Por: Jenny Moreno

A pesar de que en Colombia está legalizada la esterilización, testimonios de mujeres y hombres contra los servicios de salud dejan al descubierto barreras que pasan desde la evasión total para acceder al procedimiento hasta tropiezos y agresiones psicológicas por parte de sus profesionales hacia las mujeres y hombres cuyo proyecto de vida es diferente al convencional.

En el 2010 en Colombia se sancionó la Ley 1412 que dictamina a los servicios de prestación de salud financiar el procedimiento de esterilización y realizarlo a quien autónomamente tome la decisión. A pesar de la existencia de esta ley, existen muchas barreras para acceder a dicho procedimiento por lo que, mujeres como yo nos preguntábamos hasta qué punto estas actitudes se convierten en juicios morales frente a la decisión de la mujer sobre su cuerpo, por parte del sistema de salud llegando a vulnerar sus derechos sexuales y reproductivos.

¿A qué edad decidí no ser madre?

Desde pequeña nunca me gustaron los bebés, nunca tuve ese “instinto maternal” que supuestamente tenemos todas las mujeres; tampoco me sentía a gusto con tener bebés de muñeco o barbies, pero la sociedad te va vendiendo la idea de ser madre desde temprana edad, te compran el muñeco para que le cambies el pañal, para que lo alimentes, incluso hasta que llore y le calmes las necesidades aun cuando ni siquiera has descubierto las tuyas.

A mis 20 años estaba convencida de que el camino para lograrlo era la esterilización. No obstante, me abrazaba el miedo al procedimiento, sus pormenores y posibles riesgos; aun así, seguí adelante. En ese momento empecé a averiguar en mi EPS, pedí cita a planificación familiar y me encontré con una doctora cercana a los 65 años quien fue para mí la primera barrera.

La típica reacción

Lo primero que me dijo fue que no podía acceder a la esterilización por mi edad y porque no había sido madre. En ese momento le creí, así que accedí a buscar otros métodos anticonceptivos e inicié con una inyección mensual.

A los cuatro años volví a intentar esterilizarme. Me acerqué a Profamilia donde me dijeron que podía acceder al procedimiento quirúrgico siempre y cuando fuera mayor de edad y bajo mi consentimiento; me recomendaron ir nuevamente a la EPS a solicitar la esterilización.

Así que opté por insistir en mi EPS, volví a solicitar cita de planificación familiar encontrándome nuevamente con la misma doctora quien insistía en que no podía realizarme la cirugía. Como ya contaba con información al respecto, le dije que eso no era así, que ya había averiguado y por ley me lo tenían que hacer. A lo que respondió: “bueno, es verdad. Usted acá puede acceder a eso pero le va a quedar una cicatriz horrible, le van a abrir todo y eso le va a quedar una cosa horrible en el cuerpo”.

Me volví a asustar, pero ahora por temas estéticos, por lo que dudé y desistí de la cirugía. Dado que ya llevaba cuatro años con la inyección, le solicité me la cambiara por el DIU. Sin embargo, con este nuevo método anticonceptivo empecé a tener problemas durante la menstruación, los cólicos eran más fuertes y sangraba más de lo acostumbrado. Había escuchado que el cuerpo duraba en adaptarse, así que pensé que era por esa razón y dejé que pasara el tiempo esperando que mi cuerpo se adaptara.

Pero a los seis meses fui diagnosticada con una púrpura no trombocitopénica idiopática, una enfermedad en la sangre. Se me reventaron los vasos sanguíneos de las piernas, no podía caminar, leer, concentrarme, escribir, ni estar rodeada de mucha gente, perdía mucha sangre, se me caía el cabello, estaba muy débil por lo que tuve que parar mi vida personal, laboral y académica por mi condición de salud. Debido a la incertidumbre y la lenta recuperación, decidí optar por medicina alternativa la cual contribuyó a mi mejoría durante los tres meses siguientes. Sin embargo, seguía con un sangrado abundante durante la menstruación.

Un día me dio una hemorragia vaginal por lo que fui al ginecólogo, le comenté los antecedentes de la enfermedad. El doctor me respondió que tal vez mi problema en la sangre estaría relacionado con el DIU, que era alérgica a los métodos anticonceptivos. En ese momento, le comenté que había pensado en esterilizarme, a lo cual él me respondió que esto me ayudaría incluso a controlar y regular mi periodo, fue cuando tomé del todo la decisión de esterilizarme.

