En Colombia y gran parte de América del sur se han venido conociendo de primera mano los problemas de migración masiva hacia nuestros territorios. El país ha sido huésped y ha sido hospedaje. Hace algunos años, de muchas partes del país corrían hacia Venezuela en busca de un futuro más próspero en una tierra cercana, casi familiar. Algunos lo hacían con todo en regla, algunos, aquellos más necesitados, entraban sin un papel, buscando algún ‘coyote’ oportunista que viera en sus rostros incautos y desesperados la mirada de necesidad para así de cualquier manera lograr establecerse en tierras ajenas. Antes de esto -y hasta el día de hoy- Estados Unidos era un destino común y atractivo debido a las oportunidades que ofrece aun desde la ilegalidad. Un poco dispuestos a todo, un poco romantizando la explotación laboral, el sueño americano viene siendo un común denominador a nivel global.

Hoy por hoy y desde hace un par de años, se vive una de las crisis humanitarias modernas más grandes provenientes de nuestro vecino que antes cobijaba los sueños de miles y millones que fueron allí en busca de estabilidad. Venezuela atraviesa un momento crítico que se ha venido prolongando, ahondando y agravando mes tras mes, año tras año, obligando a gran parte de su población a huir a distintos destinos en los que puedan sentirse resguardados, lejos de la incertidumbre y la miseria que pueda rodearles. Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Argentina son los destinos más comunes de aquellos migrantes que durante una caótica carrera contrarreloj, casi que viendo cómo el hambre y el miedo les alcanza, huyen de su terruño para encontrar en calles desconocidas y casas que no se sienten como su hogar.

Sin embargo, y a pesar de lo que acaparan las portadas de los grandes medios de comunicación, bajo esa odisea que viven los venezolanos en todo el continente, se encuentran que ajenos a estas tierras de profundas selvas, desiertos sinigual y una cordillera como ninguna otra, llegan por miles, acechados por una profunda incertidumbre y asfixiados por la necesidad, buscan y encuentran en Colombia el lugar ideal para dar el salto definitivo en un trampolín de vaivenes hacia “el sueño” como el que ven a Estados Unidos de América.

La plaza central de Capurganá, corregimiento de Acandí. Al fondo las montañas del Darién. – Fotografía tomada por: Mario Toro.

Un éxodo conjunto

  • Bangladesh

En las costas del sur de Asia, abrazado por la inmensidad de la India y custodiado al sur oriente por Birmania, Bangladesh atraviesa desde hace varios años distintas crisis en la que los migrantes son grandes protagonistas.

Por un lado, este país de aproximadamente ciento sesenta y cuatro millones de habitantes, por los que ocupa el octavo lugar en la lista de países con mayor población, atraviesa desde su independencia de Pakistán en 1971, distintas problemáticas constantes por corrupción y mal manejo de los recursos que año tras año ponen a la población bengalí en jaque, pues según un estudio del Banco Asiático de Desarrollo, el sustento de un 30% de la población en Bangladesh, es de 1 Dólar americano. Esto la convierte en una de las naciones con peor calidad de vida, y una de las menos desarrolladas y prósperas Asia.

Estas son de las principales causas para que año tras año, decenas de miles de bengalíes salgan de su país buscando mejores oportunidades a costa de dejarlo todo atrás. En medio de sus múltiples problemáticas sociales, Cox’s Bazar, al sur del país, se ha convertido en hogar de casi un millón de refugiados rohingyas, un grupo étnico perteneciente al Islam que poco a poco ha tenido que huir de Birmania debido a la persecución, agresión y asesinato sistemáticos de sus practicantes. En Bangladesh encontraron refugio y su movilización masiva hacia el país bengalí inició durante el monzón de 2017, casi llegando el invierno. Hoy en día la zona de Cox’s Bazar es el campamento de refugiados más grande del mundo.

  • África

En África las cosas no son distintas. La situación de aquellos que huyen de la hambruna, la extrema pobreza o los conflictos internos que azotan ciertas zonas, los llevan a tomar la decisión de abandonar sus países en busca de calidad de vida. Son dos rutas las que toman para salir de sus hogares; Europa o Estados Unidos.

