El trabajo sexual y las mujeres migrantes en Villavicencio

Llegamos a un prostíbulo o “chongo” como lo llaman ellas, en el barrio San Benito, tres de ellas estaban afuera dialogando cuando nos vieron llegar y se acercaron.

-¿Qué necesitan?

-(…) somos periodistas, nos gustaría dialogar con algunas de ustedes, especialmente si son migrantes.

-Aquí lo que hay es venezolanas, ellas dos son de allá, yo soy colombiana, pero yo también podría contarles mi historia.

-Sí, claro.

-Vengan, entren-

Nos dirigimos al patio del lugar, había algunas chicas arreglándose las uñas, nos miraron con recelo y algunas de ellas apresuraron su labor para poder retirarse. Mientras tanto alcanzamos a saber que muchas de ellas habían entrado de manera legal, pero otras tantas llegaron por Arauca, cruzando el río de manera ilegal. De ahí su temor a dar la entrevista, sentían que hablar con periodistas significaría que las deportarían.

Imagen Puentes de Comunicación.

Según la plataforma R4V hasta abril del 2020, 5.093.987 personas habían salido de Venezuela, lo que representa un 15,9 % de la población; de esas, 1.300.000 se encontraban en Colombia hasta el 2019.

Sin embargo, un gran número de esa población ingresó de manera legal y tienen todos sus papeles al día como el caso de Ángelica María una mujer trans que es reconocida en Villavicencio por realizar trabajo social en sectores vulnerables de la ciudad; otro porcentaje entró ilegalmente, pero se encuentra en proceso de regularización, mientras que otras ya tienen sus permisos vencidos como el caso de Carolina, una trabajadora sexual quien para este reportaje abrió su corazón y contó su historia de vida. También hay quienes aún con el riesgo de poner su vida en peligro, deciden cruzar por las “trochas”, pasos ilegales en las fronteras entre Colombia y Venezuela.

La migración también es interna

En Colombia también se han vivido los procesos migratorios, una muestra de ello es el desplazamiento forzado por la violencia. A 31 de diciembre de 2019, según el Observatorio Global de Desplazamiento Interno, Colombia tuvo 5,6 millones de personas desplazadas. Pero además del conflicto armado, existen múltiples razones que llevan a que dentro del país ya sea de manera voluntaria o forzada, tengan que generarse procesos migratorios tanto a otras regiones, como a otros países.

Desalojadas en plena pandemia

En el mes de marzó recibí una llamada de Maria José Zabala, integrante de la Veeduría Mujeres Libres de Violencia para solicitarnos apoyo en el cubrimiento de un desalojo de cuatro trabajadoras sexuales en el Villa Julia, ya que a pesar de las directrices nacionales, no había nada que obligara a los propietarios en este caso de la residencia, a sacar a las mujeres quienes se habían atrasado en los pagos de sus habitaciones.

Ante lo cual, con apoyo de Fondo Lunaria, organización feminista que apoya a mujeres y que desde hace varios años apoya a El Cuarto Mosquetero, se logró que durante dos meses ellas pudieran vivir en una casa en el 20 de Julio y se suplieran gastos de vivienda y de alimentación. Así mismo, con apoyo de la veeduría y de personas naturales de la capital del Meta, les donaron colchoneta, sábanas, ropa y elementos para el hogar. En ese proceso, mientras las dos mujeres trans prefirieron contarnos sus historias fuera de micrófonos. Marisol y Andrea quisieron hablar de lo que significa ser trabajadoras sexuales en Villavicencio y lo que la pandemia acarreó para ellas.

La historia de Marisol y Luz demuestra que los procesos migratorios que se vivieron en Colombia a raíz del conflicto armado y las desigualdades estructurales que afectan directamente a las mujeres especialmente de las periferias, han llevado a que muchas vean en el trabajo sexual su opción final de subsistencia.

Sin embargo, ni durante la pandemia han recibido un apoyo real por parte de la institucionalidad, pues más allá de recibir ayudas alimentarias, el hecho de que este gremio no tenga por ahora posibilidades de reactivación económica, las ha llevado a seguir trabajando aún con riesgo de morir por covid-19. «Yo prefiero morirme del virus, que de hambre» nos dijeron pasados los dos meses de apoyo de las organizaciones de mujeres y aunque habían alcanzado a ahorrar, sabían que debían volver al ruedo a «trabajar».

