Hoy me desperté tarde para salir al trabajo. Como cada mañana, me vi en el espejo, me di una ducha, me cepillé los dientes y me tomé el café de afán. No sabía muy bien si durante la noche había llovido, pero los vidrios del apartamento estaban empañados a pesar de que el sol alumbraba con intensidad. Una vez afuera: los pitos de los carros, los tacones apresurados, la necesidad de esquivar las baldosas rotas que almacenan agua y parecen una mina antipersonal, y, como nunca, los policías con sus chalecos fosforescentes agrupados en varias esquinas.

Estamos en un ambiente tenso en Colombia. Hace poco vi un video por el que convocan a marchar este 21 de noviembre en Villavicencio. La mayoría son falacias. La mayoría de los argumentos que esbozan: Colpensiones, menos salario para los jóvenes, entre otras, son noticias que carecen de realidad. Más allá de los proyectos de ley que ha introducido el Centro Democrático en el Congreso, no hay más acción política al respecto.

Sin embargo, hoy ya un poco más caliente y a mitad de camino hacia el trabajo, después de haber visto en las noticias titulares como: toques de queda, acuartelamiento, cierre de fronteras, helicópteros sobre el espacio aéreo de Bogotá, y lo que rebosó la copa, la noticia de que la Policía Nacional está realizando allanamientos a viviendas de grupos que apoyan la marcha, comprendí una cosa y también una razón suficiente para salir a marchar: que el Presidente Duque tiene miedo.

Miedo porque en Latinoamérica las protestas crecen producto de un descontento que viene de años. De la cruda realidad de la desigualdad que han soportado los más pobres y la clase media, y que nos pone en las estadísticas como el segundo país más desigual de América Latina. Miedo, además, porque ahora que ya no hay una excusa o alguien a quien culpar de los males de Colombia, todo el peso recae sobre el gobierno (como siempre ha debido ocurrir). Los bombardeos, el asesinato de niños, los delitos cometidos por el Ejército Nacional, la corrupción de las fuerzas militares, el acercamiento de los medios de comunicación a las zonas rurales, son hechos que sin el proceso de paz no estarían en evidencia el día de hoy.

Quizás eso es lo que les duele: que la desigualdad, la pobreza, la poca inversión en el campo, los escasos recursos destinados a educación, la corrupción en la infraestructura, en las fuerzas militares, la violencia de los ciudadanos, la violación de niños, el asesinato de líderes, indígenas, biólogos, todos, absolutamente todos, estaban siempre en el costal que ponían sobre los hombros de las FARC. ¿Violamos niños? Sí, las FARC. ¿Matamos líderes? Sí, las FARC. ¿Hay corrupción? Es culpa del narcotráfico de las FARC. ¿Hay poco dinero para educación? Claro, hombre, el dinero es para la seguridad y para darle frente a las FARC.

La triste realidad, y que fue en parte uno de los argumentos por los que apoyé un proceso de paz que no garantizaría la paz; es porque sabía que las excusas se irían agotando. Acá seguimos matando, violando, destinando más dinero para la guerra y robando más dinero en la corrupción. La buena noticia (si a eso se le puede llamar buena) es que esta vez no hay a quién culpar, sino ponerse la mano en el pecho y reconocer que los más de 60 años de conflicto interno no ha sido por culpa de los grupos insurgentes, ha sido y siempre será de un gobierno ineficiente, que desde que surgió este país, no ha repartido la tierra como debe ser.

Por eso yo saldré a marchar este 21 de noviembre. Por eso creo que las FARC, en el buen sentido que he dado durante esta columna, sí infiltraron las marchas del 21 de noviembre: dejaron de ser el culpable de todos los males de Colombia. Si usted quiere conocer más motivos para marchar este 21 de noviembre, puede visitar la nota, también publicada aquí en El Cuarto Mosquetero.

Abogado de la Universidad Libre de Colombia y estudiante de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente escribo columnas de opinión, y un libro sobre la identidad en los llanos orientales colombianos.