Recibir clase en tiempo de pandemia, es decir, clases sincrónicas mediadas por la tecnología, ha de ser muy difícil, dado que estudiar exige de nuestra concentración. Y un computador con internet es una entrada a un universo en donde es muy fácil encontrar elementos para cambiar cada dos segundos, lo cual imposibilita la atención. Es necesario reconocer esa gran dificultad que enfrentan los estudiantes a la hora de sentarse a estudiar frente al computador. Sin embargo, creo que quienes están pasando un tiempo más duro son los profesores, en quienes poco se piensa.

Los maestros, en todos los niveles de la educación se enfrentan a la frustración, aquella que deriva de intentar comunicar algo que les ha costado años de esfuerzo aprender y que en esta sociedad de la inmediatez es poco valorado.

He escuchado a muchos profesores, en especial universitarios –que es el campo en el que laboro– lo difícil que se hace dar clase en este momento histórico. Intentar dialogar con los estudiantes es una tarea irrealizable. Una y otra vez uno les pregunta, pocas veces, alguien misericordioso, no se sabe si con uno o con el ausente dice: “profe, tal persona tiene problemas de conectividad o a tal estudiante no le sirve el micrófono”. En muchas ocasiones, creo que, en la mayoría, también nos creemos esa mentira, pues sabemos que, si algo hacen los estudiantes en sus aparatos móviles, en especial los universitarios, es utilizar recursos en donde usan sus micrófonos, su audio y sus pantallas.

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Nadie habla de la frustración que sentimos los profesores en este tiempo. Hace un poco más de uno año que empezó este suplicio. Nuestras cargas han aumentado. También tenemos temor de perder nuestros empleos. Sabemos de la crisis económica, por eso, no decimos nada, seguimos trabajando sin queja alguna. Sabemos que nuestro lamento no tiene eco, en especial, quienes trabajamos en universidades privadas y sabemos que en estas el estudiante es un cliente y, por tanto, tiene la última palabra, así no tenga razones ni argumentos.

Hace unos días algunos estudiantes se quejaron de mí ante las directivas. Cuando me enteré me angustié, equívocamente pensé que precisamente con ese grupo tenía una muy buena relación. Cuando tuve clase sincrónica con ellos les pedí que con sinceridad me contaran sobre sus molestias para conmigo. En ese momento pensé que me iban a recordar el día que me conecté cinco minutos tarde porque no me alcanzó el tiempo para hacer el almuerzo, comer y arreglar la cocina; o el día que unos maestros de obra estaban haciendo un trabajo en mi casa y se escuchaba el sonido de los martillazos y no les permitía escuchar lo que tenía preparado para ellos. No, ninguna de estas cuestiones tuvo que ver con sus quejas. Su reclamo: las muchas lecturas que tienen que hacer para el espacio académico.

Cuando escuché este reclamo sentí una tristeza y decepción profunda. Sentí la ingratitud, pues las mismas lecturas que les pido que hagan para la clase, son las mismas que yo he tenido que hacer a profundidad, buscando otras fuentes que las explique y esforzándome en hacer esos textos inteligibles, cercanos, anclados en el contexto, criticándolos, haciéndoles preguntas, sintetizando, etc. Así mismo, esas lecturas tienen una intención pedagógica, que ellos también tengan elementos de discusión y puedan participar activamente de la clase. Si un estudiante lee, reta al profesor, le exige claridad. Si los estudiantes no leen, el profesor, puede hacer una oda a la improvisación y nadie lo notará.

Les pregunté por alternativas. Me dijeron que les gustan los debates. Les dije que a mí también, por esa razón leíamos, para tener elementos que nos permitieran debatir. Mis respuestas no los satisfacían. Seguían insistiendo, “profe, leer es muy aburrido”, “nosotros no estamos acostumbrados a eso”, “es mejor dar la opinión desde lo que uno cree”. Yo seguía insistiendo, si no leemos, nuestra opinión sólo reafirma lo que ya sabemos, en cambio, leer nos ayuda a contrastar nuestras propias opiniones y a ser más crítico con ellas. Además, les decía, la idea de la Universidad es que podamos pensar otras cosas que no pensamos en otros escenarios.

Los estudiantes seguían insistiendo, “profe, no nos entiendes”.

Tal respuesta, me hizo pensar que ellos tampoco nos entienden, ni tampoco comprenden algunas cosas que uno consideraría básicas en la educación universitaria: si no leemos no profundizamos en el pensamiento, sin lectura no hay escritura, la opinión ha de ser argumentada, la universidad es para transformarnos y universalizarnos, la función de la educación no es entregar títulos, sino brindarle a los estudiantes los recursos para que puedan responder éticamente y científicamente a las necesidades de la sociedad, así como encontrar respuestas a cuestiones que los interpelan en su cotidianidad.

Tal situación me ha dejado angustiado, triste, con un dolor de cabeza que no se me ha quitado. Es preocupante la situación de la educación universitaria. La universidad ha sido un faro para la civilización. En ella ha habido la posibilidad de pensar en lo que ha revolucionado las formas en que vivimos, sin embargo, hoy, está adormecida e hipnotizada por la posibilidad de hacer de ella un negocio…

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.