Rubiela, entre la berraquera y la depresión

Rubiela Fuentes, madre de dos hijos, a sus 41 años decidió retornar al trabajo sexual después de siete años fuera de los prostíbulos.

Ella tenía 19 años cuando empezó a trabajar en esto, vio en un periódico que necesitaban mujeres acompañantes en eventos. Ya había trabajado en múltiples cosas y le había ido “como perros en misa”. Por lo que decidió acudir al llamado, allí se dio cuenta de que “las niñas estaban todas arregladitas, oliendo a rico. Al principio a mí me dio miedo, cuando me habló de lo que me iba a ganar, pues lo hice. Me dieron para comprar algo de ropa para trabajar, luego me dieron un poco de dinero para que pudiéramos comer, pagar los tres meses de arriendo que debíamos y pues ahí empecé” rememora Rubiela, una mujer carismática, morena y relativamente alta.

Ella ha trabajado también en otras cosas, en restaurantes, en tiendas de ropa, pero suelen pagarle mal y por ello siempre termina volviendo a los burdeles. Inclusive con su familia vivían en Bucaramanga, pero por las diferentes necesidades y en busca de oportunidades,  se fueron a vivir a Granada-Meta donde ella continuó ejerciendo esta labor con el conocimiento de su madre y hermanas.

Teniendo en cuenta que Rubiela a temprana edad empezó como trabajadora sexual, pero con el deseo siempre de encontrar otra forma de subsistir, validó y fue la estudiante número uno de su promoción e inclusive tuvo el mejor puntaje en el ICFES. En el 2014 intentó estudiar contaduría pública para poder tener una profesión que le permitiera sacar a sus hijos adelante, pero sólo pudo pagar el primer semestre y prefirió postergar sus estudios para que su hijo mayor terminara su bachillerato.

En busca de una estabilidad económica donde no tuviera que utilizar su cuerpo como mercancía, en los últimos siete años había trabajado junto a su cuñado y hermana en un supermercado. Allí no soportaba ni que siquiera jugando le acariciaran la mano, ahora, después de que por diferencias entre los tres no pudieran seguir trabajando juntos, se quedó sin trabajo.

Debido a lo anterior, Rubiela estuvo un tiempo junto a sus hijos pasando la pandemia y utilizando lo de su liquidación para subsistir, hasta que finalmente desesperada por los gastos, volvió a Villavicencio y actualmente está en un burdel en el barrio San Benito.

Esta mujer aparentamente fuerte y alegre, lleva tres días en la residencia donde habitan múltiples trabajadoras sexuales donde de día descansan y de noche ofrecen sus servicios, pero volver a ser trabajadora sexual para Rubiela no ha sido nada fácil de enfrentar. “Hace tres días, no tengo plata porque el primer día llegué toda achantada y no fui capaz de hacer nada, además que yo llevaba mucho tiempo sin hacer el amor, la última vez fue como el año antepasado que mi hijo se graduó” confesó.

Además, Rubiela reconoce que es muy selectiva con los hombres, no tanto porque tenga que sentir atracción hacia ellos. Sino porque deben estar limpios “puede ser mecánico, así no huela a loción pero que esté limpio. Me da asco pensar que así me va a besar los senos” reflexiona mientras se toca sus pechos. Luego agrega ayudándose de las manos para re afirmar su postura que, “tampoco estoy con personas guaches, a mí me ha pasado que me quieren coger a la fuerza, pero yo les digo -a mí no me tocan- y me dicen -pero si usted es una puta- y yo le contesto –puedo ser una puta, pero brava gonorrea (risas)-.

Sin embargo, su carácter fuerte no ha evitado que la maltraten. Un día se fue de amanecida junto a un joven mexicano, era muy amable, por ello bajó la guardia y aceptó ir a un lugar fuera de la residencia. Habían quedado de hacer de todo menos sexo anal, pero cuando llegaron al hotel, él quería estar sin preservativos, lo que ella nunca ha aceptado. Por lo que se enzarzaron en una discusión.