El recorrido hacia Europa, donde el principal punto de llegada es Italia, es un caótico viaje atravesando el Mediterráneo que en la mayoría de las ocasiones termina siendo un trayecto donde la tragedia se torna protagonista y las desgarradoras imágenes de balsas inflables llegando con refugiados africanos en delicadas condiciones de salud o ya sin vida, dan la vuelta al mundo. Según la ACNUR, más de veinte mil migrantes han fallecido entre el 2014 y el 2021 intentando cruzar de África Oriental hacia territorio europeo. Son estas estadísticas las que han llevado a muchos otros migrantes a tomar la decisión de hacer la extenuante ruta por Suramérica para intentar llegar a Estados Unidos. Son distintas las razones que llevan a tomar la decisión de huir de un territorio en este caso particular, pues en la República Democrática del Congo y en Ghana, la hambruna y la precariedad son los fantasmas que rondan a sus pobladores. En el caso de Somalia no solo el hambre, pues el conflicto interno y la aparición y fortalecimiento del Al Shabab -grupo extremista yihadista- han obligado a hombres, mujeres y niños a salir con miedo y sin certezas.

  • Haití y Cuba

La migración latina también toma protagonismo en este escenario donde haitianos y cubanos comparten rutas, estadía y una meta en común: Estados Unidos. En el caso de los haitianos, su situación migrante se ve por obligación. Después del detonante de 2010 causado por la catástrofe natural sufrida debido a un terremoto que destruyó la isla y dejó nada más que devastación en la zona. Desde entonces, la proyección de recuperación de Haití se ve como nula e inviable y el deterioro, sumado a la inestabilidad económica y la situación de pobreza parece irreversible. Debido a esto, gran parte de la población haitiana decide salir a buscar opciones y vivir en cualquier condición en otro país, que quedarse en Haití con un panorama en el que surgir, crecer, emprender y progresar parecen imposibles.

Con respecto a Cuba y la situación migratoria, esta historia tiene muchos más años y las razones están principalmente relacionadas con la calidad de vida y la aparición y creación de oportunidades para crecer económicamente en la isla. De esto se ha hablado durante años, en los que cientos de miles de cubanos han declarado en diferentes plataformas que salen de su país en busca de mejores oportunidades laborales, para poder ganar mejor y comprar una casa, asegurar una vida digna para sus padres, ayudar a sus familiares que se quedan en la isla para que tengan una vida más llevadera y un futuro mejor para sus hijos.

La travesía

Atravesar medio mundo como fórmula para huir de las distintas problemáticas que vienen azotando a países como Bangladesh, Ghana, Somalia, Djibouti o Yemen, tiene distintas variaciones y en ocasiones, unas son más caóticas que otras.

La ruta más lejana desde Bangladesh, tiene dos variaciones que son usualmente las más comunes. La primera, parte de Daca, capital bengalí, hacia Londres, donde se realiza la primera escala para luego volar hacia Madrid y después de la escala en España, finalmente se llega a Santa Cruz de la Sierra, una de las principales ciudades de Bolivia después de aproximadamente 25,5 horas de vuelo, sin contar el tiempo de las escalas en cada país. Eso se resume en 18.158 kilómetros recorridos y no se ha llegado hasta el primer punto de encuentro. La segunda variación de ruta sale de Chittagong, la segunda ciudad más grande de Bangladesh. Desde allí el vuelo va hasta Dubai, luego Sao Paulo y finalmente Cochabamba, también en Bolivia.

Este trayecto de casi 500 kilómetros es más largo e implica, como el primero, atravesar varios continentes dejando atrás todo para buscar un nuevo inicio. Desde Ghana, en la costa occidental de África, hay varias rutas por tomar, cada una más y más distinta que la anterior. La primera, desde Accra, su capital, hacia el distrito de Ikeja en Nigeria. Ya en Ikeja se toma un vuelo de casi siete horas hasta Doha, en Catar. De Doha se va hasta Sao Paulo, y de Sao Paulo hasta Brasilia en un viaje de más o menos 34 horas en avión. También hay rutas que hacen las personas de Yemen, Somalia, Angola y demás países, saliendo de Egipto o viajando por París.

Todas estas horas de vuelo son solo hasta Bolivia, o Brasil, al que llegan directamente los haitianos. En el caso de los cubanos, llegan desde La Habana a Georgetown, en Guyana. Algunos, no pocos, bajan hasta Uruguay o Paraguay y allí se establecen algunos meses, incluso algo más de un año para trabajar y recoger más fondos en una partida de difícil retorno en el que sus gastos mínimos rondan los tres mil dólares por persona. Entre coyotes, buses o guaguas, sobornos y robos de los que son víctimas. Y esa situación extenuante de estar en un avión, miles de kilómetros recorridos, son solo la primera parada de un denso y clandestino trayecto hasta las bocas del gigante y misterioso Darién.

Las rutas de migración para Haitianos, Cubanos, Aficanos y Asiáticos. Gráfica tomada de la Web.

