Ahora mismo los días transcurren sin ningún tipo de nombre. Dejaron sus escarapelas identificativas tiradas en la puerta de la ciudad y vagan desnudos y salvajes por las calles vacías. Todos han adquirido la difusa fas de un día festivo. Da lo mismo un jueves en la tarde que un domingo a la madrugada. El tiempo se funde en un solo circulo de luz y oscuridad.

Encontrar maneras de entretener la bestia ávida de estímulo se convierte en la tarea titánica de esta sociedad acelerada hasta el hastío. Parece increíble pensar en encontrar sosiego en la compañía propia, en pasar un día sin «hacer algo». Y es que pensar en no hacer nada resulta sumamente preocupante en más de un nivel; desde la preocupación por el sustento diario hasta parar indefinidamente los ciclos regulares de tránsito por los lugares donde somos y estamos a diario. De un momento a otro le dijeron a la sociedad de la hiperconexión que tenían que parar la montaña rusa del desarrollo y la inercia pegó con fuerza.

Y es que resulta tan chocante un mundo donde las fuerzas del orden efectivamente existen y no es para mantener una sensación de seguridad, sino para impedir un simple paseo por la montaña. Que las directrices se cumplen con obediencia ciega muy a pesar de la lividez del enemigo invisible, porque ¿qué tan problemático ha de ser permitirle a alguien caminar por un sendero solitario? Esas son las dudas que me asaltan estos días, los días del desasosiego.