La modernidad clásica se caracterizó por ser pesada. Este diagnóstico de Bauman se constata en tres medidas específicas: el tamaño, el peso y el volumen. En esa modernidad, las empresas se destacaban por ser enormes fábricas cuya obsesión por estas tres medidas se debía a que les otorgaba un aire de grandeza, en el sentido amplio del término. Junto a estas medidas geométricas, anclarse al territorio era otra de sus características.

Sin embargo, Bauman señala que, con la llegada del neoliberalismo, la modernidad pesada se convierte en modernidad líquida o liviana. El tamaño, el peso y el volumen quedaron atrás, para dar paso a lo pequeño y lo liviano. Las grandes empresas dejan de ser esos enormes lugares donde el montaje y la cadena de ensamblaje se reunían en un mismo espacio. Los enormes muros se transforman en pequeñas sucursales, y la cadena de ensamble y montaje se dispersa por el mundo. En lugar de fabricar en un mismo recinto la mercancía, esta se fabrica y se ensambla en distintas latitudes. Al respecto, señala: “la pesadez y el gran tamaño han dejado de ser posesiones valiosas para convertirse en desventajas. Para los capitalistas dispuestos a cambiar los enormes edificios de oficinas por las cabinas presurizadas, la levedad es la posesión más cara y provechosa”[1]. De ahora en adelante, las empresas dejarán de ser esos enormes lugares para convertirse en espacios pequeños y diseminados por el mundo. Su característica no va a ser los enormes muros, ni grandes tamaños; tampoco las hectáreas de espacio ocupado; ahora se trata de pequeñas sucursales, livianas, que con el software harán todo más rápido.

El capital, con equipaje ligero, viaja, se dispersa por el mundo, se vuelve volátil e inconstante. Cuando saca provecho de un espacio y este ya no rinde frutos, alista maletas y se dirige a otro destino sin ningún problema. En conclusión, el capital ya no está anclado, está extraterritorializado al ocupar distintos lugares al mismo tiempo.

Con la actual crisis generada por el Covid-19, el neoliberalismo ha llegado a ocupar, tal vez, uno de los últimos recintos que diferenciaba el adentro y el afuera; el hogar. La división entre los espacios de la empresa y el hogar es una fina capa que se está diluyendo, pues hoy, para muchos individuos, el hogar se ha convertido no solo en el espacio privado de descanso y esparcimiento, sino también en su lugar de trabajo. El hogar se ha convertido en otra empresa, con la diferencia de que ahora es el individuo el que provee no solo el capital, sino también la mano de obra. Si antes, para millares de individuos el hogar era el lugar de descanso o el destino final después de salir del trabajo, ahora este tiene dos caras. El aislamiento físico se está convirtiendo en un aislamiento social, el contacto con el otro o con lo otro está desapareciendo y esto puede ocasionar una individualización cada vez más profunda que trae dos consecuencias en dos polos opuestos: la depresión o el narcicismo.

En el espejismo de la autorrealización, se esconde la autoexplotación del sujeto.

No solo el hogar está cambiando, también la explotación laboral y el trabajo. El Covid-19 es un escenario en el que el neoliberalismo y los estados están sacando provecho, a pesar de que nos digan lo contrario. En la actualidad, es evidente que el contrato social entre estado y sociedad está más fragmentando que nunca, pues masas de población quedaron en total desamparo cuando más necesitaban de la presencia estatal; las mínimas garantías para la existencia como la alimentación y la salud han sido inocuas por parte de éste y los grandes imperios del capital, lo que ha permitido que la explotación laboral se agudice y alcance un nivel más profundo de explotación, recurriendo eufemísticamente al término emprendimiento.

Como señala Boaventura de Sousa, “el emprendedurismo le da un toque de glamur a la precariedad”[2]; pero no sólo eso, también genera la autoexplotación. Hoy más que nunca, el sistema neoliberal impulsa la autoexplotación con frases como: “Hay que darlo todo, en todo momento”; “Tú eres capaz, eres libre y nada te puede quedar grande, no tienes límites”. Precisamente, detrás de esta última frase, que acude a la libertad como máxima expresión y valor, se esconde el dominio neoliberal. Uno de los planteamientos de Byung-Chul Han es que detrás de la libertad que promueve el régimen neoliberal se esconde la autoexplotación del sujeto. Hoy se repite de manera enfática y hasta la saciedad que hay que dar rendimiento constantemente. Es una de las principales características y habilidades del sujeto actual. El sistema neoliberal promueve la idea de un sujeto libre de ataduras y, por lo tanto, que puede realizarse hasta alcanzar su yo ideal, y para lograrlo depende solo de sus capacidades. Esta búsqueda de realización, como señala Han, hace que “el imperativo de rendimiento lo fuer[ce] a aportar cada vez más rendimientos. De este modo nunca alcanza un punto de reposo gratificante”[3]. Esto genera una competencia contra sí mismo, en aras de perseguir una realización que no tiene fin. En el espejismo de la autorrealización, se esconde la autoexplotación del sujeto.