El recorrido inicia en el primer ‘checkpoint’, en la frontera peruana con Brasil. Puerto Maldonado es el sitio en el que oficialmente inicia el camino del migrante por las carreteras, montañas y costas de la zona norte de América del Sur. Allí el primer control policial da la bienvenida a los migrantes con sobornos de entre cuarenta y sesenta dólares para que puedan seguir su camino sin mayores dificultades para atravesar Perú y llegar hasta Ecuador. Después de atravesar Perú durante más de dos días por las costas del Pacífico, los viajeros en medio de su cansancio y su clandestinidad esperan ansiosos y con nerviosismo por uno de los puntos más críticos de su viaje hacia el norte. En el Golfo de Guayaquil, frontera de Perú con Ecuador, la ciudad de Tumbes se convierte en una ‘zona roja’ que más que generar alivio por ser otra frontera que se cruza para llegar a su destino, genera una tensión extraña.

Raúl y Lency, una pareja de Cubanos varados temporalmente en Necoclí, cuentan que se conocieron por azares del destino. Ambos son nacidos en Camagüey. Raúl nació, creció, se formó y trabajó en Camagüey, mientras que Lency nació, creció y se fue para La Habana a formarse y trabajar. Raúl, profesor de deportes y actividad física en la Universidad de Camagüey “Ignacio Agramonte Loynaz” se encargaba de ayudar también a los estudiantes extranjeros con sus diligencias de internacionalización y apostillas. Lency, mientras tanto, trabajaba en La Habana tramitando papeles en la Embajada de Angola en Cuba y allí, durante un trámite que Raúl ayudaba a realizar a uno de sus estudiantes, la conoció y se enamoró. Al año de conocerse y empezar a salir, decidieron dejar su vida en la isla para buscar oportunidades económicas más estables y ambiciosas en Estados Unidos.

Raúl y Lency en el campamento de migrantes en las playas de Necoclí, Antioquia. Fotografía tomada por: Mario Toro.

Desde su salida de La Habana en 2018 hacia Paraguay, sus dos años allí y el recorrido hasta Necoclí, la experiencia en Tumbes ha sido la peor. “Desde que salimos de Lima todo estaba muy raro, un viaje que perfectamente dura veinte, veintidós horas, duró casi treinta porque el conductor de la guagua daba vueltas y paraba demasiado”. La idea de los nueve cubanos que iban camino hacia Ecuador, era cruzar la frontera a pie sobre las diez de la mañana, máximo el medio día y que pudieran arrancar de inmediato para Quito con otra persona que contratarían. Sin embargo, cuando iban llegando al punto en el que debían bajarse y caminar, casi a las cinco de la tarde, dos motos policiales dispararon cerca a las llantas del microbús que llevaba a Raúl, Lency y sus otros siete compañeros. Les pidieron cien dólares a cada uno para poder dejarlos continuar y les hicieron caminar casi una hora hasta unas plataneras por las que debían cruzar para poder llegar a suelo ecuatoriano. “Eso estuvo raro y pensamos que ahí se nos había acabado el viaje”, narró Lency quien busca en sus bolsillos un sol peruano que aún conserva de su paso por el territorio Inca.

Moneda legal en Perú. Fotografía tomada por: Mario Toro.

“Llegamos a las plataneras y empezamos a andar, no se veía nada porque ya nos había caído la noche, pero se escuchaban pasos, ruidos y vainas raras que pensamos era algún animal. Estábamos cansados”. Cuenta Raúl que casi saliendo de las plantaciones empezaron a sentir cómo se quebraban las ramas del piso y crujían las hojas. Pasos más y más cerca empezaban a rodearlos, como un ruido ensordecedor que aturde y allí, en medio de la nada, sintieron de todo. Niños, jóvenes y adultos armados con pistolas, palos y machetes estaban esperándolos, a diez minutos caminando del fin del matorral, un grupo de asaltantes les robó todo lo que llevaban encima. Según los testimonios que ellos mismos escucharon de sus semejantes que ya habían pasado por ahí, la policía avisa a los criminales y se sincronizan para cada uno ‘sacar tajada’ de aquellos que viajan asediados por la necesidad. “Nos robaron todo, hasta el poco ánimo que teníamos. No sé cómo fue que continuamos”. A los nueves cubanos que viajaban en ese grupo los dejaron sin nada, pues al no esperar que les fuese a suceder algo como eso, cargaban con el dinero que usarían para pagar el transporte que los llevaría hasta la frontera con Colombia.