-No, así no podemos estar-

-¿Por qué si yo estoy limpio, acaso usted no está limpia?-

-Sí, pero yo no tengo relaciones sin condón-

-Sabe qué, usted al fin y al cabo es una puta-

En ese momento la cogió, la puso en cuatro, intentó violarla, ella logró quitárselo de encima, él la volteó, le pegó dos cachetadas “qué hijueputas cachetadotas, me dejaron tonta”. Sin embargo, siguió luchando, trató de quitárselo de encima, pero él le pegó un puño. Cuando casi él estaba logrando su cometido, reunió todas sus fuerzas y con sus piernas lo tiró a un lado. Arrancó a correr al parqueadero, pero por fuera las puertas estabas cerradas. Ella empezó a gritar, cuando él la agarró del pelo y la tiró al piso, comenzó a darle puños con fuerza en la cara y el pecho. Por fortuna la aseadora abrió la puerta y pidieron ayuda al celador “cuando él escucho la voz de un hombre ahí sí reaccionó y me soltó” recuerda Rubiela como uno de los momentos más difíciles de su vida.

Aunque en sus brazos también tiene otras cicatrices de algunas peleas con mujeres, ya que asegura que en ese mundo suelen existir muchos celos de por medio, también ha sido apuñalada por hombres cuando se niega a estar con ellos. En ninguna de esas ocasiones ella ha denunciado.

Sumado a lo anterior, a los 22 años Rubiela descubrió que sufría de transtorno afectivo bipolar. Por ello, a lo largo de su vida ha estado más de 20 veces internada por periodos máximo de un mes, lo que afecta aún más a su familia, pues está constantemente preocupada que en medio de uno de esos ataques que le dan, se encuentre desarrollando sus labores como trabajadora sexual y le pueda pasar algo a ella o meterse en algún problema.

En febrero de este año estuvo internada y le dieron la noticia que su enfermedad se había complicado, ahora sufre de transtorno afectivo bipolar maniaco depresivo. “A mí me da miedo, y ese miedo me saca el animal que yo no quiero que me salga nunca” explica, agregando también que, cuando le entra la depresión no para de llorar durante horas. Actualmente, ya se le acabaron los medicamentos que debe tomar diariamente, explica que ir hasta Granada sólo para que se los formulen y se los entreguen le sale muy costoso, pero que en Villavicencio no la atienden directamente con psiquiatría.

Actualmente no tiene celular, porque en un negocio cercano cuando se encontraba laborando, se lo robaron. Al pensar en su familia y lo preocupados que podrían estar, rompió en llanto “yo creo mucho en Dios y este trabajo es horrible para mí. Me siento mal, deprimida, además sé que mi familia está preocupada” concluyó.

Así que en medio de luces, olor a cigarrillo, trago y perfume, continuamos dialogando con las trabajadoras sexuales.

Estaba llegando la hora de trabajar, así que, aunque algunas mujeres quisieran contarnos sus historias, no podían quedarse en ese patio sin estar en busca de clientes, por un lado, porque requerían del dinero para subsistir, pero por otro, porque a partir de las 6:00 de la tarde hasta la hora que cierren, no deben dejar de trabajar. Son las reglas, especialmente porque allí viven. Pero la señora Rubiela nos dio la solución, que consumiéramos cerveza y “las pidiéramos”, ellas tenían que tomar con la persona que las solicitara y según el caso ellas decidían si tenían “un rato” con el cliente o se iban de “amanecida”.

En este caso, ya sabíamos con quiénes queríamos dialogar, y también teníamos claro que no “tenían” que estar con Edilson, Luisa y yo, en la mesa. Sin embargo, la joven con la que deseábamos hablar no estaba, probablemente había encontrado algún cliente pues no había llegado todavía, ahí no me queda claro si tienen que pagar o no la multa, que le cancelan al dueño del lugar cuando se van de “amanecida” a otro lugar diferente al prostíbulo, ya que eso significa menos trago y drogas que no podrán venderle a los clientes, por ende, la multa a cancelar es de $50.000; pero la joven consiguió su cliente fuera del recinto, en un billar cercano.

