Siendo justos no podría decirse que Darío tuviera el aspecto de un cazador de tesoros. Aunque medía cerca del metro ochenta —y esto, digamos, podría ser una característica de un cazador de tesoros— el resto de su cuerpo no le hacía justicia a la profesión que ejercía desde hacía un mes. Al menos eso decía su mujer, Elisa, que desde la cocina le gritaba que andar hablando de oro no le quedaba bien a un indio como él. Que dejase de andar bebiendo a las riberas del río Peñas y que mejor se dedicara —esta vez con el esmero suficiente— al cuidado de las cinco vacas lecheras que tenía en el hato. 

Elisa y Darío no eran personas inoportunas ni arrogantes. Elisa era una mujer agradable, no particularmente bonita, que había viajado hasta el sur del Meta porque en su trabajo de aseadora del matadero municipal había coincidido con un muchacho de piel tostada, barriga prominente, ojos aindiados y una forma tan particular de mover sus manos al hablar y sonreír, que había aceptado las únicas tres invitaciones que Darío le hizo en su vida: una a bailar, la otra para dormir y la última para casarse. 

Pasó un mes entre cada invitación, pues era el único tiempo con el que Darío contaba en Villavicencio para cerrar la compra del hato y las cinco vacas lecheras en un caserío llamado Jardín de Peñas. El negocio lo firmó al día siguiente de su matrimonio, y tras dos meses de vida en el campo, ella recibió la liquidación de su trabajo y montó una pequeña tiendita de artículos de belleza en el caserío, y el producido, junto con la venta de la leche que Darío ordeñaba, era apenas para mantenerlos a flote. 

Durante el primer año de matrimonio, Darío trabajó en el ordeño y en la venta de madera; con la esperanza de adquirir una finca más grande y la plata suficiente para sentarse a beber aguardiente sin mayores preocupaciones. Pero —sin culpa alguna de su parte—, aquella promesa nunca se materializó. La venta de madera la declararon ilegal y el litro de leche no superaba los ochocientos pesos. 

Después de la venta de madera y el ordeño de las vacas surgieron muchos proyectos tan ventajosos como esquivos. Por ejemplo, en el segundo año de matrimonio don Raimundo, un gran hacendado de esas tierras, lo consideró como opción para ser el vendedor de su ganado en Villavicencio y le preguntó si le interesaría trabajar para él. Darío recibió con los brazos abiertos aquella oportunidad de recibir un salario estable y tan pronto escuchó la oferta de labios del hacendado, le estrechó la mano con calor y le ofreció una copita de aguardiente para celebrarlo. Don Raimundo se fue, y llegada noche, Darío le informó a Elisa que debían vender la tiendita.

Elisa durmió, pero Darío permaneció despierto, recostado en su chinchorro con un cigarrillo en los labios. El zumbido de las chicharras parecía impregnar el aire del campo. Darío conocía a fondo los ruidos nocturnos de la sabana: el croar de las ranas, el plañido de los becerros, y el agua golpeando a bastante altura las rocas del río Peñas. Esos sonidos eran más placenteros que los frenos de los autobuses, las sirenas remotas, o el paso vacilante de los borrachos bajo la luz vigilante de los postes. 

La vida que estaba a punto de abandonar no había sido dura, y pensó con ternura en el mantel sucio del comedor de la sala, que ponían cuando tenían algo que celebrar: llenaban la mesa con un pedazo de carne y mañoco, acompañados de la lluvia y el aroma del café humeante recorriendo la estancia, mientras Elisa le sonreía desde el otro lado de la mesa, porque la venta del día había sido buena. Pero iban a alejarse de todo aquello. La sangre caliente de su caballo bajo sus muslos, el frío cuchillero de la madrugada, el relente que abrazaba las vacas en los días húmedos, las pequeñas ferias de artesanos en las que se podían conseguir sombreros baratos, o los antiguos tesoros escondidos bajo esas tierras. Estos eran indudablemente los recuerdos de los pobres, y si bien le resultaban agradables a él, tenía la creencia de que muy pronto quedarían en el olvido. 

Tenía veintinueve años; según su experiencia: la vida del campo y la pobreza eran inseparables, y una iba a terminar con la otra. Elisa vendió la tiendita a una comadre por ochocientos mil pesos. La oferta de don Raimundo seguía firme porque él lo hablaba sin reservas de ninguna clase cuando se hallaba con los amigos del billar. 

—Estamos muy contentos con que se den así las cosas —decía Elisa—. Todo lo que necesitamos es que Darío firme el contrato. El resto es cuestión de paciencia.

Pero llegó un momento en que Elisa vio que de los 16 billetes de $50.000 ya solo quedaba uno y sugirió que era momento de empezar a pensar en otras posibilidades. Darío se negó a hacerlo. Cuando ella le tocó el tema —también una noche de esas del mantel sucio, aroma de mañoco, café y comida— él no respondió y prefirió abrir una media de aguardiente. Ella volvió a insistir y él alzó la voz y se enfadó. Dos gritos. Ella lloró. De nuevo volvió a su chinchorro con un cigarrillo en los labios y pensó en su caballo, que ya había vendido. Afortunadamente afuera continuaban el croar, el plañido de un solo becerro, y el agua del río Peñas. Recordó también la feria de artesanías y la historia del viejo barbudo que aseguraba la existencia de oro enterrado en las riberas del río Peñas, por antiguos indígenas que negaron entregárselo a los españoles. Oro del brillante, del puro. Tiró el cigarrillo al piso, luego lo aplastó con la bota y cerró los ojos para intentar dormir.

Al día siguiente seguían sin hablarse, y para fortalecer su posición, Darío bajó al pueblo a buscar a don Raimundo. Uno de sus compadres le dijo que no lo veían hacía algunos días. Esto lo preocupó. Varios días podían significar muchas cosas, pero sin más preguntas o averiguaciones asumió lo que después se supo con certeza: que a don Raimundo lo había matado la guerrilla. 

No le dijo nada a Elisa. Dos días después, aún sin hablarse, el radio anunció la muerte del Señor Raimundo —que en paz descanse—. Era la una de la tarde y el sol calaba entre las hojas de hierba. Con pasos de viejo, levantando los pies, como si aquellas tablas con las que estaba construida la casa del hato fueran arenas movedizas, caminó hasta la cocina y se quedó parado delante de ella.

—Lo siento —respondió Elisa, y se inclinó para lavar los platos—. Lo siento muchísimo.

Él se alejó y empezó a acomodar las cantinas de la leche. Después salió de la casa y miró con sus ojos aindiados directo al sol. No pudo. Parpadeó una o dos veces y quedó con una lucecilla clavada en los párpados. Cuando la luz desapareció, miró el pasto y recordó las palabras de su padre: el pasto es el cabello que le nacen a los muertos del cementerio. Caminó hasta la parte trasera de la casa y recogió una pala. Luego agarró la media de aguardiente que estaba sobre el mantel sucio y se dirigió a las riberas del río Peñas a buscar los antiguos tesoros de los indios.

Abogado de la Universidad Libre de Colombia y estudiante de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente escribo columnas de opinión, y un libro sobre la identidad en los llanos orientales colombianos.