Por: Nicolás Herrera*

El presidente de la República llegó prometiendo un estadio de fútbol. Hubo gente en el pueblo, un pedazo de tierra triste y enclavado en la cordillera de los Andes, que lo aplaudió, sonaron unos bravos ahogados por los tapabocas y, de manera casi imperceptible, el hombre joven con apariencia de bebé rollizo se fue en una caravana de vehículos que se perdieron por las curvas montañeras de Samaniego, Nariño.

En 1918, el conservador Marco Fidel Suárez, que para entonces era el presidente de Colombia, se encerró en su despacho para que no le diera gripe. Se trataba del virus de la influenza, que el mundo bautizó como Gripe Española. Como la salud no era responsabilidad del Estado, no se decretaron medidas, no se dispusieron de recursos para atender la enfermedad y la gente se fue muriendo al granel, se llenaron las calles de muertos y en los cementerios se apilaron los cuerpos mientras se pudrían al sol y al agua.

Marco Fidel Suárez miraba por las ventanas de palacio como los presos y policías eran habilitados como recolectores de cuerpos. A esas alturas uno de sus hijos y dos senadores de la República ya habían muerto por la enfermedad. Al presidente no se le volvió a ver en días, no salía del despacho y muchos de sus ayudantes empezaron a temer su muerte, pero los ruidos ocasionales, las pantuflas rastrillando el suelo y algunas conversaciones en solitario confirmaron que el hombre estaba vivo mientras Colombia estaba condenada a su suerte.

Desde Bogotá, ciudad que en un año mató a 1.900 personas y se contagiaron 40 mil, el virus se fue caminando, en mula, a caballo y en los rudimentarios carros que iban por una carretera polvorienta con rumbo a Tunja. Allá, murieron 2.800 personas en una ciudad de 58.600 habitantes. Desde luego, y como parece muy evidente, la enfermedad se metió por el Caribe, algún viajero proveniente de Estados Unidos se bajó en Cartagena o Puerto Colombia y por el río grande de la Magdalena fue a dar a Bogotá, armando la catástrofe bíblica en un país que en menos de cien años de vida republicana vivía de guerra en guerra y veía a la distancia como el mundo se mataba en Somme o Verdún.

La memoria colectiva da certeza que la enfermedad empezó en una guarnición militar de Estados Unidos, a causa de las tormentas de arena estacionales en Kansas y que llevaban en los aires excrementos de aves de corral. Desde allí, se esparció con facilidad a Europa con las tropas que llegaron a luchar en la primera guerra mundial. El país del norte tampoco se hizo cargo, la reciente maquinaría mediática ocultó todo lo relacionado al virus, la gente se moría por miles en New York y Bostón, pero los medios de comunicación hablaban de la carnicería de Verdún y sus casi un millón de muertos.

Mientras tanto, en Europa, la suerte era la misma, los periódicos publicaban por toneladas las espantosas imágenes de los rostros desfigurados por el gas mostaza, los kilómetros de trincheras, los soldados desperdigados por los campos franceses, las moles de carne irreconocibles entre las alambradas y los cuerpos humanos aplastados por los tanques formando tapetes de piel que se perdían en el horizonte. El sistema vendía a través de la prensa la ingente necesidad de enviar más jóvenes a la guerra que publicar noticias de los millones de muertos que estaba dejando la gripe por toda Europa.

España, que se mantenía neutral en la gran guerra, publicaba extensos reportajes de la gripe, salían notas de prensa a diario, dejando en evidencia la incapacidad del mundo para controlar la enfermedad que en un solo año mató entre 20 a 50 millones de personas, incluso perros y gatos perecieron. Muy pronto, y gracias a las noticias provenientes desde España, el mundo empezó a llamar a la enfermedad Gripe Española.

En Colombia, mientras el presidente estaba encerrado en su despacho, los periódicos daban buena cuenta de los dos grandes males del momento, la gripe y la guerra. Cien años después, los expertos en marketing político, comunicadores hábiles en el arte de vender humo, le sugirieron a su presidente que saliera de su despacho y viajara a los Andes del sur del país, para que se escondiera prometiendo estadios de fútbol mientras la guerra hace añicos a la juventud.

*Seudónimo.