La muerte es silencio. Y el silencio hace mucho que no lo soportamos. No exagero: intenten encontrar en su memoria un sitio en el que la música no sea de “ambiente”, en el que no haya un televisor, o en el que la gente no hable innecesariamente.

La gente ya no soporta un almuerzo cotidiano sin las noticias de fondo. Hay que hablar, escuchar algo. El silencio parece supeditado a la muerte; y la muerte, que también es el ruido que deja dentro del recuerdo, ahora me lleva a hablar de dos cosas que están ligadas entre sí: que perdimos la capacidad de narrar y contar historias, y que ya no tenemos tiempo para enterrar a nuestros muertos.

El televisor, la imagen, la noticia que obligatoriamente debe llevar un encabezado que resuma el contenido, la obligatoriedad de escribir un primer párrafo llamativo, lo insoportable que resulta una película de más de dos horas, la exigencia indiscutible de las editoriales hacia el escritor para que su libro no exceda las 150 páginas. Las canciones de 2 minutos, cuando antes podían durar 8; la necesidad de que un texto venga acompañado de una imagen; la incapacidad que tiene la gente de un bus de mirarle el rostro a otro. Todos, absolutamente todos son el reflejo de algo que hace años afirmó Walter Benjamin en su ensayo El Narrador: “Se trata, más bien de un efecto secundario de fuerzas productivas históricas seculares, que paulatinamente desplazaron a la narración del ámbito del habla, y que a la vez hacen sentir una nueva belleza en lo que se desvanece”.

Una de esas fuerzas históricas fue la guerra. La guerra que empezó con jóvenes soldados y que los trajo devuelta convertidos en viejos silenciosos, callados, incapaces de contar una sola de las experiencias que vivieron allí. No es fortuito que sea ahora, esta generación, la que quiere narrar lo que sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, o que la mayoría de las películas traten siempre el mismo tema con el mismo enfoque: el nazismo y el genocidio de los judíos. Hace poco, en conversación con el escritor de Calle Este Calle Oeste, nos contaba una anécdota que aún hoy me impresiona: un niño de 8 años tiene la maña de cargar una piedra diminuta de un lado a otro: iba y venía, iba y venía, y lo hacía durante horas enteras, con una concentración que lo asombró a él y a los psiquiatras. ¿Por qué? La explicación que dio el psiquiatra, al parecer se debe a que el abuelo de aquel niño, mientras permanecía internado en Auschwitz, fue obligado a cargar piedras de un lado a otro durante tardes enteras, pues era lo único que los alemanes encontraron como excusa para que el reo no permaneciera en su cama. Sorprendentemente, dos generaciones después aún permanecían esos hábitos adquiridos por el abuelo, en el nieto.

“Preferimos la inmediatez, lo llamativo, el color de las imágenes o la felicidad desbordante de Facebook, Instagram, Twitter y todas las redes existentes, cuando emprendemos un proceso de desconexión con la realidad”.

Y algo así, esa herencia histórica, esa capacidad de heredar el conocimiento de nuestras anteriores generaciones, o la propensión a adquirir con mayor facilidad esa experiencia, es lo que nos ha sido arrebatado con la narración. Los discursos ahora se limitan a 150 caracteres de Twitter. Una fogata no cobra el sentido real, cuando en la familia no hay alguien capaz de atreverse a contar alguna historia.

Desde hace varios años que puede entreverse que la conciencia colectiva del concepto de muerte sufrió una pérdida. Mediante dispositivos higiénicos, sociales y la invención de los hospitales, se produjo un efecto secundario que probablemente sea una de las mayores causas de lo inmediato: la posibilidad de evitar la visión de los moribundos. Morir es algo que empuja cada vez más lejos del mundo perceptible de los vivos. Hace años yo no veo un muerto, hace años que no encuentro una habitación en la que alguien haya muerto allí. Hoy, que residimos en espacios casi intocados por la muerte, nos creemos ciudadanos de la eternidad, ajenos al tiempo. Y en el ocaso de nuestras vidas, seremos depositados en sanatorios u hospitales.

Pero es solo cuando se llega a la adultez, dice Benjamin, cuando no solo el saber y la sabiduría del hombre adquieren una forma transmisible, sino sobre todo su vida vivida, y ese es el material del que nacen las historias. Incapaces de escucharlas, porque preferimos la inmediatez, lo llamativo, el color de las imágenes o la felicidad desbordante de Facebook, Instagram, Twitter y todas las redes existentes, cuando emprendemos un proceso de desconexión con la realidad, que a su vez aumenta nuestra falta de empatía y capacidad de conectarnos realmente con el otro.

Quizás, las protestas que vivimos el 21 de noviembre nos hicieron sentir un poco aquello de lo que nos hemos ido alejando: la convivencia, el intercambio de experiencias, la capacidad de sentirme identificado en el otro que también piensa como yo. No somos residentes ni ciudadanos de la eternidad. No es el objetivo de nuestras vidas llegar a viejos y contar cómo fue nuestra vida dentro de un videojuego, dentro de una red social. La historia que debemos contar no debe estar resumida en que llegamos a tener mil likes en una publicación, o en que este artículo fue publicado en El Cuarto Mosquetero. La vida está en los que la viven, y decirlo no es una redundancia. Por último, quería compartir un fragmento del poema “Sílaba” de Armando Gómez Tejada:

Dirás, sin escribir,
sin el dibujo,
poniendo el horizonte
en tus pupilas, dirás:
—¿Sabe qué pasa,
don Tejada?
Es en vivir
que se nos va la vida.
Ahora, dígame,
usté que sabe:
¿qué quiere decir sílaba?

Abogado de la Universidad Libre de Colombia y estudiante de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente escribo columnas de opinión, y un libro sobre la identidad en los llanos orientales colombianos.