Llegó a dialogar con nosotras Paola, una joven de 21 años, madre de dos hijos y quien vivía en alguna de las ciudades de Venezuela pero que hoy habitaba en la ciudad de Villavicencio.

Tener que migrar para sobrevivir

Paola llegó directamente de San Fernando de Apure a Villavicencio desde Venezuela, sabía que tendría que dedicarse al trabajo sexual, lo tenía claro en el momento en el que tomó la decisión. Nunca había salido de su ciudad, con tan sólo 19 años ya tenía un hijo de tres años y otro recién nacido. Su esposo estaba en la cárcel pagando un crimen del cual prefería no hablar y las necesidades tanto de sus hijos como de su familia, la hicieron tomar la decisión.

Tomó un bus hasta el estado de Apure, pero no pasaría por el puente internacional José Antonio Páez, sino sería a través de una lancha que cruzaría junto a otras dos mujeres para ya en Colombia tomar un bus directamente a la capital del Meta, donde una amiga, quien le había contado a qué se dedicaba, le ayudaría a hacer el tránsito de convertirse en una trabajadora sexual.

Según el informativo EFE Agro, transitar por el río Arauca de Venezuela a Colombia suele ser más sencillo que entrar por Norte de Santander, ya que es una zona olvidada y el foco de las autoridades no está puesto en este punto. El malecón de Arauca era un lugar turístico y según este informe de septiembre de 2019, está lleno de inmigrantes venezolanos quienes de día o de noche están haciendo este tránsito en canoas que en muchas ocasiones están llenas de contrabando.

26 personas es el número que por lancha pueden transitar de una frontera a otra por alrededor de $2.000 pesos colombianos cuando no portan carnet de migración para poder entrar de manera legal a Colombia[1]. Aunque cada lugar tiene sus peligros, parece ser la ruta de Arauca la “trocha” menos peligrosa para la población venezolana que decide salir de su país, ya que, como lo demuestran muchas investigaciones, en la trocha de San Antonio de Táchira y Cúcuta, el valor a pagar es más alto, pero especialmente las mujeres son quienes deben aguantar ser abusadas sexualmente, maltratadas e incluso desaparecidas.

«Verónica estaba a punto de decir: «La estaban violando, no solamente uno sino todos los de la trocha. El principal, el que manda en la trocha, es el primero en abusar; después vienen todos los demás»»[2]. Resta la investigación de la periodista Andrea Aldana, para Universo Centro, en donde también evidencia que, según el Instituto Nacional de Medicina Legal, cientos de mujeres han sido desaparecidas forzosamente en las trocha, como lo evidencian los testimonios de sus padres y hermanos donde aseguran que después de atravesar la trocha, ellas nunca aparecieron.

“La primera vez es horrible porque yo nunca había estado con tantos hombres” confiesa con voz queda Paola, quien parece sentirse avergonzada por la profesión a la que se dedica. Sin embargo, comprendiendo que la prostitución es lo que permite darle de comer a sus hijos a quien espera en algún momento traérselos, se esfuerza en conseguir muchos clientes para suplir todos los gastos que le representa vivir en un hotel donde le cobran la noche a $25.000 a diferencia de las residencias donde deben pagar $10.000 diarios, pero con bastantes limitaciones.

Es una joven delgada, de alrededor de 1.55 m de alta, morena, con un cabello largo y negro que cada día porta un peinado diferente. Ella sabe peinar y trenzar muy bien, por ello sus compañeras acuden a ella en ese momento, para que las deje “bien mamis” para trabajar esa noche.

Trabajadora sexual en «el ruedo», sector de Villavicencio donde se encuentra un gran número de trabajadoras sexuales especialmente mujeres trans.

Hice algunas cuentas de sus gastos en la calculadora del celular y me sorprendió el elevado valor que paga de arriendo por una habitación de hotel, con $750.000 podría vivir en una casa bastante amplia y en un “buen barrio”. Pero ella no ha buscado un apartamento, no cuenta, con salud, pensión, ni mucho menos riesgos profesionales, porque cada día vive con miedo de ser deportada y dejar a sus hijos a la deriva, mucho más porque su esposo fue asesinado hace algunos meses después de haber salido de prisión.

