El informe final hace un abordaje desde la cualificación de este fenómeno, reiterando que las cifras son importantes, pero que el conocer las historias de miles de víctimas nos acercarán a la paz y a la posibilidad de no repetición. La concatenación de los hechos violentos demuestra la intencionalidad de los autores, sus estrategias y la forma cómo se llevó a cabo la violencia.

El informe final aborda homicidios contenidos en masacres, ejecuciones extrajudiciales y asesinatos selectivos, así como desaparición forzada, secuestro, torturas, detenciones arbitrarias, violencias sexuales, amenazas, reclutamiento de niños, niñas y adolescentes, trabajo forzoso, extorsión, ataques indiscriminados, ataques a bienes protegidos, desplazamiento forzado, confinamiento, despojo y pillaje. Esas son las violaciones e infracciones que se han cometido a lo largo del conflicto armado y que la Comisión de la Verdad aborda desde el relato de miles de víctimas.

Sin embargo, el informe final es claro en señalar que las diversas bases de datos que contienen cifras con relación a hechos violentos en el marco del conflicto armado no son del todo representativas, existe subregistro y sesgo. Por lo que afirman que es necesario contrastar las fuentes para el respectivo análisis de los acontecimientos. Esta es la principal razón por la cual la mayoría del contenido es cualitativo, sin descartar los elementos cuantitativos.

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En este sentido, los homicidios fueron el principal hecho violento a lo largo del conflicto armado, seguido de la desaparición forzada, el secuestro y cierra el reclutamiento forzado. Las cerca de 500 mil víctimas de estos cuatro flagelos tuvieron un pico bastante elevado en el año 2002, justo con la inauguración de la política de seguridad democrática. Proceso que se prolongó hasta el año 2007 y desde el año 2010 al 2016 con un gradual descenso, aunque esto no significa la desaparición de los hechos violentos durante estos años.

El perfil de las víctimas de homicidios, desaparición forzada, y secuestro en su gran mayoría fueron hombres, adultos y mestizos. Aunque, para el caso del desplazamiento forzado, las mayormente afectadas fueron mujeres con un 52% y en el reclutamiento forzado el 30% eran niñas y el restante 70% eran niños. Para el caso de pueblos étnicos su afectación en el reclutamiento y el desplazamiento fue del 20%, en homicidios del 9% y secuestro y desaparición forzada del 14%.

Las anteriores cifras se deben poner en contexto, como definir quiénes eran las víctimas y allí el informe final deja claro que fueron los civiles en su mayoría los principales afectados. Según el informe final 450.664 personas murieron entre 1985 y 2018, en donde entre 1995 y 2004 se registró la mayoría de estos decesos (45%). Por su parte, para el Centro Nacional de Memoria Histórica el 80% de las personas muertas fueron civiles y el restante personas involucradas directamente en las hostilidades o combatientes. Sin embargo, el Centro de Memoria Histórica en sus estadísticas no contempla las cerca de 120 mil personas civiles desaparecidas, lo que significa que 9 víctimas de 10 fueron civiles.

Dentro de estas violencias la Comisión de la Verdad sostiene que los principales responsables fueron los grupos paramilitares con un 45% de responsabilidad, lo que equivale a unas 205.028 víctimas. Por su parte, las guerrillas con un 27%, 122.813 víctimas y los agentes estatales un 12% para 56 mil 94 víctimas. Un 6% corresponde a actores múltiples y un 9% grupos armados diferentes a los mencionados anteriormente. El restante 1% no se ha logrado establecer, precisamente por la discrepancia en las bases de datos y por la imposibilidad de cotejar las fuentes.

Lo anterior explica la importancia de cualificar la guerra y sus afectaciones, con la intención de acercar a los lectores y lectoras a los hechos y no solo a las cifras que históricamente han reflejado los impactos, pero han estado lejos de generar sensibilización entre la opinión pública. Esto significa que los relatos, la crudeza de las narraciones y el reconocimiento de las responsabilidades por parte de los victimarios, son fundamentales para lograr el objetivo de la no repetición.

Comunicador social, periodista y escritor ibaguereño, pero formado en los Llanos Orientales. Es el autor de una serie de cuentos y relatos que dan un acercamiento a la cosmovisión del autor en el realismo. Además, es el autor de la novela El Susurro de las Tripas, el primer intento para la construcción de un universo literario inspirado y desarrollado en los Llanos Orientales.