“En la casa de mi abuela en el tejado, de noche, como no había televisión, no había ni luz, usted prefería contar los huecos de las balas”. 

Leidy Tatiana Osorio, tiene 26 años. Los crespos de su cabellera se mueven perezosos mientras rebobina los sentires de su pasado, un pasado colmado de vivencias lacerantes y aturdidoras. Echó raíces en Villavicencio pero nació en Puerto Inirida, Guainía. Pudo haber nacido en Mitú de no haber sido porque sus padres tuvieron que escapar de los 1.200 integrantes del Bloque Oriental de las FARC que se tomaron la capital del Vaupés la madrugada del 1 de noviembre de 1998. La toma de Mitú, 24 años después, también es recordada por el extinto grupo guerrillero como la Operación Marquetalia. 

Su familia huyó a Guainía, donde pensaron equivocadamente que la violencia sería menor. Allá sus abuelos la criaron. Aún tiene fresca la imagen en su mente. Aquella tarde estaba jugando fútbol con sus primos y vio cómo de entre los matorrales asomaban unas botas pantaneras. Su vista subió hasta dar con una pañoleta negro con rojo que colgaba por debajo de los ojos de un desconocido, que, supo de inmediato, era insurgente. Tras de él venían otros más pero ellos corrieron lo suficientemente rápido como para alcanzar a esconderse en un agujero que había hecho su abuela en el suelo, quizá previendo el peligro. Lo tapó con tejas y echó tierra encima. Adentro el calor era sofocante pero la táctica les sirvió para no ser reclutados. “Eso no es nada”, cuenta ella, “en la casa de mi abuela en el tejado, de noche, como no había televisión, no había ni luz, usted prefería contar los huecos de las balas”. 

Para Tatiana la vida en el campo era difícil. No solo existía el peligro latente de ser reclutada por un grupo armado ilegal, sino que además, a diario escuchaba cómo cada rincón era inundado con el sonido de los disparos. “Mi abuelo y mi abuela sembraban maíz y lo ponían a uno a desgranar pa no desesperarse y lo único que comíamos era arepas de choclo, comí maíz hasta que dije no más”, recuerda entre risas, como si tratara de aislar el recuerdo tenebroso de aquellos momentos. 

Fue por eso que, en medio del peligro que representaba crecer en un territorio tan aislado y peligroso, su familia optó por enviarla sola y a la edad de 13 años a Bogotá. Al llegar al Terminal de Transporte de la fría capital se cruzó de brazos, la única pregunta que tenía en ese momento era: ¿Y ahora qué voy a hacer con mi vida? En ese momento no encontró más respuesta que trabajar de sirvienta en una casa de familia donde era humillada constantemente, pero prefería soportar los malos tratos a pasar sus días a la intemperie de una ciudad fría y desconocida. 

El cambio fue drástico para ella, pues en el campo cimentó relaciones cercanas con sus vecinos y vecinas, de quienes siempre recibió amabilidad, pero en la población citadina percibió insensibilidad, sobre todo de quienes viven en Bogotá. Pero Villavicencio fue la excepción, porque encontró a personas sociables y solidarias. Allí llegó gracias a un familiar, entonces le pidió a un desconocido que la llevara. La situación le causó miedo, pero ante el futuro incierto que veía ante sí, decidió confiar en la “buena voluntad de la gente que todavía hay”.

Luego de establecerse en la ciudad conoció a Javier, el papá de su hijo, para quien no tiene más que elogios. No puede evitar las lágrimas al recordar cómo él fue el único que no le dio la espalda cuando empezó su enfermedad renal. 

“Yo digo que yo tengo dos vidas”, una es la que proyecta ante quienes la rodean, como si no fuera paciente renal. La otra transcurre en los días en los que debe irse de su casa a las 6:00 P.M. y regresar a las 11:00 P.M. -pese al padecimiento físico- y madrugar al otro día fingiendo estar en perfecto estado porque quiere mostrarse fuerte ante su hijo.

Como si no fuera suficiente con su enfermedad, Tatiana debe enfrentar los problemas propios de vivir en la precariedad a la orilla del caño Maizaro que colinda con el barrio Dos Mil Alto. Allí, para la comunidad, la espera del invierno y el crecimiento voraz del río que se desborda sobre sus viviendas se ha vuelto un ritual angustioso sin soluciones definitivas. “No es bueno levantarse a las 2:00 o 3:00 de la mañana, uno durmiendo tranquilo y agh, irse a mojar. Sacar su hijo, sacar la tierra, sacar el barro”, cuenta con la mirada baja, viendo sus manos entrelazarse en lo que parece un hábito para los malos recuerdos, estos específicamente no terminan con huir de su casa mientras se inunda. Luego de que el río deja de colmar su vivienda, hace revisión a las pertenencias que no pudo salvar y se percata de que elementos como el sofá o la nevera ya no son útiles. “A veces me río para no llorar”, dice.

