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Una noche en Becerril, el feminicidio de Sayuris Nayleth y el peso de decir “no”

El feminicidio de Sayuris Nayleth García me hizo volver a una noche que viví hace ocho años en Becerril, Cesar. Lo que durante mucho tiempo consideré una anécdota incómoda hoy lo entiendo como una expresión de una violencia que demasiadas veces aprendimos a minimizar.

En 2018 dejé Villavicencio para irme a vivir cinco meses a Becerril, Cesar. Esa mudanza temporal fue parte de Manos a la Paz, un programa que llevaba a estudiantes universitarias a realizar sus prácticas profesionales en municipios afectados por el conflicto armado.

En Becerril escuché muchas veces hablar de Aguachica, un municipio ubicado a unas tres horas de distancia.

Recientemente volví a saber de Aguachica, porque allí fue asesinada Sayuris Nayleth García el pasado 1 de agosto. De acuerdo con las versiones preliminares conocidas hasta ahora, un hombre se acercó a invitarla a bailar. Ella se negó. Él discutió con ella y, cuando estaba por retirarse del lugar, sacó un arma de su bolso y le disparó antes de huir.

Hoy el caso ya tiene un presunto responsable identificado y privado de la libertad. Ender José Botello, de 43 años, se presentó voluntariamente ante el CTI el 11 de agosto y fue judicializado por el asesinato de Sayuris. La Fiscalía le imputó los delitos de homicidio agravado y porte ilegal de armas, cargos que aceptó. Un juez de control de garantías ordenó su reclusión en un establecimiento carcelario mientras avanza el proceso. Además, la Fiscalía presentó videos de las cámaras de seguridad del establecimiento, que hacen parte de las pruebas con las que reconstruyó los momentos previos al ataque.

Cuando me enteré del feminicidio de Sayuris, regresé mentalmente a una noche en Becerril. Apenas llevábamos unos días en el municipio cuando varias compañeras de Manos a la Paz decidimos salir a una discoteca.

Nos sentamos en una mesa y, al poco tiempo, llegó un grupo de hombres a invitarnos a bailar. Al principio intentamos ser amables y mantener distancia. Después decidimos hacer un círculo para bailar entre nosotras, pero ellos se metían una y otra vez. Finalmente volvimos a sentarnos.

La respuesta al rechazo fue insultarnos y empezar a lanzarnos agua. Decidimos irnos a otra discoteca para evitar que la situación escalara.

Pensamos que allí terminaría todo. Pero no fue así. Un hombre me sacó a bailar y acepté. Al poco rato me agarró de la mano e intentó sacarme de la discoteca a la fuerza. Un compañero de la Alcaldía de Becerril, donde hacíamos nuestras prácticas, intervino y logró que me soltara. El hombre se fue del lugar notablemente molesto.

En nuestro caso, la violencia concluyó ahí. En el de Sayuris terminó en un feminicidio. Pero ambas escenas nacen de la incapacidad de los hombres de aceptar que una mujer tiene derecho a decir «no».

Ese es el problema de fondo. Porque decir «no» rara vez es tan sencillo como parece. Muchas mujeres aprendimos que un rechazo puede desatar insistencia, humillaciones, agresiones o algo peor. Otras veces aceptamos un baile para evitar una reacción violenta, sonreímos por incomodidad o nos paralizamos cuando alguien invade nuestro espacio. 

Y cuando la violencia ocurre, las preguntas casi siempre recaen sobre nosotras: 

¿por qué aceptó bailar?

¿por qué no se fue?

¿por qué no gritó?

¿por qué no se defendió? 

Casi nunca se pregunta por qué un hombre creyó que tenía derecho a castigar una decisión que no le gustó.

Y esa incapacidad para asimilar un «no» no es anecdótica. También se refleja en las cifras.

Entre el 1 de enero y el 30 de junio de 2026, la Defensoría del Pueblo reportó 30 feminicidios consumados, 154 tentativas de feminicidio y 184 noticias criminales relacionadas con este delito en Colombia.

La gravedad de la situación llevó a que el 24 de julio de 2026 la Defensoría emitiera una alerta pública tras cinco feminicidios cometidos con extrema crueldad en distintas regiones del país durante una misma semana. En ese pronunciamiento, la entidad pidió a las autoridades investigar posibles conexiones con economías ilegales o redes criminales y cuestionó la efectividad de las medidas de protección para las mujeres que denuncian las violencias antes de que sea demasiado tarde.

Por eso resulta tan preocupante escuchar que el feminismo «ya no es necesario» o que las mujeres «ya tienen los mismos derechos». Porque mientras una mujer pueda ser asesinada por negarse a bailar, por terminar una relación, por rechazar una propuesta o simplemente por decidir sobre su propia vida, la igualdad seguirá siendo una promesa incompleta.

El feminismo no nació para enfrentar a hombres y mujeres. Nació porque durante siglos las mujeres han tenido que luchar para que su voluntad sea reconocida como suficiente. Para que un «no» no necesite explicación. Para que no implique un riesgo.

En aquella noche no volví a pensar demasiado durante los últimos años. Así fue hasta que supe el caso de Sayuris Nayleth. Entonces entendí, con escalofríos, que la distancia entre una historia y otra no se mide en los kilómetros que separan a Becerril de Aguachica, sino en el desenlace de una misma violencia.

Y hoy, cuando el conservadurismo gana terreno en muchos países, Colombia no es ajena a esa realidad. La llegada al poder de Abelardo de la Espriella despierta preocupación entre quienes hemos defendido los derechos de las mujeres. Así que, recordar por qué existen estas luchas no significa quedarse anclada en el pasado, sino proteger lo conquistado y seguir construyendo un futuro libre de violencias machistas.