Con la profe Teresita, como la conocen en El Peñón, fueron necesarios varios días para conocer su historia, sus dolores y sus sueños. Ella es madre de cuatro hijos, pero una mamá que tuvo que sacar adelante a sus hijos sola, no por el abandono de su esposo como suele suceder actualmente con las paternidades irresponsables o porque el divorcio haya sido su decisión, sino porque el conflicto armado arrebató la vida de su primer compañero de vida.

Ella nació en la vereda Agua Blanca del municipio de Bolívar. Estudió inicialmente los requisitos básicos para ser docente y a pesar de las largas distancias que le tocaba recorrer dedicó la vida a compartir sus conocimientos con los niños, niñas y jóvenes de El Peñón. En los años 70 conoció a quien se convertiría en su esposo “yo me casé con Ciro Antonio Güiza, en el año 78. Duramos casados hasta el año 87, en ese tiempo nacieron mis hijos Herney, Jahily, Jenny y Ciro Andrés, él tenía dos añitos cuando mi esposo lo mataron, el mayor tenía ocho años” me cuenta Teresa Santamaría, una adulta mayor que ayudó a fundar al municipio de El Peñón y a luchar por el derecho a la educación de las y los menores.

Es importante tener en cuenta, que en un momento en el corregimiento de El Peñón no había ni siquiera un cura permanente, la mayoría de docentes se había ido huyendo del conflicto armado. Para la época la presencia de las guerrillas del ELN y FARC cada vez fue trayendo más zozobra a la comunidad. Si una persona se animaba a poner un negocio, sabía que terminaría convirtiéndose en blanco militar por ser “auxiliador de la guerrilla”. “Si decían usted vende calzado necesitamos tantos pares de botas, tocaba dárselas. Si tenían droguerías lo mismo, entonces cuando llegaron los paramilitares ahí empeoró todo, porque no es que fueran “aliadores”, es que tocaba dárselas” me explica Teresa.

Pero a pesar del miedo que generaban los grupos armados, la comunidad empezó a organizarse, a buscar traer docentes, sacerdote, tener servicio de salud, entre otras necesidades que tenían al ser un territorio olvidado por el Estado. En ese proceso empezaron a conformar comisiones que fueran a Bucaramanga a dialogar con los políticos de la época. Entre ese grupo estaba Ciro Antonio, uno de los líderes, quienes con ayuda de la comunidad empezaban a soñar en conformarse como municipio, pero en ese proceso fueron asesinados en una cafetería de la capital de Santander.

Ciro Antonio Güiza, un líder nato

Ciro Antonio, foto proporcionada.

Este hombre alto, delgado, con pelo ondulado y un poblado bigote, como lo reflejan sus fotografías, ya había sido alcalde de dos municipios del departamento al igual que inspector. Tenía una vocación innata por la comunidad, visión de vida que compartía con su hermano Luis Güiza, de quien les hablaré en otro momento.

“Yo me casé porque con él me fue muy bien. Él fue un señor muy lindo con mis hijos y conmigo. Él trabajaba con madera como carpintero y construía puentes hacia Panamá y Tierra Caliente” recuerda. Además, me explica que Ciro Antonio fue Alcalde en el municipio de Guacamayo, también fue nombrado posteriormente como Alcalde de Santa Helena. Ella recuerda que ya estaban juntos para esa época y veía la gran entrega que tenía su compañero de vida por las comunidades “Yo creo que por eso también lo mataron, porque le gustaba meterse mucho con la comunidad, a él le gustaba el progreso con la comunidad” agrega. Por último, Ciro fue inspector en lo que hoy es el corregimiento de San Martín en Bolívar, hasta convertirse en Presidente de Junta de Acción Comunal del corregimiento de El Peñón, puesto que ocupaba hasta la masacre en Bucaramanga.

La profe Teresa y Ciro Antonio el día de su matrimonio.

El trabajo que adelantaban con la Junta de Acción Comunal de El Peñón, era totalmente por vocación, no ganaban dinero allí, pero soñaban con ser una entidad territorial. Ciro Antonio, al ver a su comunidad sufrir empezó a reunirse con líderes como Luis Galeano, Marinita Galeano, Alirio Vargas, Manuel Moncada, Nicacio Jeréz –esposo de su sobrina Rosaura–, Jesús, entre otros/as. Buscaban la forma de dejar de ser corregimiento de Bolívar, por ello, a medida que desde la JAC hacían actividades comunitarias para recoger fondos, empezaron los viajes a Bucaramanga, con el sueño de construir un territorio con mejores condiciones de vida para sus hijos e hijas.

