Villavicencio es una ciudad de cosas inadvertidas. Es una ciudad de gatos callejeros y palomas que se cagan sobre las mesas del Centro Comercial Viva, de Palmeras Bismarck explayadas como la palma de una mano a todo lo largo de la carrera 40, interrumpidas, en toda la mitad, por una corocora roja a la que han cambiado de posición tres veces injustificadamente y de la que dicen los taxistas que si se le mira de perfil parece un arpa. A pocos metros de la corocora, o del arpa, —ya ni sé qué es— hay un parque al que la mayoría de nosotros no le conocemos el nombre, pero que llaman Guayuriba.

Villavicencio es una ciudad para los amantes del sol y de los datos curiosos. Las Palmeras Bismarck son auténticas de Madagascar, más resistentes al fuego que otro tipo de palmeras o plantas, porque los agricultores de Madagascar, al igual que los de Villavicencio, les gusta quemar la tierra para después cultivarla de manera más fácil. Palmeras que resistieron al fuego de Madagascar y ahora, sorprendentemente, también resisten encabritadas el sol del mediodía de esta ciudad.

Cuando se pasa por el parque Guayuriba ya no se siente tanto el sol. Al menos para los que van en carro o en moto, porque es solo allí donde el trancón del Siete de Agosto, del Barzal, o de Villacentro, termina y permite que entre un poco de viento por las ventanas del carro. Pero frente al parque el viento depende del mes. Si es agosto, por ejemplo, el aire fresco de una vía intransitada pasa a ser el aceite requemado de los chicharrones carnudos o el humo de las mazorcas untadas de mantequilla, que se vende a cuatro mil pesos al papá de un niño que lleva la tarde entera halando un nylon y rogando al cielo que no llueva. Si es enero, por poner otro ejemplo, el viento desaparece y el trancón del que uno acaba de salir se queda corto en comparación con el que se forma para salir hacia Bogotá. Entonces, los vendedores de mazorcas y chicharrones se cambian de camisa y venden algodones de azúcar, gaseosa, agua, arepas, empanadas, empacado todo en un termo de icopor que nunca enfría un carajo. Y si es cualquier otro mes, uno en el que no están elevando cometas o saliendo centenares de turistas de Villavicencio, entonces el aire libre del parque Guayuriba llega con el aroma selvático de los que se fuman y venden un porro de marihuana.

Cuando el tráfico disminuye y casi todos duermen, algunos zorros bajan de la cordillera oriental y escarban la basura que sale del Sena. Los policías, taxistas, vigilantes y recolectores de basura los ven… no por mucho tiempo. Los gatos y perros vagabundos, por el contrario, prefieren los Tiger 24 horas, a la espera de que algún borracho les tire un pedazo de pan, o el familiar expectante afuera del hospital departamental decida desahogarse con aquel animal en huesos.

Mientras tanto, varios jóvenes apuestan en los casinos del Parque del Hacha y los del Centro Comercial Viva, Villacentro, Llanocentro, Unicentro, y todos los sustantivos terminados en centro, tienen un establecimiento abierto al público en general (pero sobre todo abierto a aquel que decidió no ir esa noche de rumba, o de billar, o de putas; necesitado, al fin y al cabo, de una distracción o adicción) bien atendido y que día a día le quita más de ochenta millones de pesos al azar. Están también las parejas que prefieren evitar la calle y van a ver una película al Cine Colombia, que lleva más de ocho meses con un aviso chistosísimo y triste a la vez, en el que anuncian que no hay hielo ni gaseosa porque la ciudad presenta desabastecimiento de agua, y que los ha llevado a lograr una equidad extraña entre distintos tamaños y precios de gaseosa: la grande, la mediana y la pequeña, es siempre una botella plástica de 400ml. Mientras tanto, el cine Marandúa del Parque de los Centauros está con las sillas roídas por los ratones.

Cuando amanece, atardece, anochece y vuelve a amanecer, llueve inesperadamente en Villavicencio. El cielo parece desgajarse en goterones que inundan la mayoría de las vías: el inclinado que viene de Acacías, para entrar al Parque de los Fundadores, se inunda e impide totalmente el paso de los vehículos (¿cuántas veces se han varado busetas intrépidas allí?), la variante de la 40 en su salida hacia Bogotá se convierte en un lago barroso que se desborda por los sardineles de la vía. Cuando llueve en Villavicencio el tráfico de carros es lento, las citas se incumplen y la gente se agrupa afuera de los andenes de los bancos. Los huecos se llenan de agua y en su reflejo no permite que el conductor esquive los más de doscientos huecos con los que uno se encuentra. Jueputa, alcanza uno a escuchar. O lo dice uno, con furor, con el ardor en la cabeza que da a las 8 de la mañana porque hay que apretar el freno cada cincuenta metros para pasar los trescientos reductores que pusieron en el Barzal.

En fin, un día lluvioso es un día resplandeciente para los vendedores de sombrillas y sombreros, pero malo para las mujeres que acaban de salir del salón de belleza. Podríamos decir que la lluvia también es un mal día para los manifestantes, pero hace rato que en Villavicencio no se les ve por ningún lado.

En Villavicencio, durante la mayor parte del día se escucha el incesante y sordo ruido de las llantas sobre la plancha de hormigón con la que construyeron el puente que atraviesa el río Guatiquía. El puente nunca está completamente quieto. Tiembla. De vez en cuando algún accidente ocurre y una persona salta o sale disparada por andar adelantando donde no debía. Pocas de las personas que lo cruzan se percatan de las columnas de humo que suben desde la orilla sur del río, con el verde esmeralda de las lonas con que intentan encontrar refugio los que lo intentaron y no lo lograron. No saben, ni los que atraviesan el puente, ni los que ven el mismo desde abajo, que el río Guatiquía, ahora de tres brazos, antes solo uno, era capaz de inundar toda esa tierra hasta la vereda del Cairo.

Agradecen intuitivamente los habitantes que viven cobijados por lonas verdes que construyeran Chingaza y ahora solo quede el triste hilo de agua que fluye día a día bajo el puente. Era precisamente por ahí, por la parte sur del río, por donde llegaban los llaneros del oriente colombiano, en busca de una tienda de alquiler de ropa para cambiarse sus harapos, pues se avergonzaban del olvido en el que estaban, y preferían alquilar una camisa y un pantalón antes que acercarse de ese modo a la plaza de mercado.

Villavicencio es una ciudad en movimiento, cuenta con 531.275 habitantes, de los cuales 13.972 son analfabetas. Capital del Departamento que más explota petróleo en Colombia. La puerta del llano. La ciudad con el mayor crecimiento porcentual de la población en Colombia (39,7%) y una ciudad de muchas otras cosas inadvertidas.

Abogado de la Universidad Libre de Colombia y estudiante de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente escribo columnas de opinión, y un libro sobre la identidad en los llanos orientales colombianos.