Además, la autoexplotación genera depresión. El sujeto que está en constante rendimiento compite consigo mismo y se autodestruye a base de autorrealizarse. La relación excesivamente tensa e incluso narcisista que lleva a cabo consigo mismo produce que se sienta “cansado, hastiado de sí y harto de pelear contra sí mismo. Totalmente incapaz de salir de sí mismo, de estar afuera, de confiar en el otro y en el mundo, se obceca consigo mismo, lo cual conduce, paradójicamente, a la horadación y al vaciamiento del yo. Se encierra en una rueda de hámster que gira cada vez más rápido sobre sí misma.”[4] Bajo la actual situación, los casos de depresión son más agudos y constantes. El sujeto, al encontrarse en el estado de libertad que promueve el régimen neoliberal, cree que puede autorrealizarse, pero al no lograr esta autorrealización cae en depresión. Lo paradójico de la situación es que termina creyendo que es culpa exclusivamente de él, restándole importancia al sistema económico imperante, que es el que le vende la idea de la autorrealización del yo ideal.

Por eso, en la actualidad se exalta la importancia del emprendimiento, para ocultar, sagazmente, parte de la responsabilidad del régimen económico actual. Como señala Han, “a partir de un determinado nivel de producción, la autoexplotación se vuelve esencialmente más eficaz y de mucho mayor rendimiento que la explotación a cargo de otros, porque viene acompañada de la sensación de libertad. La sociedad del rendimiento es una sociedad de la autoexplotación”[5]. En síntesis, libertad y coerción se identifican en el sistema neoliberal.

La obsolescencia programada es el cenit del consumo actual.

En La desaparición de los rituales[6], Han menciona que la palabra “producir”, en latín, significa exhibir o hacer visible. En la modernidad pesada, a la hora de producir una mercancía, el proceso se hacía adentro de los muros, es decir, la manera en que se elaboraban las mercancías no era exhibida. Con el auge de la internet y las redes sociales, y con la actual situación del covid-19, sucede lo contrario: ahora, exhibir la manera en que se elabora una mercancía hace parte del proceso del trabajo. El trabajador que expone la manera de elaborar una mercancía se convierte en su propio objeto de publicidad. En la sociedad actual, todo se mide en su valor de exposición, incluso la manera de elaborar una mercancía. Como señala Han, “todo está vuelto hacía fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, (…). La economía capitalista lo somete todo a la coacción de la exposición. Solo la escenificación expositiva engendra valor; se renuncia a toda peculiaridad de las cosas.”[7] Todo está en exposición, nada queda al descubierto, incluso las redes sociales, hacen del rostro humano, una forma de mercancía.

A partir de lo anterior, la relación sujeto-mercancía, también está cambiando. En la modernidad pesada, la relación sujeto-mercancía se realizaba de dos formas: valor de uso y valor de cambio. El valor de uso estaba estrechamente relacionado con la durabilidad. El sujeto que se relacionaba con el valor de uso sabía que le esperaba una relación de tiempo prolongada, debido a la durabilidad de la mercancía, es decir, su uso estaba proyectado para un período de tiempo largo. Muestra de ello son las tiendas de antigüedades, lugares donde reposan mercancías cuyo valor de uso se proyectaba para durar por un largo período de tiempo. Hoy, la situación es totalmente contraria: la relación sujeto-mercancía no solo se basa en el valor de cambio y en valor de uso, también en el consumo. La relación con la mercancía no está proyectada para perdurar. En síntesis, está proyectada para ser consumida y desechada en menor tiempo, para que el sujeto vuelva a consumir. La obsolescencia programada es el cenit del consumo actual.

El covid-19 le está permitiendo al régimen neoliberal transformar el papel del hogar y la forma de trabajar, y llevar la explotación a una faceta de autoexplotación, provocando en el sujeto una presión para estar produciendo constantemente, obligándolo a aportar rendimiento sin cesar, lo que desencadena un agotamiento físico y mental. Hoy el individuo está más abandonado a la intemperie, sin horizonte, sin futuro, y esto puede ser engañoso, pues creemos que, al estar abandonado, está libre de ataduras para construir un futuro; pero todo lo contrario, está encadenado a su autoexplotación. El escenario actual le permite al neoliberalismo llevar la explotación y la autoexplotación a escenarios nunca antes vistos, incluso en el hogar.

[1] Zygmun Bauman, Modernidad líquida, México, 2003, p. 130

[2] Páramo, A. “El emprendedurismo le da un toque de glamur a la precariedad”. Revista Arcadia (2019), p. 22, 23

[3] Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Barcelona, 2019, p. 84

[4] Ibid, p. 87

[5] Ibid, p. 96

[6] Byung-chul han, la desaparición de los rituales, Barcelona, 2020.

[7] Byung-chul han, la sociedad de la transparencia, Barcelona, 2013, p. 29.

 

*Opinión y responsabilidad del autor de la columna, más no de El Cuarto Mosquetero, medio de comunicación alternativo y popular que se propone servir a las comunidades y movimientos sociales en el Meta y Colombia.