El confinamiento, los más de cien días de constreñimiento a la libre locomoción, la imposibilidad de recorrer espacios de la ciudad ya territorializados y el cambio de rutina, han permeado hasta las motivaciones más íntimas de la cotidianidad. A los vertiginosos días se sumó esa exponencial abstracción, suscitada por el inexorable y meditativo encierro y de manera involuntaria empecé a relacionar múltiples hechos con imágenes poéticas, no solo por la obnubilación del aislamiento, también por la fijación ineludible de solo leer poesía los primeros días.

Las singulares conexiones empezaron con la intervención del ESMAD en una manifestación pacífica de la ciudadanía, que denunciaba el abandono gubernamental en plena emergencia sanitaria, en medio de gases lacrimógenos dos policías arrastraban a un hombre por una vía con el fin de someterlo, esa tarde leía a Manuel del Cabral: “No le tire, policía; no lo mate, no; ¿no ve que tiene la misma cara que tiene usted?”. Pese al abyecto hecho, días después se observó una tanqueta antidisturbios de esa fuerza represiva lavando benevolentemente las calles del centro de la ciudad, todo un acto metafórico de “lavarse la cara”.

Esa misma tanqueta –en un día diferente– fue el fondo de una fotografía publicada por los medios oficiales de una entidad gubernamental, cuatro mujeres y cuatro hombres ubicados de forma ajedrezada, como quien desea simular una formación militar, materializaban una escena pendenciera y lamentable, esta apología guerrerista con expresiones impávidamente vulnerables, hizo que dirigiera toda mi atención a un poema de María Wine: “En algún lugar tiene que haber una belleza que siga siendo belleza, una conciencia para no ocultar un crimen apartado, tiene que haber un amor a la vida que no hable con lengua equívoca y una libertad que no se base en la opresión de los demás.”.

Por esos días se debatían en el concejo municipal importantes proyectos de ciudad –que definirían el derrotero del actual gobierno– y que, pese a la constante promoción del control social, la crítica era estigmatizada por el círculo de aduladores del sublimado caudillo, quienes consideran que todo es una conspiración, incluso cada opinión es asumida como afrenta contra la administración, a pesar de que en reiteradas ocasiones he manifestado que lo esencial es abrir el debate y que nos debemos apartar de los personalismos. Sin embargo, los ataques han sido directos e infundados, pues el corrillo servil no entiende que las columnas de opinión son posiciones subjetivas con el ánimo de persuadir a partir de una argumentación sustentada. Con estos hechos y la constante vituperación, cíclicamente me reencuentro con esta imagen de Juan Gustavo Cobo Borda: “El gesto inútil de escribir en las paredes, mientras el tirano inventa novedosos suplicios.”.

La inmersión en imágenes poéticas ha sido una oscilación permanente, un encuentro y un reencuentro, una exploración mordaz entre el éxtasis y la aversión, ese vaivén como corolario: “La fluctuación, el pasar del grafiti a la tutela.”. Dentro de esa aversión ha sido inevitable rememorar caducadas convergencias políticas, que desde campaña se desdibujaron por manidas prácticas politiqueras y que reafirmo frecuentemente con el poema “Los nuestros” de Jesús Munárriz:

“En aquel tiempo en que soñar futuros

nos compensaba de un presente terco,

imaginábamos que alguna vez

un día

“los nuestros” llegarían al poder.

Hoy el presente es terco

de otro modo

y soñar sigue siendo un lujo para pobres

sin futuro, pero algo,

al menos algo en limpio hemos sacado

de estos años cambiantes:

que sean quienes sean

los que vayan pasando,

si están en el poder, nunca serán

los nuestros.*

* O que nos lo demuestren (Nota del lector optimista).”.

(Villavicencio, Colombia, 1995) Estudiante de arquitectura y editor de revista de arquitectura y poesía Cúpula.