Por: Nicolás Herrera*

La gente empezó a morir, lo hacían dentro de sus casas, encerrados y en silencio. El olor empezó a alertar a los vecinos, la hediondez hacía que la gente se desesperara y las llamadas a las autoridades estallaban, eran por miles las peticiones para que recogieran cuerpos en un solo día. Al cabo de una semana hubo un colapso generalizado en las morgues, en las funerarias y en los cementerios. Los muertos hicieron que la maquinaría del municipio abriera fosas comunes para hacer sepelios colectivos, sin testigos y sin oficios religiosos.

Era agosto, el virus estaba esparcido por todos lados y los muertos se triplicaron en cuestión de pocos días, la ciudad tomó un aire extraño, un velo cayó, era como una sábana traslúcida que predominaba en el cielo, una neblina intensa que se quedó por semanas y atrapó el mal olor, la ciudad era fantasmagórica y olía a muerte. Las promesas que se hicieron en mayo no se cumplían, el plan de la normalidad como lo llamaban las autoridades, no había operado, porque las muertes seguían y seguían. La situación era como una ola incontrolable, el pandemonio se desató y no desapareció en meses.

Los hospitales de la ciudad empezaron a quedarse vacíos, los enfermos dejaron de llegar, pero en las casas los muertos se multiplicaban. Entonces, el trabajo fue para la policía y los militares, para los voluntarios y los sepultureros que fueron insuficientes. Los operativos empezaban en las mañanas, puerta a puerta, casa a casa, entraban y al cuerpo le rociaban cal, lo envolvían en una sábana verde y luego el bulto de carne en descomposición entraba en una bolsa de plástico grueso con cierre de cremallera. En el camión cargaban hasta doscientos muertos, los apilaban como cerdos, armando una montaña hasta el techo. Al vehículo lo rociaban con químicos y líquidos para matar virus y bacterias y se iban, lejos, a algún lugar con huecos abiertos con retroexcavadoras.

Uno de los sitios se llamaba el campo de La Paz, era un potrero a las fueras de la ciudad, un rectángulo perfecto de dos hectáreas sin árboles. En la entrada los camiones eran nuevamente desinfectados, lavaban las ruedas con una sustancia blanca y viscosa que prometía esterilización casi total. Por el camino se veían letreros que recordaba el uso obligatorio de trajes encapsulados y de reportar cualquier anomalía médica a los superiores. En la fosa una máquina amarilla recibía cuerpos en un cajón metálico que cuando estaba rebosando de bolsas negras, se acercaba al hueco y los arrojaba sin ningún cuidado. Cuando el hueco quedaba atiborrado, otra máquina arrojaba cal hirviendo y luego caían toneladas de tierra.

En la ciudad apocalíptica nunca amanecía, el sol dejó de salir, la espesa niebla adormitó las calles y los postes siempre estaban encendidos. La luz ámbar mostraba el camino a los pocos transeúntes que iban a buscar comida o lo que fuera, cometiendo el suicidio de salir a las calles. En algunos lugares se ubicaron dispensadores de trajes encapsulados, la gente ponía billetes en las máquinas y recibían una bolsa sellada al vacío que contenía el traje que era fácil de usar y de esterilizar. La gente en las calles caminaba como astronautas en la luna.

El comercio recibió la orden de cierre, los muertos se contaban por miles y un aislamiento generalizado fue decretado por las autoridades. Los médicos y las enfermeras que estaban con poco oficio en los hospitales vacíos fueron llamados para ayudar en las labores de levantamiento en los barrios. El ejército fue desplegado en las calles para garantizar el acatamiento de las disposiciones gubernamentales, solamente las personas con trajes amarillos podían transitar con libertad, eran los únicos que podían salir por desempeñar alguna función oficial. Las personas con trajes de otros colores recibían disparos de goma y golpes con las macanas por violación de la cuarentena. Fue un mes de régimen marcial en la ciudad.

Con el tiempo la esperada normalidad dio muestras de regreso, la gran nube se levantó y el sol volvió a salir. Las ventanas en las casas se abrieron y el gobierno cedió, dando la orden de salida de todos los que aún quedaban con vida. Pasaron meses hasta recuperar el mundo, meses en los que todos creyeron que los muertos se dieron por cuenta del virus, esa fue la verdad que se difundió, la única razón para explicar los decesos incontrolables que doblegaron a la humanidad. Hasta que años después, y tras analizar restos humanos en todas partes, el planeta conoció que esos millones murieron contagiados por  soledad y tristeza.