Las mujeres venezolanas le temen a la deportación, porque, aunque algunas personas corren con suerte de ser deportadas de manera legal perdiendo sus sueños, pero no su vida, otras tantas resultan en las trochas, soportando que los “coyotes” les hagan lo que deseen, incluso desaparecerlas. ““Le tengo miedo a Migración”. Autoridad colombiana encargada del control migratorio. Le huyen, cuenta Verónica —y otras diez chicas entrevistadas— porque sus funcionarios —que también pueden ejercer como policía judicial— las capturan, las golpean, las montan en camiones oficiales y luego se las llevan y las “tiran en esos sitios”. Y, aunque saben que los cuerpos de estas mujeres pueden ser violados cuando cruzan estos pasos ilegales, agrega Verónica: “Nos rompen el carnet fronterizo para obligarnos a pasar por esas trochas”.” resta la investigación de Aldana.

“Yo le tengo más miedo a los colombianos que a cualquier cosa”

Carolina es una joven alta, con un cuerpo bastante curveado que asegura es un plus a la hora de conseguir clientes, pero a su vez es lo que le permite hacer durar el menor tiempo posible la hora de la penetración, pues gracias a “este gran culo”, hace múltiples juegos previos y bailes con sus clientes.

A diferencia de Paola, quien en ese momento se encontraba trenzado el cabello de esta carismática mujer, Carolina no cruzó la frontera de manera ilegal, desde Caracas llegó a Cúcuta con su carnet de migración y con su hijo de año y medio. Tenía $30.000 pesos colombianos para sobrevivir mientras conseguía un trabajo para los gastos suyos, de su hijo menor, de los otros dos hijos que dejó al cuidado de su madre, pero además de su núcleo familiar que está compuesto por alrededor de 10 personas.

El padre de sus hijos había ido en busca de un trabajo a Brasil, supuestamente para ayudar a su familia, pero de él nunca más volvió a saber. En Venezuela cada vez era más difícil alimentarse, así que después de un buen tiempo pensándolo, tomó la decisión de irse a buscar trabajo en Colombia. No quería ir a otro país, como han hecho algunas de sus amigas, quienes incluso ya han legalizado su presencia en países como Ecuador y Chile, sino que quería estar en el país fronterizo pues se sentía más cerca a sus papás.

Trabajadora sexual en el residencia del ruedo (Villa Julia).

En Cúcuta solo estuvo dos días, no conseguía trabajo y aceptó el ofrecimiento de un hombre de trabajar en Bucaramanga, pero allí ya le dijeron que en la residencia no podría vivir con su bebé y además le pusieron muchas trabas, así que consiguió trabajo en puestos de comidas rápidas y prefería dejar a su hijo acompañándola en el trabajo o en la habitación de un hotel cercano, para estar pendiente de él, pero no a cargo de nadie más, pues temía que pudieran robárselo.

Duró sólo dos meses en Bucaramanga, ya que afirma que la vida es muy costosa, por lo que decidió aventurarse un tiempo en Bogotá, pero allí cuidar a su hijo era cada vez más difícil. Por lo que después de 15 días, finalmente se vino para Villavicencio.

La capital del Meta para una madre de un año y medio tampoco pareció ser la solución, en ninguna residencia la recibían con un menor de edad, así que se fue para Cristalina, un sector de Puerto Gaitán, donde sí podía vivir con su hijo. Ahorró un tiempo, hasta que se devolvió para Villavicencio, ya podía darse el “lujo” de pagar una habitación en un hotel. Durante el día además de dormir, compartía con su hijo, pero de 6:00 a 5:00 tenía que dejarlo solo. Le dejó un celular, le enseñó a contestar y lo llamaba constantemente hasta que sabía que se dormía.

Esto lo hizo hasta que pudo traerse a sus otros dos hijos. Aunque en realidad, fue más porque ellos la hicieron tomar la decisión. “Yo había ido en diciembre a visitarlos, les llevé un parlante y algunos regalos. A finales de enero estaba yo trabajando cuando me llamó mi hijo mayor, me dijo que ya estaba en la frontera, que les enviara para que pudieran llegar hasta Villavicencio, porque ya no les alcanzaba para más. Yo me puse a llorar” recuerda Carolina, quien envió el dinero y dio la autorización a la empresa de transporte, ya que por ser menores de edad no les querían vender los tiquetes. Los dos niños habían viajado de Caracas después de haber vendido los regalos que les había llevado su madre. No deseaban seguir creciendo sin ella.

