En la última semana he venido notando un resurgimiento de cierto tipo de publicaciones en las redes sociales de mis amigas y conocidas y quizá quienes me leen también. Todas centradas en la nueva ola de violencia contra las mujeres en Colombia. El pasado puente festivo dejó como saldo quince mujeres muertas, entre ellas, una estudiante universitaria y una niña de cuatro años. La indignación se desborda a las historias de Instagram porque pensamos que es la forma más efectiva de hacer evidentes estos problemas. La imagen más común es la que reza: “No aparecemos muertas, nos matan”. Es una frase poderosa que, como todo el contenido frívolo de redes sociales, no hará mella hasta que se entienda lo que realmente implica. Es un grito de indignación sobre la violencia física que nos cercena y principalmente sobre la violencia simbólica del discurso con el que se aborda la muerte de estas mujeres. Es importante entender las implicaciones semánticas de esta frase.

No aparecemos muertas, nos matan. Al 16 de junio del 2020, el Observatorio Feminicidios Colombia reporta 215 mujeres asesinadas. En el periodo de cuarentena, 104 mujeres fueron asesinadas en el país. 104. Este es un fenómeno que no para, ni en medio de una pandemia. El feminicidio está tipificado como un delito diferente al homicidio porque se comete contra la mujer a causa de su condición de mujer. Entre las circunstancias que permiten identificar el delito como tal, está el hacerlo “en aprovechamiento de las relaciones de poder ejercidas sobre la mujer” (Código Penal, art. 104A). Cuando tenemos esto claro, el hecho de que 1.2 mujeres mueran a diario de formas violentas evidencia una enfermedad social de la que no hemos podido librarnos. Si tenemos en cuenta que el asesinato es la última expresión de la violencia contra la mujer, las formas de abuso más sutiles se levantan como espuma de ahí en adelante. Solo hay que pensar cuantas golpizas, violaciones o acosos ocurren a diario por cada asesinato. Se hace claro el riesgo que el solo hecho de existir como mujer implica en esta sociedad; la identidad se convierte en el racero que predetermina estas violencias específicas. Rechazar las retorcidas relaciones de poder que existen en muchas cabezas no debe ser una condición que se pague con la vida.

No aparecemos muertas, nos matan. La violencia simbólica de muchos medios de comunicación al reportar estos delitos le resta responsabilidad a los perpetradores, haciendo parecer la alevosía como algo azaroso. “Hallan cadáver de recién nacida”, “La hallan muerta en su vivienda”, “Hallan en el río Cauca el cuerpo de estudiante de Eafit que estaba desaparecida” son algunos de los titulares más recientes. Es evidente el sesgo al titular estas noticias; entrega el mensaje que las muertes se dan espontáneamente, y desaparece al agresor de un solo plumazo. Borra por completo el hecho de que alguien efectivamente hizo con nuestro cuerpo lo que quiso. No es lo mismo que decir que hallan una especie de pájaros que se creía extinta o aparecieron las llaves que se me habían perdido. La muerte violenta de una mujer no sale de la nada. Pasa porque –generalmente- un hombre tuvo la libertad de abusar del cuerpo de alguien más, y porque pareciera más fácil matar que abusar. Esto tiene que ver directamente con las relaciones de poder desequilibradas que no hemos enmendado y el pintar estos hechos con el color de la indiferencia solo contribuye a que esto se siga repitiendo.

No aparecemos muertas, nos matan. La repetición de ese mensaje es la preocupación cada vez mayor de que lo mismo pueda llegar a golpearnos de cerca. Y es que ninguna mujer es diferente a la anterior. No hay nada que me haga fundamentalmente diferente a Daniela, o a Heidy porque todas hemos sido abusadas. El abuso no es un hecho aislado y restarle importancia a la sistematicidad con la que ocurre es una bofetada en la cara. Las cifras cada vez mayores nos repiten a todo momento que no estamos seguras y que si nos llegan a matar, solo seremos halladas muertas. Muchas mujeres tomamos la posición del Nosotras para decirle al mundo: «cómo a ella, a mí también me podría pasar». Es inaceptable que me pase a mí tanto como que le haya pasado a ella; que muramos porque este mundo sigue considerándonos ciudadanas de segunda categoría, sin poder ni agencia. Ser mujer es vivir con miedo del peligro constante. Por eso muchas de nosotras hemos decidido tomar este problema como algo personal; porque lo personal es político y el abuso va a encontrar cada vez más resistencia.

Sin embargo, muchas de las razones que aquí expongo no pasarán de ser un posteo en redes sociales si no comenzamos a tener conversaciones honestas al respecto. Tanto en lo personal, como en lo público, debemos comenzar por reconocer el abuso. Un ejercicio interesante e infalible que aplicar es preguntarles a las mujeres que nos rodean si han sufrido abusos y de qué tipo. Las respuestas serán – y lo digo con un grado de certidumbre suficiente – abrumadoramente incómodas. La gran mayoría de mujeres hemos sido objeto de violencias físicas, sicológicas, sexuales, económicas de una u otra forma. Comenzar por reconocer esto es el primer paso para entender la violencia simbólica del “aparece muerta” y la razón de tantas publicaciones en redes sociales.

Referencias:

http://observatoriofeminicidioscolombia.org/