Por: David Díaz y Nicolás Herrera

Y se empieza por corregir la tilde en “está” porque ni para escribir una frase se detienen a pensar –los atávicos ultra godos de Villavicencio–. Como no pudieron dar el debate desde la argumentación –porque los planteamientos arcaicos en contra de la intervención legitima por parte de la comunidad LGBT fueron: “se están gastando dinero de lo público”, “hay muchos huecos por tapar” y “están incentivando a los niños y jóvenes a ser homosexuales”– la salida fue escribir un enunciado dogmático y de odio encima de la bandera LGBT pintada por la comunidad.

Y hablando de dogmas, llega uno poco conocido, pero macabro como pocos. Pedro Damiano (1049) que estableció una ley aberrante y profundamente ortodoxa, un esquema de pensamiento llevado a lo político que aterrorizó a millones, generando orgias de sangre inimaginadas, persecuciones que duraron por siglos y que sus consecuencias llegan hoy disfrazadas, camufladas en forma de moral, perdón, de moralina, y que busca lo mismo, castigar la diferencia. El señor Damiano en el Liber Gomorrhianus, dejó el tristemente célebre, ‘tránsito del pecado al delito’ y fue así que se creó un verdadero pandemonio contra los homosexuales como hasta la fecha no existe parangón.

Para esa misma época (siglo XI) se creía con firmeza que la tierra era plana, a pesar de que la teoría Helenística –Eratóstenes– ya había establecido en el siglo III a. C. la esfericidad del planeta. A pesar de ello, el pueblo iletrado, pobre y mal alimentado de la edad media, repetía hasta la saciedad lo que un hombre con sotana predicaba. El pensamiento colectivo de los borregos es tan antiguo con la estúpida idea de una masa de tierra plana como el centro del universo. El afán religioso por perseguir a los homosexuales no ha estado centrado en el libro dogmático y anacrónico, eso es falso, de hecho, es una mentira ruin. La realidad es que todo sucede por miedo, la homosexualidad amenaza al patriarcado.

No existen cifras reales o testimonios documentados de la cifra exacta o cercana de la cantidad de muertes derivadas de aquella purga liderada por la iglesia hacia la población homosexual en toda la historia, en aquel ‘malleus homoficarum’. Pero se sabe con certeza que durante la edad media los ‘vicios por el ano’ fueron castigados con la hoguera, como lo dictaban múltiples leyes, edictos y ordenanzas reales, como la del Fuero de Cuenca, que estableció la pena de muerte a todos los actos impúdicos con personas del mismo sexo.

Estos vergonzosos acontecimientos históricos que hacen parte de la infamia de la humanidad, se han transformado, pasando de los edictos reales y ordenanzas de la iglesia, a actos de odio que siguen cobrando la vida de miles de personas al año. Solamente en el 2014 fueron asesinadas en América Latina 1.108 personas por su condición sexual, la mayoría de los casos ocurrieron en Colombia, México y Honduras. Estos actos de barbarie son uno de los tantos argumentos para reivindicar los derechos de esta comunidad.

La representación de la bandera LGBT en las calles de la ciudad, es la reivindicación del espacio público desde lo más íntimo de su concepto, un espacio diverso, simbólico, un espacio que se hace espacio cuando se territorializa, cuando se abandona la retórica establecida por normas ligeras o por urbanistas psicorrígidos, intransigentes y recalcitrantes que pretenden concebir la ciudad como una articulación entre espacio público y privado a partir de calles, una ciudad calculada e inhumana en la que todo se pretende controlar. La territorialización es la experimentación del espacio como alegoría de libertad.

Sí, el mundo se está pudriendo por individuos alienados, que pretenden constreñir pensamientos libres a partir de prácticas retardatarias desde el anonimato. Los miserables no podrán vencer a la sociedad que poco a poco reacciona, se cuestiona y debate en torno a las libertades como un bien común y ante todo diverso.

“Un hombre con fe es más peligroso que una bestia

con hambre.

La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal.

Un hombre contaminado por cualquier clase de fe

llega velozmente a confundirla consigo mismo; entonces es la

vanidad la que ataca y se defiende. Con la ayuda de Dios, es

mejor no encontrarlos en el camino; con la ayuda propia, es

mejor cambiar de vereda.” Juan Carlos Onetti.