En Colombia de sur a norte

Desde allí hasta Ipiales llegaron sin tropiezos, ni retrasos. En ese punto, a las afueras de la ciudad, se encontraban dos buses esperando al grupo de nueve y a otro grupo de diecisiete cubanos. El bus cobraba a cada uno de los pasajeros doscientos cuarenta dólares, lo cual daba una suma de dos mil ciento sesenta dólares, unos dos millones setecientos mil pesos colombianos. Sin embargo, entre todos los nueve alcanzaban a reunir mil novecientos diez dólares, debido al percance en Tumbes, lo cual los había dejado cortos de dinero. Afortunadamente un familiar de uno de los integrantes del grupo, desde Ecuador consignó al conductor lo restante para que el grupo pudiese seguir con su programación, mientras los familiares de los demás les consignaban desde Estados Unidos para que al llegar a Necoclí pudiesen retirar por Western Union.

Desde Ipiales el bus arrancó con todos los pasajeros sin dinero para comer con un viaje por delante de un tiempo de más o menos veinticuatro horas. A las doce horas de estar en carretera, en un restaurante de camino, el conductor se detuvo para que todos hicieran una parada al baño, y si podían, compraran algo para comer. En ese mismo punto estaban los otros diecisiete del otro bus y al ver que sus compatriotas no tenían nada para poder comprar o comer, decidieron reunir y le brindaron un plato de sopa para cada uno de aquellos a quienes veían en las mesas del restaurante comiendo algunas almendras que les quedaban.  Y con ese plato de sopa tras doce horas, siguieron el trayecto para llegar al destino y último punto de control antes de emprender su viaje por las entrañas de la selva del Darién, Necoclí, veinticuatro horas después.

Agotados debido al recorrido, agotados por la ansiedad, por el hambre y con el Western Union cerrado para poder hacer un retiro de dinero. Lency esa misma noche habló con su mamá, le contó entre silencios y sollozos, cómo estaba todo y que llevaba un día sin comer. Un oído ajeno le escuchó y llegó con comida para ella y sus compañeros. Gracias a ese gesto pudieron alimentarse y en distintas ocasiones los locales les brindaban una ayuda, un detalle, entendiendo lo que a este grupo de migrantes les quedaba por delante.

En Necoclí los migrantes se sienten libres. Algunos, especialmente los cubanos, dicen que es la parada más linda que han hecho hasta el momento en su andar. “Estas playas son lo más parecido a nuestros hogares”, se escucha decir en algunos comentarios. Allí, en esas costas de arena blanca y agua oscura pueden recordar lo que hace tiempo dejaron atrás, y cada golpe de las olas se convierten en un impulso para continuar su camino hacia el norte. Y en la ciudad antioqueña, la mayoría de los migrantes tienen su campamento justo al lado de la playa, a un par de metros del mar. En ese punto ya no existen nacionalidades y todos son viajeros.

Haitianos, africanos, cubanos, bengalíes y demás designan sus respectivos líderes para poder coordinar lo que viene para ellos, organizándose como hermandad para iniciar el que posiblemente sea el viaje más tortuoso de sus vidas. “A nosotros nos gustaría viajar con los africanos porque muchos dicen que ya no tienen nada que perder y defienden lo suyo en esa selva”,  dice Raúl, suspira y continúa: “allá nos han dicho casi todos los que han cruzado que a los ilegales nos atacan, nos roban y violan a nuestras mujeres. Si viajamos un grupo grande hay menos opciones que pasen esas cosas”.

Espacio donde habitan los migrantes. Fotografía por: Mario Toro.
Momento de descanso de los migrantes. Fotografía por: Mario Toro.

Cuando llegan a asentarse en las playas necoclicenses, se organizan entre semejantes para poder convivir con los suyos evitando así al máximo cualquier roce o diferencia cultural. En este caso particular, el rincón cubano al lado de una estructura de paredes blancas que aún se encuentra en construcción junto al muelle, se convierte en el punto de acogida para las reuniones de los líderes de los distintos países para poder sincronizar su caminata por los espesos caminos desde Colombia, hasta Panamá. Allí pasan días mientras la empresa de transporte que los pueden llevar hasta Capurganá o Sapzurro logran organizar el viaje para llevarlos. Sin embargo la pandemia ha suscitado problemas con las fechas y en ocasiones le han cambiado por completo el itinerario por horas, días e incluso semanas.

El 25 de marzo llegó a las empresas de transporte terrestre y fluvial del municipio, un comunicado que solicitaba a las mismas abstenerse de vender tiquetes o propiciar el ingreso a Necoclí de personas provenientes de otro continente entre los días 26 de marzo y 13 de abril. Uno de los empleados de El Caribe, una empresa local comercializadora de transporte marítimo y fluvial muestra en el celular el documento expedido por la Alcaldía y explica que más que intermediarios, ellos son simplemente un servicio.

