Admito que todos los días despierto con agradecimiento y sorpresa de seguir vivo. Dado que por años tuve una formación que muchos entendieron como una renuncia al siglo y a la vida que invita, yo pude aprender que más allá de una mera y simbólica abdicación, era más bien el no permitirme nunca la ilusión de asumir que mi vida es gratuita y los latidos de mi corazón un despilfarro.

Sin embargo, el peligro que encuentro en mi vida a estas alturas remite a aquel consejo que me dio una persona que ya había vivido muchas primaveras, y que hacía sonrojar mis excesos de aires juveniles; un consejo que consistía básicamente en saber ordenar mis ideas y mis pensamientos durante el transcurso de mi día. En ése entonces yo no tenía un smartphone, ni una tableta y tampoco un computador portátil, es decir, tenía pocas distracciones y muy poco tiempo que derrochar.

Sepultado como estaba en mis ideas existenciales embotelladas, la extremada cortesía y una sed de erudición abrumadoras. Quizás mis síntomas, sin embargo, no sólo hacían eco de las cuestiones que interesan a una persona en su singular excepción, sino que eran la confirmación del contagio, la tensión diaria, el recinto holgado del desorden intelectual que solemos sufrir las personas; nuestra mente, la palestra donde combaten sin cesar las dudas, el miedo, el amor, los hechos sordos, las ideas mediocres, y las facultades que rozan lo divino y lo secreto. La mente, sin duda, como canal principal de nuestra naturaleza, tiene gran dificultad aceptándose como es: limitada, pobre y claudicante.

Existe cierto idealismo que nos desquicia de lo esencial y necesario: lo que hoy nos hace felices, mañana nos amarga; lo que hoy nos engaña, mañana nos reafirma. Como dijo algún español pasado de copas: «forzosamente han de resultar los hombres unos pigmeos si se les aplica la vara de medir gigantes».

A pesar de lo cual, no debería ser desalentadora la realidad. Ante una existencia que parece a diario más inextricable cuando surgen tantos enemigos de nuestra serenidad, quizás lo que suele abatirnos es el divorcio de nuestra realidad con nuestros pensamientos, y la de ésta con nuestros sueños. Empezar por distinguirlos puede ser el primer paso para ordenar nuestras ideas, y con ellas, quizás nuestras vidas.

Darwin Josué Meléndez Cox es licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico y licenciado en Filosofía y Educación Religiosa. Magíster en Ciencias Económicas de la Universidad Santo Tomás donde actualmente labora como investigador y docente.