
Juan David Amaya y su lucha ambiental desde San Carlos de Guaroa, Meta
Su activismo en pro de la defensa del territorio nace de dos razones que se contradicen pero que, a su vez, se complementan. Esa dualidad reposa en San Carlos de Guaroa, un municipio del Meta, —ubicado a hora y media de Villavicencio—, con una gran riqueza natural pero que está siendo afectado por el extractivismo, a causa del monocultivo de palma de aceite. Según la “Caracterización de la Agrologística en el Departamento del Meta”, publicada en 2023, el lugar presenta niveles medios de producción de este cultivo: más del 24% de su superficie está destinado a su siembra y supera las 39.300 toneladas producidas. La Evaluación de Servicios Ecosistémicos de Cinco Localidades Aledañas a Caño Guaroa y a los Ríos Guayuriba y Acacías-Pajure, afirma que el uso intensivo de fertilizantes, herbicidas y pesticidas ha contaminado ríos y afectado la vida acuática, mientras que la expansión del monocultivo ha reducido la biodiversidad y deteriorado los suelos.

La investigación Variabilidad espacial y análisis multitemporal sobre los cambios en las coberturas de la tierra ocasionados por la expansión del cultivo de la palma de aceite en los años 1985, 2000 y 2016 en el municipio de San Carlos de Guaroa (Colombia), señala que el crecimiento de este monocultivo se debe a una combinación de factores políticos, ambientales y económicos. Por un lado, ha sido impulsado por políticas nacionales que promueven los biocombustibles y el desarrollo agroindustrial, a través de incentivos normativos y subsidios. Además, las condiciones agroecológicas favorables del territorio —como su clima, niveles de precipitación y suelos fértiles—, junto con una alta vocación agrícola, facilita la implementación de cultivos permanentes.
En ese escenario, Juan David fue consciente de tales impactos desde muy temprana edad, pero también desde su cotidianidad. En la relación con su territorio, en la vida rural y en la observación de las transformaciones ambientales que marcaron su entorno.
Al mismo tiempo, en contraste con la transformación del uso del suelo a causa de los monocultivos, el municipio —con más de 14.000 habitantes, según el DANE— también resiste a través de su biodiversidad llanera, que destaca por sus más de 300 humedales, lagunas, esteros y morichales, esenciales para la regulación hídrica, de acuerdo con el Diagnóstico Ambiental de San Carlos de Guaroa (2020-2023). Su paisaje incluye vastas sabanas y la influencia del río Guamal, albergando especies como la familia de plantas Rubiaceae y aves como el ibis verde, dice el estudio San Carlos de Guaroa: Desafío Ambiental (Análisis 2025II).
Pero no es solo este municipio el que enfrenta los impactos de las industrias extractivas en el Meta. Villavicencio, Puerto Gaitán, Acacías, Cubarral, Guamal, San Martín, El Dorado y El Castillo han visto transformadas sus dinámicas de vida por la extracción de hidrocarburos y el avance del monocultivo de palma.
En esta actividad también se destacan Restrepo, Cumaral, Acacías y Puerto López, este último además con una participación importante en la producción de etanol.
Ese contexto, sin duda, guió el camino de Juan David y despertó en él una vocación por la defensa de la justicia climática y los derechos humanos. “Esa es la raíz de todo. Es lo que me llevó a movilizarme, a asumir esta lucha y a creer en un mundo con más equidad, justicia y paz”, afirma.

Uno de los proyectos que marcó su trayectoria nació en medio de la pandemia. Junto a su madre, impulsó una huerta en casa como una forma de enfrentar la ansiedad y reconectar con la naturaleza. “La lucha que inicié fue con madres, fue con mujeres, a través de la agricultura, de la soberanía alimentaria y la agricultura periurbana con huertas”, recuerda.
Del aprendizaje nace la experiencia. Al principio, la siembra de tomate no resultó, pues no es una planta nativa y es especialmente sensible a las altas temperaturas —como las de San Carlos de Guaroa—, pero con el tomate cherry fue otra la historia, porque sí floreció y le dio un grato recuerdo: “Qué cosa tan hermosa. Hermosa la forma en la que produce, hermosa la forma en la que crece y hermosa la forma en la que nos enseñó a sembrar”.
“Esto fue un intercambio de conocimientos, un intercambio de experiencias, pero a la vez un intercambio de cultura y tradición que nos permitió poder transformar en una visión socioambiental, una problemática que vivíamos en un momento de crisis que estaba presentando el mundo” explica.
Un activismo que trascendió
Juan David Amaya no se define únicamente por lo que hace, sino por la manera en que habita el mundo. En 2023, con 16 años, cofundó Life of Pachamama, una organización que se creó a partir del primer Campamento por la Justicia Climática en Colombia, organizado por y para jóvenes, en respuesta a la urgencia humanitaria asociada a la crisis climática. Hoy, su trabajo se enfoca en promover acciones de protección del ambiente, la biodiversidad y la naturaleza, desde un enfoque interseccional e intergeneracional, con una perspectiva descentralizada.
Hoy Juan David, como su director ejecutivo, lidera procesos intersectoriales orientados al fortalecimiento de la democracia, la participación ciudadana y diálogos impulsando respuestas integrales frente a la crisis climática. Desde su rol, aporta una visión estratégica, sólidas capacidades de gobernanza y una comprensión profunda de los desafíos globales actuales.
“Life Of Pachamama ha sido el pilar fundamental del trabajo que nosotros hemos venido desarrollando en la visión que tenemos de democratizar el acceso a la información y a la participación en los escenarios de toma de decisiones”, afirma.

