar mucho tiempo de pie. Aguantó el trote hasta Unicentro, y ahí se adelantó hasta el Parque Libertadores. Ni mi hermano ni yo cuestionamos la decisión de nuestro padre, a fin de cuentas, él y mi madre son maestros en retiro, de esos que hicieron escuela (literalmente) con sus propias manos a punta de tamales, bingos y rifas. Eran líderes sociales, movilizaban a la comunidad y gestionaban recursos de donde podían para lograr hacer escuelas, arreglar caminos o levantar salones comunitarios. 

Entre los años 60 y 70, a los maestros del orden departamental (como mis padres) les pagaban con las ventas del alcohol y el tabaco, de modo que a veces podían durar 6 o 12 meses sin salario. Incluso, se ha documentado casos en los que se les pagaba a los maestros con aguardiente y cigarrillos; sí, leyó bien. Ellos tenían que vender el producto para sacar de ahí su salario. A raíz de ello, los maestros en Colombia llevaron a cabo protestas en todo el país (que en algunos casos duraron más de un mes) y que terminaron en victoria: el Estatuto de profesionalización docente en septiembre de 1979. Así que ver a mi papá luchando por una causa social era apenas natural.

Cuando llegamos al punto de encuentro, frente a VIVA, me sorprendió ver una gran cantidad de personas mayores, como mi padre. Por los costados de la avenida 40 iban ellos a su paso, parando de cuando en cuando, con una gallardía que golpeaba en el rostro. Estos hombres y mujeres ya han luchado muchas veces estas batallas, ¿por qué estaban de nuevo en la calle incluso a riesgo de contraer el peor virus de los últimos años? Todos, incluidos ellos, sabemos que la población más golpeada por la Covid-19 es la tercera edad. ¿Qué hacían en las calles en medio de una marcha multitudinaria? ¿Por qué? ¿Qué podría ser tan valioso como para arriesgar así su vida?

Mi respuesta es tan simple y tan obvia que sospecho, por lo mismo, no se advierte tan fácilmente: por dignidad. No es ni siquiera por el dinero que el Gobierno quiere sustraernos de los bolsillos con la reforma tributaria. Es eso, simplemente: dignidad. Cuando alguien arriesga la vida por sus convicciones nadie queda indiferente. Eso fue la marcha de los bastones, un tsunami de dignidad que cayó sobre nosotros, los más jóvenes, a veces tan faltos de carácter para entender y hacer valer lo obvio: que el poder del gobernante reside en el pueblo que lo elige y, por tanto, si el gobernante no escucha a su pueblo, este puede sacarlo del cargo en el que lo ha puesto mediante el voto. 

¡Dignidad! No es por el pésimo servicio público. No es ya la precaria situación de tantos colombianos cuya vida consiste en ganarle una batalla cada día al hambre. Pagamos con nuestros impuestos la nómina de cada funcionario; todas las obras del Estado salen de nuestros bolsillos; no le debemos al gobierno los puentes, edificios, carreteras y hospitales. Porque para eso es que los hemos elegido, ¡para servirnos! 

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Y eso es lo que representa este paquete de reformas (tributaria, a la salud…) del gobierno de Iván Duque: la humillación, el desprecio, la indiferencia. Porque cada año, según las mismas cifras del gobierno, se roban 50 billones de pesos en corrupción, ¡cada año! Porque los grandes y poderosos evaden impuestos en paraísos fiscales (recuérdese los Panama Papers). Porque este mismo gobierno quería regalarle 300 millones de dólares a Avianca en plena pandemia. Porque de no ser por la fuerza de la protesta el gobierno hubiera comprado unos aviones de guerra cuyo costo se calculaba en 4500 millones de dólares. Pero, eso sí, no hay plata para adecuar hospitales ni para pagarle a los médicos, ni para adecuar los colegios y poder recibir a estudiantes, ni para asignar una renta básica universal a todos los colombianos de manera que no tuvieran que salir de casa a rebuscarse lo del arriendo y la comida. 

Las reformas propuestas al Congreso no tocan los privilegios de la clase política, pero sí exprimen a la clase media. No elevan las penas ni se eliminan los beneficios carcelarios que actualmente poseen los políticos corruptos. Mientras el sector financiero obtiene ganancias por billones y se le dan subsidios al Grupo Aval, se deja solas a las mipymes, que son las que de verdad mueven el empleo en Colombia. 

Por supuesto que no: no es por plata, no es por un mejor servicio. Es por dignidad. Por eso es que esa generación de mi padre salió a marchar a riesgo de su propia vida. Todo lo que dijo mi padre de regreso a casa fue: “Lo que más me gustó fue ver a los jóvenes por fin en la calle, luchando”. Entonces, comprendí todo. Morir en la calle en enfrentamientos con la barbarie policial no es lo grave. Contraer el virus no es lo peor. Tampoco lo es el tener que vivir al día. No es morir. Lo grave, lo peor, lo doloroso, lo inaceptable es vivir sin dignidad. Por eso, en plena pandemia, con sus dolencias y fatigas, las calles vieron la marcha de los bastones. Porque la dignidad no se negocia. Y es hora de recordarlo en el corazón y en el cuerpo.

Escrito por: Leandro Villar.

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.