En El Peñón con la llegada del Ejército había aumentado la estigmatización y persecución de quienes eran o no insurgentes. Inclusive múltiples líderes, entre ellos don Luis Galeano, me contaron cómo fueron desplazados de El Peñón por los militares al negarse a cuidar armamento y utilizarlo para acabar con milicianos y personas tildadas de “aliadores”, una clara muestra de cómo inició el paramilitarismo.

Pero para la comunidad Peñonera, el que fueran estigmatizados por años como guerrilleros, tenía que ver con la misma ignorancia del gobierno. “Eso es lo que ningún gobierno ha entendido, el problema es que a la gente pobre le toca, a los campesinos le tocaba hacer lo que ellos dijeran. A la gente que venía del campo le decían:

-¿usted sabe quién es la guerrilla?-

-sí yo sí sé quiénes son-

-¿y usted los ha visto?-

–sí, hasta comer con ellos-

-Cómo así que hasta comer con ellos-

Y así le decían a los señores al Ejército –sí, hasta comer con ellos, un ejemplo, si usted llega a mi casa y me dijeran que les dé de comer, yo les doy de comer y yo no sé si ustedes eran del Ejército o de la guerrilla o de los paramilitares o quiénes serán, porque todos están debajo de un camuflado-” me explica la profe Teresa, recordando que muchas personas murieron por ello, a veces solo por haber ofrecido agua.

La primer masacre

El 06 de julio de 1987 se encontraban en una cafetería de Bucaramanga, habían acabado de salir de una reunión con el Gobernador. Había ido una delegación acomodada en último momento, el profe Alirio Vargas quien iba a acompañarlos no pudo asistir, pero lograron viajar junto a Ciro Antonio, don Luis Galeano, su hija Marinita Galeano, su gran amigo Nicacio con su hijo menor Over Yesid y Romelia. Estaban tomando un tinto, don Luis había salido, ya con el paso del tiempo no recuerdan a dónde, pero donde fuera que se haya ido, se salvó de morir. Sin tiempo para entender lo que sucedía, dos sicarios les dispararon a quemarropa, allí murió primero Ciro Antonio, seguidamente Nicacio y el joven Yesid. Marinita fue herida de gravedad, quedando de por vida cuadripléjica y Romelia recibió un disparo que por poco compromete su vejiga, pero sobrevivió.

Ella y Marinita luego contarían lo que vieron, el miedo que sintieron. Pero tal vez el destino como algunos lo llaman, les estaba avisando que ni ahora ni en esa época luchar por los derechos humanos era una opción; ya para el año 87, un mes antes de la masacre estaban haciéndoles una persecución por ser supuestamente “aliadores” de un grupo “guerillero”. Nicacio unos días antes había tenido que huir junto con don Luis Güiza escondidos en sábanas, e inclusive tuvieron que cambiarlos de carros, para con ayuda de la comunidad escapar de las autoridades. Los montajes judiciales se remontan desde hace muchos años en Colombia.

Periódico Vanguardia.

En una cafetería de Bucaramanga murieron tres líderes sociales que pasaron al imaginario colectivo como guerrilleros asesinados, una deuda que debe el país a la memoria colectiva de El Peñón y de Colombia. “A las 9:00 de la mañana los mataron ahí cerquita la Gobernación, era como la Calle 34, muy cerquita de la Estación de Policía. Ahí los mataron, ahí los acribillaron” recuerda con voz entrecortada esta mujer bajita, delgadita, quien se acomoda sus gafas, y toma aire para continuar. Me cuenta que aún conserva los periódicos de La Vanguardia y El Tiempo, en el que contaban que habían sido asesinados integrantes de la UP. Para la época los grupos paramilitares estaban cometiendo el genocidio de integrantes de este partido.

Artículo de El Tiempo.