Además, ha promovido el acceso equitativo a la educación como base del desarrollo sostenible y la justicia social. Para Juan David, las comunidades —especialmente la juventud y los grupos históricamente excluidos— son una muestra palpable de resiliencia y cambio, por lo que impulsa enfoques que articulan equidad social, acción climática y sostenibilidad.
“Fuimos enlazando la forma en la que podíamos incidir, en la que podíamos trabajar una educación basada en los pilares de conservación, en los pilares de la paz, y a su vez, en mejorar la relación que teníamos nosotros mismos y los más pequeños con la naturaleza”, explica.
Pronto su lucha trascendió las fronteras del municipio. A los 14 años se vinculó a procesos organizativos juveniles y comenzó a participar en espacios internacionales. Uno de los hitos más significativos fue a sus 15 años, cuando participó en la conmemoración de los 50 años de la Conferencia de Estocolmo —también conocida como la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano—, en Suecia, donde pudo incidir en discusiones globales sobre el futuro climático.
Desde entonces, ha participado en varias Conferencias de las Partes (COP), incluyendo la COP27 en Egipto, sumando ya cuatro experiencias en estos escenarios multilaterales.
También trabaja desde tres enfoques del multilateralismo, articulando el ámbito económico global, la cooperación internacional y la solidaridad promovida en espacios como Naciones Unidas, como complemento a procesos que se han venido construyendo desde hace varios años.

