El decir, “todo tiempo pasado fue mejor” podría tener su propia reversión para Colombia, y hoy, se cambiaría por la añoranza de la guerra: es la sinrazón de quienes prefieren la barbarie de antes, a la lenta pero perceptible paz que se construye entre todos y todas, con acompañamiento de la comunidad internacional. Y es que, desde el gobierno, y su entorno político sugieren el deseo por volver a las confrontaciones con el grueso de las FARC, porque sin duda, la que fuera torpe persistencia de esa guerrilla por la lucha armada, significó correlativo crecimiento electoral al partido de Uribe, que es el mismo del presidente Duque.

Como para la agenda de hoy no sirve el viejo discurso de la seguridad democrática, hay que volver a dar motivos a la sociedad a para obnubilarla con viejo dilema de la guerra y de la violencia, al estilo de Mussolini quién glorificaba la guerra como fuente de purificación y de vigorización para un pueblo que aspire a la prepotencia.

No quieren percatarse que la paz es un derecho; para ellos la paz no importa porque la guerra no solo permite mantener el discurso bélico, de la seguridad democrática, sino que, al mismo tiempo, disipa los problemas que le surgen a Álvaro Uribe y que paulatinamente desgastan su otrora imagen de mesías imprescindible. También la corrupción y la pobreza podrían disimularse con el belicismo. Atrevimientos como la designación de Paloma Valencia, reconocida guerrerista, para integrar la Comisión de Paz, es un vergonzoso ingrediente que se suma a las objeciones a la Ley Estatutaria de Justicia y Paz (cuya redacción se atribuye al actual fiscal); los propósitos de acabar la JEP, la hostilidad contra la ONU y la comunidad internacional, además del desvío de los recursos de la paz, el asesinato de lideres sociales; la guerra despiadada contra campesinos cultivadores de coca, y el acompañamiento de tropas norteamericanas para ese fin; hacer ver fantasmas del pasado, como un marxismo que ya no es fuerza política, un delirante cuento de castrochavismo que solo ellos se creen, presentados como alto riesgo para la democracia, y entonces replican ese discurso buscando a como dé lugar el retorno al conflicto.

Un nuevo conflicto, sería un acto irracional, además vergonzoso ante la comunidad internacional que se la jugó por la paz en Colombia, que concurre con recursos para financiar el posconflicto; sería violatorio de la Constitución Política porque los acuerdos de la Habana tienen rango de bloque de constitucionalidad, pero allá el gobierno, o mejor su inspirador Álvaro Uribe, sigue posicionado como el fundamentalista del islam Najib Mahfuz que, “la paz es más peligrosa para nosotros que la guerra”. No de otra manera puede explicarse la obstinada beligerancia oficial.

La guerra es la expresión máxima de la irracionalidad humana y muestra la incapacidad de deliberar y de discrepar. La guerra genera sus propios contrarios y lo vivió Colombia con el paramilitarismo (que tan buenos auspicios tuvo de Uribe), enrarece el espectro de la política, destruye a la sociedad civil y de paso trae pobreza. La guerra solo sirve para quienes hacen de ella cualquier negocio que va desde la criminalidad hasta el cinismo de utilizarla como persuasión electoral.

El mundo se percató de la conveniencia de la paz; las FARC aunque tardíamente, comprendieron su error y se desmovilizaron; están también reconociendo sus crímenes, porque de por sí toda guerra contra la sociedad es un crimen, (toda guerra arrastra vejámenes) y comparecen ante la Justicia Transicional, al igual que todos los actores violentos en todos los procesos de paz que ha conocido la humanidad, incluyendo el benévolo proceso de Álvaro Uribe con los paramilitares, pasan por los mismos estándares, y de allí que resulte temerariamente paradójico que el Centro Democrático no haga su propia introspección.

El preámbulo del acto constitutivo de la Unesco, es diciente: “Puesto que las guerras empiezan en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres, donde deben levantarse las trincheras de la paz” Por consiguiente quién no es capaz de imaginarse un país en paz, tampoco será capaz de darle la paz a Colombia. Puede que hoy, en medio de las manipulaciones ideológicas, y de la rara cosmetología que disfraza las verdaderas intenciones de Uribe, encuentre gentes distraídas y hasta confundidas, que acompañen el aventurerismo bélico, pero será la posteridad quien se encargue de juzgar a quienes pudiendo evitarle una guerra al país, prefirieron sumirlo en la violencia.

Uribe lo prevé, no le son indiferentes las rencillas que provoca porque son su estilo, su propia lógica dialéctica, casi que como diría él: “provocar, provocar y provocar” así polarizó al país y le surgen, en un acto de legítima defensa respuestas como la serie “Matarife” que lo desnuda tal cual es; le destapan los escándalos de su exministra de defensa, hoy Vicepresidente ligada a episodios de narcotráfico. Seremos los amigos y amigas de la paz, quienes consigamos mantener esa nueva línea histórica para bien de las nuevas generaciones.