Al ser tildados de enemigos de la patria, iban a ser echados a una fosa común, pero a partir de la diligencia de un sobrino de Ciro Antonio, lograron que fueran trasladados a El Peñón. La señora Teresa recibió la noticia por una llamada en el único teléfono que había en el corregimiento, Telecom, pero ya en el pueblo corría el rumor porque la noticia se dio a conocer por radio. “A ellos los mataron a las 7:00 de la mañana y llegaron acá el martes como a las 2:00 de la tarde, porque el sobrino de mi esposo fue el que hizo la fuerza para que los trajeran para acá sí porque si no, no los hubieran dejado en una fosa común” enfatiza.

Segundo masacre

Ese mismo año, el Obispo Leonardo Gómez Serna, quien promovería los diálogos pastorales e incidiría en la construcción de paz de la provincia de Vélez en Santander, fue a presidir una gran cantidad de bautizos, confirmaciones y hasta matrimonios, fue un día muy especial para los habitantes de El Peñón, pero una noche tormentosa. “En el día hubo de todo y por la noche también hubo de todo porque se entraron los paramilitares y mataron aproximadamente cuatro personas e hirieron alrededor de nueve personas” recuerda Teresita. Ese día murió mucha gente inocente, inclusive la persona que más suelen recordar además de Plutarco, el conductor de la única camioneta que hacía recorridos en el corregimiento, era Dominga Hernández, una mujer que llevaba más de ocho años sin ir a su municipio natal, y fue asesinada ese día.

Seguir adelante y perdonar

Fue necesario el transcurrir del tiempo y apoyarse de su religión para poder perdonar a quienes cambiaron el rumbo de su historia y la de sus hijos para siempre “Yo ya no guardo rencor, pero sí me duele, aún todavía me duele, si no hubieran matado al padre de mis hijos ellos hubieran crecido con su padre. Él era un hombre muy bueno y no le hizo daño a nadie, solo le gustaba trabajar con las comunidades. Gracias a Dios yo conocí las sagradas escrituras y aprendí a perdonar de lo contrario sería más difícil” me explica con una sonrisa triste en los labios la profesora, mientras me va mostrando los periódicos de la época, con fotos amarillistas que explícitamente los muestran en la escena del crimen.

Cuando Ciro Antonio murió, quedó prácticamente sola la profe Teresa junto con sus hijos. Ella trabajaba en la vereda de Robles, recorriendo largos trayectos para dictar sus clases. En el año 93 empezó a estudiar los sábados y posteriormente en Tunja en la sede de la Javeriana terminó de manera presencial su carrera profesional como licenciada de básica primaria.

La profe Teresa transcurre sus días cuidando los animales de sus hijos y el jardín que tiene tanto dentro de su casa, como en su patio.

Al ser nombrada como docente por el departamento, mejoraron sus condiciones económicas. Siempre trabajó en veredas alejadas, por lo que sus hijos desde pequeños tuvieron que aprender a ser autosuficientes. Inicialmente Herney a sus ocho años tenía que ayudar a alistar a sus dos hermanas; Ciro Andrés por ser tan pequeño se iba con su madre a las veredas donde ella trabajaba, hasta sus cuatro años que inició sus estudios primarios. Ellos siempre se levantaban a las 4:00 de la mañana para ordeñar una vaca, preparar el desayuno, adelantar lo del almuerzo y cada uno/a irse a estudiar y trabajar.

A la profe Teresa la jubilaron el 26 de febrero del año 93, pero solo hasta el año 2016 se retiró, ya que amaba enseñar “prácticamente en mi vida dure como docente 38 años” recuerda. Ahora pasa sus días cuidando los animales –las vacas- de sus hijos, pero especialmente cuidando su jardín. A pesar de su edad, o tal vez precisamente por eso, siempre se le ve con vitalidad y empezando sus días desde tempranas horas de la mañana “yo nunca jamás me acuesto en el día, a mí nunca me gustó, yo siempre madrugó por ahí a las 5:30 de la mañana y me acuesto por ahí a las 10:00 de la noche, esa ya es como la rutina de mi vida” finaliza.

Comunicadora Social y Periodista, especializada en Políticas Públicas para la Igualdad en América Latina. Fundadora del colectivo y medio de comunicación alternativo El Cuarto Mosquetero. Desde la comunicación trabajo con comunidades de sectores rurales y populares los temas de género, paz y ambiente.