Cuando terminé de escribir este texto; fruto de la conversación, de la escucha atenta al relato del otro, y de la construcción del verdadero rostro de una persona, le pedí a varias mujeres que lo leyeran y me dieran su impresión. Todas coincidieron en que podrían contar una historia similar a la de la mujer que nos revela su voz en este texto, una voz fuerte que nos hace pensar que el abuso y el maltrato contra la mujer no es un tema personal, es decir, que le sucede a una sola, sino que hay una estructura muy fuerte que lo sustenta y lo posibilita. Por otra parte, el escrito pone de manifiesto cómo el dinero en la época del culto al capital, es un ingrediente que exacerba el deseo de poder y de imponerse al otro, en este caso, la mujer.

Este texto asume una pretensión pedagógica y ética, o sea, tiene como fin mostrarnos un problema que está todo el tiempo frente a nosotros, pero ignoramos: la violencia contra la mujer. El reconocer el problema nos hace plantearnos preguntas necesarias para contrarrestar el problema: ¿qué hemos de hacer como sociedad para que narraciones como estas nunca más sucedan?, ¿cómo deconstruir un sujeto violento en el que se ha convertido el hombre de hoy? Y finalmente, ¿por qué en el cuidado y la razón cordial con el otro es en donde se alcanza la plenitud de la humanidad?

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He tenido muchos trabajos. He trabajado como administradora de billares. También como impulsadora de licores, o sea, la chica bonita que invita a los hombres a que degusten un trago. Decidí trabajar en un bar en medio de la pandemia porque necesito trabajar, necesito el dinero. Terminé el semestre de la Universidad y no podía dejar ir el tiempo así, quiera o no, este mundo lo mueve el dinero. Sé que esta última es una frase común, pero más adelante entenderán porqué lo digo con convencimiento de causa.

Terminé trabajando en el bar porque los eventos en donde es posible promover licores estaban suspendidos debido a la pandemia. Trabajar en un bar es muy distinto a trabajar como impulsadora. El trabajo en un bar no es nada fácil. Como promotora de licores sólo tenía que pararme en un lugar, máximo cuatro horas y me pagaban 60.000. Entonces si hay varios eventos en un día me puedo ganar hasta $180.000.

Me animé a trabajar en el bar porque el pago es muy bueno, la gente que frecuenta este bar puede gastar en unas horas lo que millones de personas luchan por ganar en un mes: un salario mínimo.

Algo que me gustó de esta contratación en el bar es que me contrataron por mi actitud, o eso era lo que me decían. Como impulsadora necesariamente tenía que ser bonita, pero también tener buena actitud para promocionar la marca. Lo que busca la marca es el que producto sea conocido y genere deseo en quien compra, en este caso, los hombres. Cuando una es bonita los hombres se dejan enredar más fácil, la belleza se utiliza como una estrategia de mercadeo.

En el bar trabajo con otros cinco hombres, no tengo ningún privilegio por ser mujer, o sea, tengo que hacer todo lo que hacen los hombres, aun así, creo que me encuentro en desventaja, pues hay cosas que me pasan solamente a mí y no a mis compañeros hombres. Por ejemplo, lidiar con borrachos, o con hombres atrevidos y morbosos. Esto es algo a lo que me enfrento, mis compañeros no.

El tipo del que he hablado se me acercó muy invasivamente, me cogió la mano impetuosamente y a la fuerza me bajó el tapabocas.

Hace unos días llegó un tipo con otros tres señores, estaban tomando licores muy costosos, y pues como ha de esperarse, esto a mi jefe le genera mucha felicidad. Después de un rato estos individuos se emborracharon, y el hombre que he mencionado se puso muy atrevido e insistente. Empezó a prometerme el cielo y la tierra, me propuso que nos viéramos en otro lugar o que tuviésemos una cita. Me pedía mi número telefónico con desespero. Me decía que con él tendría todo, que no me faltaría nada. Incluso me dijo que si me iba con él mi vida se solucionaría definitivamente. ¿Yo acaso a quién le estaba pidiendo soluciones?

Para mí fue muy incómoda la situación, y para mi desgracia, no podía decidir no trabajar. Tenía que ir seguido a limpiarles la mesa. En cada ocasión este hombre me cogía la mano bruscamente, me jalaba, me ordenaba que me quitara el tapabocas, pues quería ver mi cara. Yo sólo le decía muy pacientemente, pero con contundencia: “no puedo, estoy trabajando, hay cámaras, me ven, me van a regañar”. Eso no le importó. Ahora pienso que mis excusas eran de culpa, como si fuese yo quien estuviera acosando a alguien.

Había un paisa con ellos que me preguntaba por mi procedencia, le decía, “soy de Villavicencio”, a lo cual éste respondía: “usted no es de Villavo, usted es una veneca”. Me ofendí, sé que esta palabra se usa para tratar a una mujer de puta. El tipo ya estaba muy ebrio y al parecer creía que con llamarme así me estaba poniendo un precio. Yo sólo le decía, “señor, soy colombiana”.

Me puse muy seria, pero seguían molestándome. Pasó un tiempo y después se marcharon. Eso sí, me dejaron muy buena propina. ¿Creerían que con dinero me ofrecían perdón? No lo creo, sólo era una forma de reafirmar su poder sobre mí.

Cuando me di cuenta que salieron del bar me puse contenta, sin embargo, regresaron una hora después. Ya no podían ni caminar, se veían terriblemente. Justo en ese momento la cosa en el bar se calmó un poco y mis compañeros se habían ido a fumar. Ellos no pueden fumar frente al bar, así que se fueron a la vueltica, yo quedé completamente sola.