Actualmente viven en una casa donde pagan $450.000 pesos relativamente cerca a San Benito. Pudo poner a sus dos hijos a estudiar por un tiro de suerte, pues le dieron el cupo sin pedirle mayor número de papeles. Sin embargo, está preocupada, pues le trasladaron de cupo a uno de sus hijos a otro colegio, donde sí le exigen una documentación con la cual no cuenta.

Ser madre inmigrante no es nada fácil, pues, aunque intenta darle mucho más de lo que puede a sus hijos, siempre se van a encontrar con deseos que ellas no van a poder suplir al estar viviendo de manera ilegal en el país. “Mi hijo entrena basketball y es muy bueno. Les salió un partido en otra ciudad y el no pudo viajar por no tener papeles ni seguro”.

Sueña tener un negocio y poder trabajar en otra cosa. Ha intentado trabajar en otro tipo de cosas, pero no gana lo suficiente. Ella debe enviar $200.000 pesos semanales a su familia en Venezuela, ya que están pasando bastantes necesidades. Afirma que, en su país natal, actualmente por la devaluación de los bolívares están comprando los alimentos en dólares, por ejemplo, su hermana todo lo vende en dólares en la pequeña tienda que tiene. Por ello, comerse una arepa con jamón y queso, como es la dieta común en su familia, ahora es todo un lujo “si consigues queso, no consigues jamón. No hay gasolina, mi hermana tiene una moto y un carro que no puede usar. No funciona ni el metro” reflexiona.

Trabajadora sexual arreglándose para empezar sus labores.

Por ello es que se aguanta ser trabajadora sexual, aunque no le gusta que la toquen, no se deja besar la boca porque sus besos serán para cuando encuentre el amor de su vida, que tal vez no sea venezolano ya que muchos son “chulos”, es decir, hombres flojos que esperan los mantengan. Prefiere los “ratos” porque son en la residencia y de los 25 minutos que duran, invierte gran parte de su tiempo en el ritual previo. Pero evita las “amanecidas”, ya que tiene que aguantarse que le toquen y le “chupen mucho las tetas” que es de lo que más odia. Además, le da miedo, le da miedo que la maltraten o hasta que la desaparezcan “yo le tengo miedo a los colombianos más que a nada” afirma Carolina, pues ha tenido que conocer algunos hombres muy violentos y/o que no respetan sus decisiones.

Aproximadamente a las 7:00 de la noche, se acercó el administrador encargado, un chico trans que mientras le acariciaba la pierna a Carolina le preguntaba porqué no había ido a alistarse, que estaba muy fea para trabajar así. Ella bajó la mirada de él hacia nosotras y nos dijo –si ve lo que les dije, nosotras nos cuidamos más que las mujeres normales- refiriéndose a cuando habíamos hablado antes, pues me había explicado que además de intentar siempre verse bellas y oler bien, exigían a todas sus parejas siempre usar condón, pues muchas mujeres en nombre del amor resultaban con enfermedades de transmisión sexual, pero ellas quienes tenían relaciones como una transacción económica no podían darse esos lujos.

-¿Y ustedes dos van a trabajar hoy? ¿Las anoto?- nos preguntó el joven de alrededor de 25 años si a mucho, nosotras dos negamos, a Edilson no le preguntó nada, parece que dio por hecho que era un cliente. –Si se animan me avisan- dijo antes de retirarse. Carolina se rio, se tomó su último sorbo de cerveza y se despidió de nosotras. Debía alistarse para empezar a trabajar.

[1] https://www.youtube.com/watch?v=OUls_-lvmT8

[2]https://www.universocentro.com/NUMERO116/La-trocha.aspx

 

Investigación apoyada por Fondo Lunaria y Puentes de Comunicación.

Agradecimientos especiales: Luisa Contreras, David Díaz y Edilson Ariza de El Cuarto Mosquetero.

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