La correcta asesoría

Cuando me dio la remisión me preguntó: ¿está segura de hacerse la cirugía? Era más fácil justificar la cirugía por la enfermedad que por mi decisión de no ser madre; sin embargo, tuve el espacio para comentarle las verdaderas razones que tenía y que principalmente estaban ligadas con que tenía un proyecto de vida lejos de la maternidad. El doctor comprendió la situación, pero me advirtió que tal vez iba a encontrar barreras con el personal médico.

Comencé entonces con el proceso para operarme, efectivamente empecé a toparme con las barreras que me había advertido. Algunos me decían durante las consultas o en el momento de solicitar las citas: “usted está muy pequeña, cuando llegué a los treinta es cuando va a querer ser madre y si usted no se espera hasta esa edad se va a arrepentir.” Recuerdo también que me dijeron que lo pensara mejor, que era una decisión para toda la vida y que cuando tuviera una pareja estable y no le pudiera dar un hijo/a, qué iba a hacer.

Al principio les daba explicaciones, luego ya decidí quedarme callada cada vez que me hacían este tipo de comentarios, esperando a que me entregaran los papeles y autorizaciones necesarias para esterilizarme. Hasta que por fin me dieron fecha para la cirugía.

Cuando ya me encontraba en la sala de operación el cirujano me preguntó cuántos años tenía, le respondí veinticinco a lo que me dijo: “usted es muy pequeña para esterilizarse, además le va a quedar una cicatriz grande y fea, piénselo bien”

La cicatriz

El cirujano realmente me profundizó el miedo que aún sentía, pero tenía dos opciones: ceder ante sus presiones dejando que tomara el control y desistir de operarme o, arriesgarme y seguir adelante con mi decisión a pesar de tener que dejar mi cuerpo en manos de una persona que me juzgaba, era irme al quirófano sin tranquilidad. Aun así, decidí esterilizarme ese día.

Efectivamente unas semanas después de que me retiraron los puntos me quedó una cicatriz en la parte baja del abdomen de unos cuatro centímetros con un mal aspecto –lo que se conoce como queloide–, cuando me veo la cicatriz es como sentir la presión de la sociedad por elegir sobre mi cuerpo y quedar marcada por no querer ser madre.

En realidad, yo no pensaba que los prejuicios fueran a venir por parte del personal médico, quienes cuestionaron todo el tiempo mi decisión desde un punto de vista moral y biológico al repetirme que “lo natural es que las mujeres sean madres, usted tiene un instinto maternal que se despertará a los 30 cuando le llegue la crisis y se va a arrepentir”. De entrada, se negaban a realizarme el procedimiento bajo unos preceptos morales de lo que debe ser o cómo se debe comportar una mujer y esa manipulación psicológica la jugaron todo el tiempo conmigo. Hasta cierto punto me hicieron dudar, pero llegué a temer más por los efectos de los anticonceptivos o de ser madre que de las consecuencias físicas y hasta morales con las que intentaron persuadirme para controlar mi decisión sobre mi propio cuerpo.

La gente se cree con el derecho de opinar y decidir sobre el cuerpo de las mujeres, se entrometen cuando no están a favor del aborto, pero también cuando tomas la decisión de no ser madre. Ahí es cuando te das cuenta de que pareciera que las mujeres no tenemos el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, siempre hay alguien dispuesto a opinar y a creerse sabedor de todo lo que pensamos o sentimos.

Quise compartir mi historia para que se ampliar el debate sobre los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres. Esto porque la discusión de quienes están a favor de penalizar el aborto aluden a que la culpa es de la fémina por no cuidarse, por no poder “mantener sus piernas cerradas” o por su forma de vestir; pero tampoco te permiten optar por esta decisión, como si nuestra única finalidad como mujeres fuera reproducirnos.

Muchos de los cuestionamientos que me hicieron durante el proceso para operarme fue “¿y si se llega a arrepentir?”, el hecho de haberme operado no significa que no pueda cambiar de parecer sobre la maternidad. La adopción de un niño o niña que haya sido abandonado o alejado de sus padres por maltrato y abuso es una opción que contemplo, pues también se debe romper con ese estereotipo de la maternidad biológica -que en muchas ocasiones está sustentada en el egocentrismo- para poder nosotras brindarles una segunda oportunidad a esos menores que en algunos casos son producto de las medidas restrictivas que impone la sociedad sobre mujeres que no quisieron ser madres. Debemos seguir desmitificando ese paradigma del deber ser de la mujer, la maternidad y la familia misma.