“Nosotros lo único que hacemos es coordinar con los grupos de gente que llega y que quiere cruzar. Nos entendemos con las personas que hablen español en esos grupos, normalmente tienen traductores, a veces no pero hay unos que medio entienden y les vendemos el viaje igual que a todo el mundo, no buscamos sobreprecio” aseguró el empleado. Eso significaba para los migrantes un retraso de 19 días en los que tenían que dormir en carpas y cambuches improvisados por casi tres semanas a la orilla del golfo. Ansiosos. Abrumados. Esperando. Tras un silencio casi sepulcral, solamente adornado por el fuerte viento caribeño, Lency explica y desmiente lo que manifestaron desde El Caribe, pues esa solicitud de no venta a extranjeros lo único que causa, además de incertidumbre, es que lleguen las mismas empresas con precios mucho más altos a vender los tiquetes hasta Capurganá para que puedan arrancar.

“Nosotros usualmente pagamos los tiquetes en el katamarán en setenta dólares, pero con estos bloqueos llegan a cobrarnos hasta cien y ciento cincuenta por el mismo trayecto” asegura. A los nacionales por ruta -se les cobra ciento ochenta mil pesos, equivalente a cuarenta y nueve dólares aproximadamente, y sin embargo, “normalmente” a los extranjeros se les cobra casi veinte más como si se tratase de un cobro normal.

Y aún así, muchos de los viajeros prefieren pagar valores elevados para lograr viajar con celeridad. Es así como el martes 30 de marzo del presente año, aún con la prohibición emitida por el municipio de Necoclí, llegaba al puerto de Capurganá una embarcación llena con poco más de cuarenta extranjeros, cargados con maletas, botellones de agua y machetes.

Playa 1
Fotografía por: Mario Toro.
Fotografía por: Mario Toro.
Fotografía por: Mario Toro.

En ese grupo que arribó esa tarde de marzo en el puerto estaba Tikeh. De más o menos metro ochenta y cinco de estatura, de pie bajo el sol, solo y viendo el azul del mar chocoano, este ciudadano ghanés que no hablaba nada de español y lograba lo que podía con el inglés, contaba que huyó de su país porque “allá no hay comida”. Tomando su pasaporte con los dedos pulgar e índice de la mano izquierda dice que vino desde Ghana hasta Brasil y allí tomó bus hasta Colombia. Con la piel reseca y la ropa húmeda dice que desde ese puerto saldrá hacia el norte.

-¿Hasta dónde?-

-Hasta donde logre llegar- dice sin titubeos.

Sin soltar aún el pasaporte que lleva colgado al cuello en un plástico para evitar que se moje, resalta, “hasta donde pueda llegar”, no para de decir para explicar que su meta es Estados Unidos, sin importar qué o lo que implique a partir de ese punto lo que viene para ellos; una caminata de seis a siete días por el que para ellos más que tapón, es el trampolín del Darién.

Pasaporte de Ghana, país del golfo de Guinea en África Occidental. Fotografía por: Mario Toro.

Y así, después de haberles entregado sus equipajes, pasan el control del puerto y se les ve a todos, por una calle y al mismo tiempo por todas. Conociendo, comiendo, comprando, indagando como puedan. Pasan junto a la policía, a integrantes de la armada y nada sucede. Pasan y paran en los restaurantes frente a migración o los puestos de artesanías diagonal a la misma y es como si fuesen lugareños haciendo visita en su pueblo, lo recorren de esquina a esquina, para ir caminando por la vía que los lleva al cementerio de estatuas rotas y golpeadas por el paso del tiempo.

Cementerio de estatuas rotas y golpeadas. Fotografías por: Mario Toro.

Cerca a este toman un mototaxi que los van llevando por grupos hasta el lugar que marca el punto de partida donde empezará la travesía de días asfixiantes y noches perpetuas. Allí donde convergen los grupos delincuenciales, rutas de narcotráfico y caminantes agotados a los que diversas condiciones los convirtió en errantes, buscando refugio en países que no parecen su hogar, para luego llegar al vasto territorio de bandera de franjas y estrellas que, tras todo su esfuerzo se convertirá por fin en algo a lo que pueden llamar su casa.

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Fotoreportero Freelance y periodista para El Cuarto Mosquetero con interés en desarrollo de trabajo con comunidades indígenas. Usando el periodismo como herramienta para la reconstrucción histórica y de tejido social