La política es necesariamente antagónica; empero la democracia enseña que la regla del debate conlleva la tolerancia mutua, o en palabras de Steven Levistky, “los políticos deben acordar la forma de no estar de acuerdo”, y es la única probabilidad de no verse entre sí como enemigos mortales: es la dimensión del debate en la democracia procesal (Habermas) bajo el control vigilante de la opinión pública, que determinará en últimas quién tiene la razón y serán las consideraciones de mayorías frente a minorías, con límites precisos de derechos, la resultante final.

Es propio de la democracia legal-racional, la controversia como lógica del debate, procurando cada cual llegarle a la inteligencia colectiva de los ciudadanos, en ese universo competitivo. En que habrán de imponerse los que demuestren tener la razón, sin perjuicio de que sean muchas las razones, tantas cuantos actores políticos estén en la palestra, y serán así, las mayorías y las minorías resultantes las que jueguen en los pesos y contrapesos de la democracia.

En Colombia el debate político siempre estuvo viciado; interferencias de corrupción a veces; precariedad ciudadana casi siempre, y hasta la violencia y la guerra, esta última en proceso de superación, por lo menos con el grueso de la guerrilla de las FARC. El país avanza hacia la paz soñada, y este viejo anhelo tiene múltiples apoyos partidistas, la iglesia católica y la comunidad internacional hasta que apareció el pero, llamado Centro Democrático, con Álvaro Uribe, centro y talismán de todas las derechas extremas. El gobierno Duque subsumido en esa colectivización, junto a parlamentarios, empresarios y funcionarios.

El Centro Democrático ya decidió su propósito: volver a la guerra; la violencia resulta ser la protopolítica de todos los medios. A lo Karl Smith, solamente se concibe la confrontación amigo- enemigo, y la consigna es eliminar al enemigo, y este último puede ser el compendio de toda la izquierda, la que estuvo armada y ya no lo está, porque hay que hostigarla para que vuelva al monte; no hay reserva alguna, el macartismo es para todo; inexistentes fantasmas cobran vida en boca del combo del Uribismo: “Castrochavismo” “Foro de Sao Paulo” y hasta el extinguido marxismo, son armas de retórica fanática. El gobierno también juega al filibusterismo y utiliza su fiscal y muy pronto tendrán procurador, como quien dice: aténganse sectores alternativos; ya les mostraron la inteligencia militar chuzando a los civiles; la Vicepresidente hace ostentación de su aporofobia (odio a los pobres), los colombianos/as resultaron siendo unos atenidos; el Ministerio del Interior acoge hijos de paramilitares y sus funcionarios y contratistas desprecian a los indígenas, el Ministro de Defensa, y los parlamentarios van tras la JEP. Todo el sector corre a defender el mercado y el neoliberalismo y por eso en la pandemia solo se consiente a los empresarios y a la banca, mientras se confina al pueblo.

El fanatismo fue la razón de las atrocidades de la Edad Media, por sus cadalsos y por la inquisición pasaron los hombres de pensamiento liberal; las transformaciones del mundo moderno dejaron atrás ese fundamentalismo sectario y cuando en Colombia se habla de paz, resurge el fanatismo como el nuevo enemigo de la civilización, y corre por cuenta del Centro Democrático.

Es el momento histórico: legítima defensa de la democracia, que la izquierda toda asuma la tarea, al unísono, de demostrar que hoy es el pensamiento opuesto al Uribismo y que solo le caracteriza la sensibilidad social y el compromiso por la igualdad y los derechos humanos; también la derecha sensata debe estar ahí, junto a la Iglesia Católica, la del “aggiornamento” posconciliar, para entre todos lograr un país en que no haya que depender de cualquier matón para tener el derecho de vivir.