Para llegar a una de las chagras de la naciente comunidad Sitakoy en la zona rural de Leticia, Amazonas, se deben recorrer unos 22 kilómetros en un bus que sale desde el parque La Ceiba. De allí se camina un tramo hasta llegar a una entrada lateral por la que se deben atravesar pequeños ríos, puentes artesanales, lodo, troncos caídos y numerosas ramas. El recorrido a pie tarda cerca de 45 minutos por el camino corto. Por el largo, aproximadamente dos horas, ese fue el que tomamos para darnos tiempo de escuchar y apreciar los silbidos, vientos, y ramajes tupidos de la selva virgen amazónica.

A las 4:30 a.m. me desperté junto a mi amiga, Keila Mondragón, para ir a la chagra, ese lugar que para los indígenas de la región representa un lugar de prácticas ancestrales en el que convergen la interrelación y complementariedad de actividades como la agricultura, la pesca, la caza y la recolección, labores que se ejecutan de acuerdo a pautas culturales tradicionales.

Estuvimos en el sitio de encuentro antes de las 6:00 am, pero nuestro guía apareció una hora después. Se presentó como Omar Ralphr y poco después nos comentó que provenía del centro poblado La Chorrera y pertenecía a la etnia Uitoto. Durante la caminata, vi por primera vez a nuestro guía ingiriendo ambil y mambe, horas después, mi amiga y yo estaríamos viendo cómo se cocina durante horas la mezcla para el ambil, y ayudaríamos a don Omar a preparar mambe.

Al llegar a la chagra, una casa de madera se levantaba sobre unas bases de al menos un metro. Al lado, sobre el suelo, había una cocina encerrada en lona. Ambas malocas tenían techos hechos con hojas de palma seca. Esa era la vivienda de la hermana de don Omar, Ana. Allí tomamos un breve descanso y mientras almorzábamos la pasta instantánea que habíamos llevado, vimos cómo la hija de doña Ana y su amigo, pelaban una montaña de yucas que luego eran lavadas en un valde y trituradas en un tallador metálico gigante. De ahí se sacaría luego el almidón para hacer casabe, un tradicional pan ácimo, crujiente, delgado y circular, que se remonta a tiempo prehispánicos. Tuvimos la oportunidad de probar esa especie de tortilla que suele acompañarse de ají dulce o incluso con rellenos de carne o verduras, todo un gusto al paladar.

Poco después, fuimos a otra vivienda, quedaba a solo unos metros. Allí se ubicaba la “oficina” de don Omar, que en realidad era la maloca de doña Elena, otra hermana de nuestro guía. Al llegar, vimos que doña Elena, en un fogón de leña se cocinaba un líquido entre café y gris espeso. Se trataba de hoja de tabaco mezclada con sales vegetales, que, hasta el anochecer, resultaría en ambil.

Detrás de nosotras, don Omar cargaba en un canasto tejido, unas hojas de yarumo seco y otro con hojas de coca. Ya era hora de iniciar la preparación del mambe. Nos pidió llevar algunos trozos de leña encendidos bajo una estructura metálica para encender el fogón. Encima pusimos una especie de recipiente cuadrado, metálico y gigante, y luego Keila puso las hojas de coca al interior para que se empezaran a tostar.

Mientras tanto, en un platón circular de barro puse las hojas de yarumo y con un poco de leña encendí un poco hasta que el fuego se propagó y en menos de tres minutos las plantas estaban hechas cenizas. El proceso fue más largo con las hojas de coca, que tardaron aproximadamente una hora en tostarse.

De inmediato, en un pilón cilíndrico, depositamos las hojas ya tostadas, y Keila y yo nos turnamos para empezar a triturar las plantas. Don Omar tuvo que ayudarnos al final, hasta que quedaron convertidas en polvo verde, el cual pasó a estar en un recipiente de totumo para mezclarlo con las cenizas del yarumo.

El mambe estuvo listo al anochecer, pero antes de probarlo don Omar nos contó que la tierra proviene del creador, al que le dicen abuelo y quien un día se sacudió los brazos. De la mugre que salió, se formó una bola de tierra en la que plantó una semilla, pero que al ver que en ninguno de los planetas existentes sobreviviría, la soltó y entonces quedó flotando mientras giraba. El resto de las especies se originaron por la teoría del Big Bang.

Nos dijo que las primeras personas tuvieron la oportunidad de hablar con el abuelo invocándolo con el mambe pero sin probarlo, solo podrían consumirlo luego de que el creador les transmitiera todos sus conocimientos. Entonces todos los días le decían “Abuelo, venga”, y él aparecía para explicar leyes de la vida, del convivir, de administración de los recursos, entre otros.

Pero un día, una de las personas probó el mambe sin que nadie lo notará, pero el Abuelo lo supo de inmediato, así que cuando apareció por última vez, les reclamó el no haber esperado el momento para probar la mezcla ancestral. Desde entonces, el creador no volvió a la tierra, y las personas no pudieron obtener todos los conocimientos, que, al día de hoy, representan un misterio para la humanidad.

De don Omar salieron muchas más historias, algunas sobre la envidia, otras sobre duendes, sobre viajes con el pensamiento o sobre la esclavitud que vivieron las comunidades indígenas del Amazonas a causa de las caucheras. Después de haber escuchado todos esos relatos, esperamos pacientemente hasta que nos consideró dignas de probar el mambe, pero este siempre debe ir acompañado primero del ambil.

Primero me dio el recipiente de la sustancia espesa y me dijo que inhalara fuerte. Después puso un poco en mi dedo índice y me dijo que lo pusiera en mi lengua. Tanto el olor como el sabor se me hicieron en extremo amargos. Keila logró asimilarlos mejor que yo.

Ahora era el turno del esperado mambe. Don Omar me extendió una pequeña cuchara con una porción mínima del polvo verde y me dijo que lo pusiera bajo lengua, no podía tragarlo de una vez, tenía que esperar a que se mezclara con mi saliva e irla pasando poco a poco. También se me hizo amargo, pero más pasable que el ambil. No sentí ningún efecto extraño, más allá de que se me durmió la lengua y parte de la boca. Mi compañera tuvo la misma reacción.

Estas mezclas no generan efectos alucinógenos y aunque la siembra de coca es ilegal en el país, a las comunidades indígenas se les permite tener sus cultivos para mantener sus costumbres. El consumo de mambe y ambil, les permite a estas poblaciones conectar con sus ancestros y mantenerse vitales para andar y desandar entre las profundidades de la selva.

De las vivencias en la chagra, aun quedan otras por contar, pero por el momento, dejo el relato hasta aquí, porque creo que cada experiencia merece su propio espacio.

Comunicadora social y periodista, con experiencia en prensa escrita, comunicación institucional y trabajo con comunidades vulnerables desde el enfoque de la participación política, defensa del territorio y comunicación para el cambio social.