“Lo único que hacen es traernos mercados y una colchoneta (…) para el Gobierno nosotros somos una molestia”, porque cada año los teléfonos de las entidades competentes no dejan de sonar cuando la comunidad llama pidiendo auxilio. “¿No quieren esta molestia? Busquen la solución de raíz, reubiquennos y denle espacio al caño” o construyan unos gaviones, sugiere Tatiana aclarando que, pese al peligro de vivir a la ronda de un afluente, las personas lo hacen porque no tienen más opciones, “Una casa al pie del caño es una garantía para nosotros porque es un arriendo más barato”, que cuesta entre $150.000 o $200.000. Y es que, para alguien que gana $300.000 quincenales no es posible pagar un alquiler de $500.000 o $600.000, cuando hay una familia que mantener y deudas por pagar. 

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Pero asumir un arriendo económico trae consigo aceptar la pérdida de las pertenencias que se van cada año con las inundaciones y que tanto esfuerzo les cuesta conseguir. Porque eso sí, con orgullo asegura que la gente del sector es trabajadora, incluso ella, que siendo paciente renal lucha por sobrevivir y se convence a sí misma de que puede lograrlo todo: “Yo no me dejo caer, día tras día, me levanto más y me levanto más fuerte”, no solo por ella, sino por su hijo, que hace siete años llegó a cambiarle la vida, se convirtió en su motor y su más grande amor.

Pero en el barrio, cuenta ella, se sufre no solo por las constantes inundaciones sino por problemáticas sociales como jóvenes consumiendo sustancias psicoactivas o dejando sus estudios para dedicarse a la vida delincuencial. También la población femenina se ve afectada “Aquí las mujeres son vulnerables, maltratadas por sus maridos (…) el machismo es artísimo”. Además, muchas de ellas sufren maltrato psicológico y no ven otro modo de vida que no sea el de dedicarse al trabajo doméstico mientras viven subyugadas por un proveedor dominante. 

Dentro de sus posibilidades trata de ayudar a quienes pueda, pero no es tarea fácil, ya sea por sus propias limitaciones o porque las víctimas han normalizado el maltrato y consideran no necesitar ayuda. Las estadísticas son preocupantes, según la Secretaría de la Mujer de Villavicencio, hasta el 19 de septiembre de este año, se presentaron 981 denuncias de lesiones personales y 1235 de maltrato intrafamiliar. Sin embargo, Tatiana considera que la gestión institucional frente a esta problemática ha sido escasa, por eso, considera urgente un acompañamiento psicosocial y asesoría sobre la ruta de atención para las que han sido afectadas por la violencia basada en género.

Este acompañamiento y asesoría, dice ella, deben ser complementados con capacitaciones sobre empoderamiento y emprendimiento para que las víctimas puedan desligarse de sus maltratadores y rehacer sus vidas de manera independiente. Son recomendaciones que hace basada en su experiencia como lideresa social, siendo parte de la Junta Administrativa Local. “Yo siempre estoy pendiente de mi barrio, cuando se mete el caño yo lidero para conseguirle a mi gente sus colchonetas, ropa, comida, mercado” y hasta ha conseguido capacitaciones para las habitantes del sector en labores como elaboración de manillas, manicure y pedicure, entre otros. 

Todas las dificultades del día a día no le impiden soñar. “Yo no pido mucho porque tampoco soy una mujer ostentosa, pero tampoco me gusta vivir mal”, Tatiana estaría feliz con una casa propia para no pagar arriendo. Pero si una vivienda es “mucho pedir”, se conforma con un trabajo estable, bien pagado y con todas las prestaciones sociales. “Usted trabajando, usted consigue sus cosas”, menciona. 

“Prefiero sumar más a la sociedad que restarle”, y su prioridad en este momento, es sumar a su comunidad con la consecución de los gaviones o muros de contención que mitiguen las inundaciones que provoca el río todos los años. Dentro de todo, reconoce que en verano la pasa muy bien. No le da vergüenza decir que vive a la orilla de un caño porque ahí encuentra la tranquilidad que no obtiene en ninguna otra parte de la ciudad. “El Buque, la gente vive bonito; El Trapiche, la gente vive lindo. Nosotros también vivimos lindo acá y pasamos unos diciembres espectaculares”.

Investigación: Camilo Rey y Dayana Lara

Redacción: Shirley Forero Garcés