Las violencias y sus efectos en las familias tuvieron un impacto invisibilizado; niños, niñas y adolescentes tuvieron que asumir el rol de adultos a muy temprana edad, ya sea por la muerte de sus padres o por el cambio en las relaciones familiares y sociales que originó el desplazamiento. Menores que cuidaron a sus hermanos y hermanas menores, otros que laboraron en semáforos y hasta los que fueron explotados y abusados por los grupos armados ilegales cuando fueron reclutados a la fuerza.

Así mismo, muchas madres desplazadas tuvieron que asumir las riendas del hogar, cuando ellas no estaban preparadas para la inserción laboral en un contexto urbano, ya que, al ser campesinas, muchas de sus labores estaban concentradas en el cuidado del hogar, de los animales y de los hijos. Al llegar a un entorno urbano, al ser las que tuvieron que salir a trabajar en labores desconocidas, dejaron los hijos al cuidado de sus propios hijos, se cuidaban entre ellos cuando era posible.

En otros casos, los niños, niñas y jóvenes no se quedaron cuidando a sus hermanos, tuvieron que salir a la calle a trabajar, quedando sometidos en condiciones de alta vulnerabilidad social. En el escrito que antecede a este, se abordó el caso de Olga María, quien perdió a su padre, tío y tuvo que enfrentar el desplazamiento con su madre a muy temprana edad. Esta mujer desde los seis años cargaba plátanos, bananos y limones que enviaba su abuelo y ella, sin entender la dimensión de su situación, sin comprender las causas de esa guerra y las razones de la desaparición forzada de su padre y el asesinato de su tío, se iba a la calle a vender los productos.

En sus declaraciones a la Comisión de la Verdad, Olga María manifestó que se tuvo que poner una armadura, una especie de coraza para evitar llorar y expresar ese dolor que iba por dentro, “no tuve nunca una muñeca”. Por su parte, Julio, el hijo de un militar, perdió a su padre, luego a su madre por la relación de ella con un miembro de las fuerzas armadas, él quedó bajo el cuidado de sus abuelos.

“Fue terrible porque en esos tiempos mi abuelita ya estaba con sus años y aquí conseguir dinero es difícil. Ella me dio estudio, pero de una forma muy humilde, me tocó una juventud, la parte más bonita de la vida, muy dura… porque no tenía el apoyo que le hace falta a uno, que le revisen el cuaderno, la tarea. Mi abuelita no sabe leer. Fue un poco duro todo. Ver, por ejemplo, que a mis primos mis tías les compraban lo que necesitaban. Mi abuelita no tenía cómo comprarme unos zapatos para poder ir al colegio, entonces mis primos me regalaban los que a ellos se les dañaban y ella medio me los arreglaba para que yo pudiera ir a estudiar. Uno mismo ve en la familia a los primos con su mamá, su papá, en sus cumpleaños, en las Navidades siempre tienen sus cosas, y uno no tener eso, porque crecí fue con mis abuelos y ellos no tenían cómo”, narró Julio.

Ese contexto de pobreza es el más reportado por las víctimas, el salir de sus territorios, el perderlo todo y el tener que asumir el rol de sus padres, de trabajar para conseguir comida, sumió a miles de niños, niñas y adolescentes en un sinfín de emociones contrariadas, de frustraciones y hasta deseo de venganza. Casi todas las víctimas reportan que sus familias quedaron destruidas y la economía familiar duró años en medianamente estabilizarse.

Pero aquellas fracturas económicas fueron tan solo la punta del iceberg en medio de las problemáticas sociales a las que quedaron expuestos los menores. Olga María contó a la Comisión que su hermano mayor, el que la cuidaba cuando su mamá salía, la maltrató muchas veces, porque él quedaba encargado de su cuidado y ejerció aquella autoridad como mejor le pareció, incluso con violencia física. Así mismo, un vecino de Olga María se masturbaba frente a ella y la niña guardó silencio por medio a represalias de su mamá.

“Nosotros nos quedábamos solos y el vecino de al lado se masturbaba delante de mí y a mí me daba miedo decirle a mi tío, al hermano de mi mamá, porque él me pegaba y me maltrataba mucho”, explicó Olga. A pesar que algunas víctimas reportaron que fueron acogidos con amor y cariño por sus nuevos cuidadores, casi un 90% de ellos manifestaron que fueron maltratados física, psicológicamente, e incluso, abusadas sexualmente.

Olga María hizo un relato de cómo fue abusada sexualmente por su abuelo, pero lo más grave es que aún se sigue preguntando y añorando el cuidado afectivo de su papá y le recrimina a su madre el no haber estado ahí para protegerla.

“Mi abuelo, el papá de mi papá, me sentó una vez en las piernas y me tocó. No hubo penetración. Me acuerdo que yo tenía un vestido. Él me sentó en las piernas, y como los agricultores usan mucho poncho, me lo puso encima y me metió la mano, y cuando me iba a parar él me tenía con fuerza. Tenía como seis o siete años. De hecho, cuando yo me moví y le dije que no más, cogió y ¡pa! me metió ese palmadón. ¿Dónde estaba mi mamá cuando eso pasó? Yo le pregunto: “¿Usted dónde estaba?”, y ella ni siquiera sabe qué responderme. ¡Y lo peor es que le dije y no hizo ni mierda! De hecho, yo me subí después de que él terminó –porque a mí me tocó quedarme quieta y que hiciera conmigo lo que se le diera la gana–, me fui para el baño, me bajé los calzones y estaban manchados, no tenía el chorro de sangre, pero haga de cuenta cuando usted se aruña y quedan como rasguitos, así. Yo vuelvo e insisto: ¡cuánta falta me hace mi papá!… Todavía, todavía”, Olga.

Comunicador social, periodista y escritor ibaguereño, pero formado en los Llanos Orientales. Es el autor de una serie de cuentos y relatos que dan un acercamiento a la cosmovisión del autor en el realismo. Además, es el autor de la novela El Susurro de las Tripas, el primer intento para la construcción de un universo literario inspirado y desarrollado en los Llanos Orientales.