Finalmente, sentado sobre una banca, solitario y distraído, encontré al hombre que me relataría la evolución en la historia de Cumaral.

Un cielo grisáceo que se extendía más allá del horizonte evidenciaba unas cuantas nubes cargadas, a punto de liberar aquel líquido vital que en ocasiones paraliza a Villavicencio, pues muchos huyen de la lluvia, las alcantarillas colapsan y la energía se va, dejando entre las penumbras a gran parte de la ciudad.

Sin embargo, ese cuatro de noviembre no se manifestó nada más que algunas lloviznas que por fortuna no estropearon mi viaje, pues recorrí los 26 kilómetros que llevan desde Villavicencio hasta Cumaral, conocida como la capital mundial de la Mamona, a bordo de una motocicleta conducida por Dubán, mi hermano, quien sin problema alguno accedió a llevarme hasta allí.

No es que la lluvia me moleste, por el contrario la disfruto, pero de haber viajado a la intemperie de furiosas tempestades, habría sido nebuloso, no solo para mi salud y la de mi hermano, -sin contar la alta posibilidad de un accidente de tránsito- sino para mi labor periodística, pues lo más probable era que no encontraría a nadie en las calles, quizá todos estarían en sus hogares, resguardándose del agua.

El viaje duró poco más de media hora y alrededor de las 2:00 p.m. arribamos al pueblo, la tarde estaba fresca y aunque el cielo mantenía aquel tono gris la advertencia de lluvia parecía inexistente. El hambre se apoderaba de Dubán y yo, por lo que lo primero que hicimos, fue buscar un restaurante y tan pronto vimos el indicado ubicado al frente del parque Central, mi hermano parqueó la moto cerca al establecimiento.

Ingresamos al lugar, él pidió pechuga a la plancha, yo preferí un churrasco. Una vez estuvimos satisfechos, nos dirigimos al parque antes mencionado, pues según me había comentado una de las meseras del restaurante, allí se sentaban los ‘viejitos’ con frecuencia y ellos me podrían hablar sobre el municipio.

  El parque Central de Cumaral fue fundado en 1901 en el Esquema de Ordenamiento Territorial y aparece con la modalidad de conservación histórica por su antigüedad. Allí, me acerqué a varias personas que con mirada confusa y en ocasiones incomoda, me decían que no sabían nada sobre el pueblo. La situación empezaba a resultarme decepcionante ¿Cómo es que ninguno de sus habitantes podría relatarme sobre el pueblo? Bien, podría hacer la fácil y buscar información en internet pero ¿Qué sentido tendría? Ya estaba ahí y aún quedaba a quienes preguntar. Quería conocer sobre la historia del lugar de boca de alguien que la haya vivido y sufrido en carne propia.

Finalmente, sentado sobre una banca, solitario y distraído, encontré al hombre que me relataría la evolución en la historia de Cumaral. Con ojos decaídos y arrugas que marcaban el peso de los años, José Antonio Buitrago, me contó que es oriundo de Medina, Cundinamarca, pero llegó al caserío Guacavía cuando tenía 10 años de edad, es decir, hace 67.

Don José ya no trabaja, pues hace un tiempo se pensionó de una palmera, además que estuvo toda su vida dedicado al campo. Su vestimenta lo comprueba, un sombrero café, un pantalón clásico, una camisa simple y unas cotizas, mostraba su sencillez, esa que caracteriza al campesino.

“En ese tiempo el pueblo no era nada”, comenzó don José, quien al paso de su relato, rebobinaba sus recuerdos, trayendo imágenes del pasado a su mente. El hombre me comentó que antes, en el parque Central había una gran mata de bambú y que en una esquina del lugar, había un amarradero en el que los campesinos ataban las mulas y los caballos que traían cargamento de madera acerrada y alimentos agrícolas. También comentó que la ganadería, siempre ha sido parte de la economía del pueblo.

En Cumaral había unas pocas casas con techos de zinc y paredes de tierra que luego eran pañetadas con barro batido, el anciano afirmó que aún hay ese tipo de casas en el pueblo. Antes no había carreteras, eran solo trochas y cada cuanto llegaba un bus de una empresa que se llamaba Guayuriba, por lo que era complicado viajar.

La manera en la que antes los hogares podían obtener agua, era mediante un hoyo que había en un lugar donde actualmente hay una cancha de futbol, allí se levantaba un tanque alto y se bombeaba el líquido para las casas. En cuanto a la energía, a la entrada del pueblo, donde están los asaderos, en una carpintería, había una planta con un motor caterpilar el cual encendían desde las 6:00 a.m. y apagaban hasta las 9:00 p.m. recordó Buitrago.

El pueblo pasó por dos épocas de violencia, pero la que más recuerda don José es la que se desató a causa de los políticos, pues por la diferencia de ideologías, “unos con otros se mataban”, señaló.

Para el veterano, lo que le falta a Cumaral, es una buena administración, pues el pueblo, según él, lleva 12 años de ruina. “Antes esto era muy bonito, ahora esta descuidado”, mencionó el hombre.

No obstante, don José, aseguró sentirse orgulloso del lugar que durante gran parte de su vida le ha acogido y señaló que hay muchas razones para visitar Cumaral, pues la gente es amplia y caritativa, el clima es acogedor y el que llegue será bien recibido, puntualizó él.

Una vez terminé mi conversación con él, le di un fuerte apretón de mano y le agradecí el haberme brindado unos minutos de su tiempo, él sonrió, sus comisuras se elevaron en un gesto sincero, parecía feliz de haberme contado lo que recordaba de su querido pueblo.

Yo igualmente, estaba satisfecha por lo que había aprendido, aquel hombre no tenía idea del valor que su relato significaba para mí. Después continúe mi recorrido y fotografié algunos lugares, mi hermano se mantuvo siempre a mi lado, como un curioso observador.

Al retornar hacía Villavicencio, antes de salir del pueblo, en uno de los asaderos,  me percaté de que un grupo de música llanera, alegraba a los clientes de ese restaurante. Dudé un poco en bajarme de la moto e ir a fotografiarle, pero Dubán finalmente me convenció. Era la única tomando fotos; de la nada llegué, me ubiqué frente a ellos y capturé algunas imágenes, los interpretes me miraban extrañados pero luego sonreían para las fotografías, parecían contentos de ser objeto de atención de una completa desconocida que a simple vista parecía no tener gusto alguno por la cultura llanera y se equivocaban … el arraigo que aún mantienen las costumbres de esta región con sus habitantes, me llena de un orgullo ajeno pues aunque no nací aquí, he aprendido a sentirme como una llanera más.

Tras la pequeña interrupción, continuamos el camino, ya el cielo estaba despejado, un aclarado azul se refundía entre espesas y dispersas nubes blancas. Llegué a mi casa con un pequeño sinsabor, me habría gustado poder conversar con otras personas pero no es fácil ‘entrarle’ a la gente de buenas a primeras, una labor así requiere tiempo y dedicación, dos aspectos que me son impedidos por ahora. No obstante, espero volver a esa tierra y seguir descubriendo su pasado y lo que esconde su futuro.

Comunicadora social y periodista, con experiencia en prensa escrita, comunicación institucional y trabajo con comunidades vulnerables desde el enfoque de la participación política, defensa del territorio y comunicación para el cambio social.