El tipo del que he hablado se me acercó muy invasivamente, me cogió la mano impetuosamente y a la fuerza me bajó el tapabocas. Me decía insistentemente que le dejara ver mi cara. Yo le decía, “por favor, no lo haga, estoy trabajando, acá hay cámaras, me van a llamar la atención”. El tipo me decía, “y qué con eso, tengo mucha plata, muchos contactos, sus problemas conmigo se le acaban”.

Me sentía muy incómoda, acosada, fastidiada, pero no podía ser grosera con ellos, si lo hacía, al día siguiente ya no tendría trabajo en el bar y la situación no está para arriesgar el empleo. Pase lo que pase, siempre tengo que ser amable, aun cuando sea acosada. La estúpida regla: “el cliente es quien tiene la razón” está escrita sobre piedra. En otras palabras, los clientes son dioses, pues son lo que tienen la plata y eso los hace todopoderosos.

Bueno, en esa situación tan difícil, en la que me sentí asustada, creo que un ángel le dijo a uno de mis compañeros que se regresara al bar. Cuando ya estaba cerca, yo puse mis manos hacia atrás y le hacía señas, añorando que me viera. Funcionó, pues llegó y preguntó si todo estaba bien, para mi sorpresa, por más borrachos que estuvieran los señores, ante la voz de otro hombre, sí entendieron que tenían que parar, en cambio mis palabas no les hizo ningún efecto.

Mis compañeros ya se habían dado cuenta que la cosa estaba incómoda, pero en este corre-corre de estas fechas, todos están pensando en lo suyo: hacer sentir bien a los clientes para que consuman más.

Yo no pensé que estas situaciones se dieran en bares como estos, dado que es un bar muy exclusivo y costoso. Una asumiría que las personas que frecuentan este tipo de bares son educadas, pero no. Al contrario, como tienen dinero se creen dueños de uno. Yo me imaginaba que estas realidades sólo se daban en billares, cantinas, o bares de mala muerte; me equivoqué. Una asocia estos comportamientos al ñero de la calle, y no, pasa en todo lado, hasta en los lugares que uno creería que se podría sentir segura.

Me di cuenta incluso que en estos lugares es más fácil ser ultrajado, por ejemplo, el señor en mención, seguramente sí es muy poderoso como él lo indicaba, por eso razón se sentía en el derecho de exigir. Acá en el llano muchos hombres se sienten como en una plaza de ganado en donde compran la vaca que se les antoje por el hecho de tener una maleta llena de dinero.

El que tiene dinero se siente con todas las licencias. El que no acosa, muchas veces es hostil y trata a los demás con desprecio. Yo trabajo como mesera, pero no soy menos que nadie, sólo que quien tiene dinero todo el tiempo te dice y te hace sentir que eres inferior. Mucha gente sólo dice: “venga, tráigame, hágame”. En mis trabajos he aprendido que mucha gente que tiene dinero se siente con la libertad de menospreciar a los otros, tratándolos como simple mercancía. Qué ironía, yo siempre le escuché decir a mi padre: “el trabajo dignifica”. ¿Cuál? ¿En dónde?

Otro día me pasó algo muy curioso. Había unos hombres, jóvenes, cada vez que yo me acercaba hablaban en inglés. Eran tipos colombianos, no extranjeros. Yo no sé inglés, pero sí entiendo una que otra palabra. Me imagino que ellos pensaron que soy una ignorante que no entiende nada. No comprendía muy bien la totalidad de la oración, no obstante, sí captaba algunas palabras, por ejemplo: “pussy, bubs, ass, buttom”. Para ellos eso era lo único que yo representaba. Fue horrible, era precisamente cuando yo llegaba a limpiarles la mesa o a recibir la orden. Creo que esa palabra debería cambiar, no debería ser la orden, por eso tal vez abusan.

En este trabajo he sentido la impotencia de no poder decir nada, callarme todo, porque a los clientes, a estos dioses no se les puede refutar absolutamente nada. La plata es un salvoconducto en los hombres para que hagan lo que quieran. El que tiene insulta, levanta la voz, acosa y uno sólo le tiene que sonreír, porque es el que tiene el recurso para llevar al negocio.

La situación de la mujer es muy difícil, muchos no lo entienden. A mis compañeros nadie les ha cogido las manos a la fuerza, o les ha pedido el número con insistencia, o les ha bajado el tapabocas a las malas, o les han hecho mención a sus cuerpos de una manera vulgar, o les han dicho que les pueden arreglar la vida… A mí sí.

Estando en el bar me he dado cuenta que sí soy vulnerable, pero no sólo yo, por ejemplo, otras mujeres también han sentido lo mismo, y eso que son clientes.

Un día un borracho estuvo hostigando a unas chicas, ellas estaban pagando en caja y él también. El tipo les decía: “entonces, ¿para dónde nos vamos?, yo les invito, yo les gasto, yo tengo plata”. Las chicas salieron y el tipo se les fue detrás. Al día siguiente el tipo regresó borracho e hizo lo mismo, y no solo con personas del bar sino con una mesera del restaurante del lado. Definitivamente, creen que, por tener dinero, pueden hacer lo que quieran: el dinero es el salvoconducto en los hombres para acosar.

 

Ha hecho estudios en Comunicación Social, así como maestría en Educación con énfasis en Desarrollo Humano. Ha trabajado como docente en Colombia y en Estados Unidos. Desde el año 2014 ha sido profesor de la Universidad Santo Tomás, sede Villavicencio, en donde ha laborado en el Instituto de Lenguas Extranjeras y en la Unidad de Humanidades y Formación Integral.