“Soy la primera persona en mi familia en ir a una universidad y uno de los pocos en terminar mi bachillerato”, menciona Juan David, quien, actualmente, a sus 19 años, cursa sexto semestre de Negocios Internacionales en la Universidad Santo Tomás en Villavicencio, y sueña con alcanzar un doctorado antes de los 25.
Para él, la academia es una herramienta clave, pero insiste en que debe estar conectada con las realidades sociales y ambientales, articulando “con una visión que permite el acceso a la información en un lenguaje claro y concreto”, afirma.
Su formación, sin embargo, no se limita a las aulas. La lectura también lo ha acompañado desde temprana edad. Uno de los primeros libros que leyó fue Metamorfosis de Franz Kafka. Para él fue la puerta a nuevas perspectivas porque “me permitía ver primero la visión de cómo nosotros vemos los cambios en el mundo y cómo nos permite empezar a interiorizar esa necesidad de cambio frente a los problemas que vivimos en nuestro día a día”, explica, recordando que es sobre todo, el trabajo colectivo lo que ha moldeado su pensamiento.
Una generación en disputa
En un contexto global marcado por el autoritarismo, el negacionismo climático y el avance de posturas extractivistas, Juan David considera que la crisis no es solo ambiental, sino también social y política.
“Esto es un riesgo para la humanidad, un riesgo porque nos está alejando de lo más importante que hay y es la conexión que tenemos nosotros con la naturaleza, porque el cambio climático inicia desde el momento en el que nos desconectamos de nuestro entorno”, argumenta.
Para él, estas “narrativas están centradas desde un pensamiento extractivista, incluso imperialista, desde personas que se encuentran tanto en el norte como en el sur global”. Por ejemplo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de Argentina, Javier Milei, son firmes defensores del fracking como motor de independencia energética y crecimiento económico. Tales acciones, dice Juan David, solo “buscan el beneficio de unos pocos frente al sufrimiento de otros”.
Su solución ante ese panorama sigue siendo la misma: sembrar conciencia, fortalecer comunidades y abrir espacios para que las nuevas generaciones participen en las decisiones que afectan su presente y su futuro.
El peligro de ser ambientalista en Colombia
“Se suele vivir muchos rechazos a estos temas en un territorio como el departamento del Meta”, dice Juan David al hablar de las dificultades que ha enfrentado en su lucha ambiental. Pero ese es, quizá, el menor de los problemas. Lo realmente preocupante es lo que ese rechazo puede desencadenar en sectores con otros intereses, alejados de la defensa de la vida.
El 12 de enero de 2026, Juan David fue víctima de graves amenazas de muerte en inmediaciones de su residencia, presuntamente perpetradas por una persona desconocida que se movilizaba en motocicleta. El joven denunció los hechos a través de sus redes sociales.
Tras conocerse las amenazas, varias organizaciones ambientales emitieron un comunicado conjunto expresando su preocupación por la situación de riesgo que enfrenta el joven activista, señalando que este tipo de ataques vulneran sus derechos a la vida, la libertad, la integridad física, pero también erosionan el tejido democrático y la posibilidad de participación ciudadana efectiva.
En un departamento como el Meta, donde estas dinámicas suelen naturalizarse, hablar de justicia climática puede significar ir contra la corriente. Y hacerlo en Colombia implica un riesgo mayor. En 2024 se registraron 48 asesinatos o desapariciones de personas defensoras del ambiente, lo que convirtió al país en el más peligroso del mundo por tercer año consecutivo. Estas cifras representan casi un tercio del total global, según el más reciente informe de Global Witness.
La tendencia no es nueva. Desde hace tiempo, Colombia se mantiene entre los países más letales para quienes defienden el territorio, junto con Brasil y México. Sin embargo, en los últimos años ha encabezado el ranking. En 2022 y 2023 ocupó el primer lugar con 60 y 79 casos, respectivamente, mientras que en 2020 y 2021 se ubicó en el segundo puesto, con 65 y 33 asesinatos.
Aun así, se ha mantenido firme en su activismo en pro de la defensa del territorio, porque cuenta con una red de apoyo y cree que “más allá de la visibilidad del proceso, lo más hermoso de todo esto es el poder conocer a la gente, a las personas, el poder aprender de otros, de su forma de liderar, de su forma de ver el mundo o de su forma de transformarlo”.
La fuerza de lo colectivo
Y precisamente, si hay algo que atraviesa su historia, es la idea de resistencia colectiva, especialmente de las lideresas sociales que moldearon su activismo. “Inicié mi camino con mujeres muy valientes que admiro porque llevan años resistiendo a la injusticia, a un sistema que históricamente las ha oprimido. Eso fue muy hermoso porque yo era un niño que podía convivir con ellas y aprender”, recuerda.

climática y el fortalecimiento de modelos extractivistas, Juan David sostiene que la problemática
va más allá de lo ambiental y se extiende a dimensiones sociales y políticas. Foto: Cortesía.
Pero también le atribuye su experiencia a los movimientos y organizaciones con los que ha trabajado, Juan David insiste en que los cambios no son individuales. “La resistencia colectiva es un pilar fundamental en la movilización cívica y en el poder que se le da al pueblo, a las personas y a las niñas», dice.
Su principal inspiración, sin embargo, está más cerca: su madre. En ella encuentra una forma de ver el mundo desde la empatía y la esperanza, incluso en medio de la adversidad. La describe como “un ser muy resiliente con el que la vida fue muy injusta y el sistema igual, pero a pesar de eso siguió y se ha convertido en fuente de inspiración hasta la fecha por su forma de ver el mundo. Tiene una forma de verlo con cariño, con amor, a pesar de todo lo que existe, a pesar de todos los problemas que hay. Siempre lleva esa calidez en sus ojos, que son esa raíz que, desde la empatía, me permite decir: todavía se puede hacer algo. Me da esperanza”.
En la historia de Juan David no hay una línea recta, sino un cruce constante entre territorio, juventud y colectividad. Su lucha no empezó en escenarios internacionales ni en discursos globales, sino en la tierra que habita, en los cambios que vio desde niño y en las preguntas que eso le dejó. Con el tiempo, esa inquietud se convirtió en liderazgo, y ese liderazgo, en un trabajo colectivo que hoy trasciende su propio nombre.
En un país donde defender el ambiente puede costar la vida, su historia se sostiene en la fuerza de lo compartido. Porque si algo ha aprendido en el camino es que la defensa del territorio no se hace en solitario, sino que se siembra, se cuida y se resiste en comunidad. Y es ahí, en ese “nosotros y nosotras”, donde sus vivencias encuentran sentido y también esperanza.
Lee también: Sendero ecológico de La Julia: construcción de paz y defensa del ambiente


