
Mujeres campesinas de Tangua: lideresas de la transición agroecológica en Nariño
Escrito por: Nevy Delgado
@nevy_delgado
En las montañas del municipio de Tangua, Nariño, un grupo de mujeres ha decidido enfrentar los efectos devastadores que el uso intensivo de agrotóxicos ha dejado en sus cultivos durante décadas. A través de la agroecología, impulsan prácticas orientadas a proteger la salud comunitaria, recuperar los suelos y fortalecer la soberanía alimentaria. De este modo, se han convertido en las protagonistas de una transformación que entrelaza el cuidado del medio ambiente con nuevas formas de organización social y económica.
Desde hace 12 años, Milena Erazo y su familia se dedican al cuidado de especies nativas de flora en el Vivero El Martín, ubicado en la vereda Marqueza Alta. El trabajo en esta reserva promueve la conservación de los páramos y de los ecosistemas altoandinos, ya que permite la supervivencia de árboles, arbustos y flores amenazados tanto por la expansión de la frontera agrícola como por la aplicación de agrotóxicos en el suelo. El vivero se fortalece cada vez que Milena y su familia comparten su experiencia, conocimientos y sueños con otras personas del territorio. Su clara vocación como defensora ambiental se refleja en las prácticas agroecológicas que implementa para mantener el vivero, tales como el uso de abonos orgánicos y el cultivo de una huerta casera que garantiza la soberanía alimentaria familiar. A lo largo de su trayectoria, ha logrado sumar a otras familias y vecinos a esta misión de cuidar el planeta; fruto de esta inspiración nació el colectivo Mujeres Protectoras de la Vida, integrado por campesinas, lideresas ambientales y juventudes rurales.
@nevy_delgado
En las montañas del municipio de Tangua, Nariño, un grupo de mujeres ha decidido enfrentar los efectos devastadores que el uso intensivo de agrotóxicos ha dejado en sus cultivos durante décadas. A través de la agroecología, impulsan prácticas orientadas a proteger la salud comunitaria, recuperar los suelos y fortalecer la soberanía alimentaria. De este modo, se han convertido en las protagonistas de una transformación que entrelaza el cuidado del medio ambiente con nuevas formas de organización social y económica.
Desde hace 12 años, Milena Erazo y su familia se dedican al cuidado de especies nativas de flora en el Vivero El Martín, ubicado en la vereda Marqueza Alta. El trabajo en esta reserva promueve la conservación de los páramos y de los ecosistemas altoandinos, ya que permite la supervivencia de árboles, arbustos y flores amenazados tanto por la expansión de la frontera agrícola como por la aplicación de agrotóxicos en el suelo. El vivero se fortalece cada vez que Milena y su familia comparten su experiencia, conocimientos y sueños con otras personas del territorio. Su clara vocación como defensora ambiental se refleja en las prácticas agroecológicas que implementa para mantener el vivero, tales como el uso de abonos orgánicos y el cultivo de una huerta casera que garantiza la soberanía alimentaria familiar. A lo largo de su trayectoria, ha logrado sumar a otras familias y vecinos a esta misión de cuidar el planeta; fruto de esta inspiración nació el colectivo Mujeres Protectoras de la Vida, integrado por campesinas, lideresas ambientales y juventudes rurales.

La pertinencia de estas iniciativas es innegable frente a los antecedentes de la región. De acuerdo con el estudio de Idrovo sobre intoxicaciones masivas por plaguicidas en Colombia, en 1977 se registró en Pasto, Nariño, un episodio que dejó más de 300 personas intoxicadas, de las cuales 120 requirieron hospitalización y 15 fallecieron. Este evento se atribuyó al uso de metil paratión e insecticidas empleados para controlar plagas masticadoras como la polilla de la papa. Ante el creciente riesgo alimentario y ambiental que el uso de agrotóxicos ha provocado en el departamento desde la década de 1970, diversas mujeres de Tangua se han organizado para promover la agroecología. Ellas ven en esta disciplina una ciencia capaz de transformar la participación social, garantizar la sustentabilidad ambiental y lograr un equilibrio entre la economía y la soberanía alimentaria.
La resistencia a la «pobreza de tiempo»
Tangua, ubicado en la subregión centro de Nariño, es conocido como un territorio de “tanta agua”. Allí habitan comunidades campesinas e indígenas en dos sectores de gran importancia para la biodiversidad. Al oriente, se encuentra el Complejo Regional de Páramos Ovejas Tauso, que abarca 15.000 hectáreas (ha), de las cuales 7.843 pertenecen a Tangua y el resto se distribuye entre los municipios de Pasto y Funes. Por su parte, el norte del municipio forma parte del Santuario de Flora y Fauna Galeras (SFFG), declarado por Parques Nacionales Naturales de Colombia en 1985. Esta reserva tiene una extensión total de 7.615 ha, de las cuales 746 se ubican en la zona norte de Tangua, específicamente en las veredas Los Ajos y Marqueza Alta.
Según datos del DANE (2025), Tangua registra 14.662 habitantes, distribuidos casi a la par: 50,9% mujeres (7.466) y 49,1% hombres (7.196). Pese a esta equidad poblacional, subsiste una marcada brecha de género en la vocería y dirección de las iniciativas locales. Históricamente, la tradición ha reservado dichas posiciones para los varones, limitando la participación de las campesinas en los escenarios de deliberación debido a su falta de tiempo.
Sobre ellas recae, de forma exclusiva, la atención de especies menores (cuyes, gallinas, cerdos, conejos), el mantenimiento de la huerta y la crianza de hijas, hijos y nietos. Sus agotadoras rutinas abarcan labores de cuidado como el lavado de ropa y la elaboración de hasta cinco comidas diarias, destinadas tanto a la familia como a los jornaleros que asisten al jefe de hogar en la agricultura. En contraste, tras concluir sus faenas productivas con la tierra o el ganado, los hombres disponen de mayor autonomía para asistir a las reuniones comunitarias.
Esta doble jornada y el triple rol asignado a las campesinas restringen drásticamente sus momentos de autocuidado -como el ejercicio físico, el descanso y la recreación-; un fenómeno catalogado como «pobreza de tiempo» por el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) y ONU Mujeres (2015). Frente a este panorama, lideresas de Tangua como Lizeth Martínez desafían dicha adversidad apoyándose en sus propias aptitudes y habilidades.
Tangua, ubicado en la subregión centro de Nariño, es conocido como un territorio de “tanta agua”. Allí habitan comunidades campesinas e indígenas en dos sectores de gran importancia para la biodiversidad. Al oriente, se encuentra el Complejo Regional de Páramos Ovejas Tauso, que abarca 15.000 hectáreas (ha), de las cuales 7.843 pertenecen a Tangua y el resto se distribuye entre los municipios de Pasto y Funes. Por su parte, el norte del municipio forma parte del Santuario de Flora y Fauna Galeras (SFFG), declarado por Parques Nacionales Naturales de Colombia en 1985. Esta reserva tiene una extensión total de 7.615 ha, de las cuales 746 se ubican en la zona norte de Tangua, específicamente en las veredas Los Ajos y Marqueza Alta.
Según datos del DANE (2025), Tangua registra 14.662 habitantes, distribuidos casi a la par: 50,9% mujeres (7.466) y 49,1% hombres (7.196). Pese a esta equidad poblacional, subsiste una marcada brecha de género en la vocería y dirección de las iniciativas locales. Históricamente, la tradición ha reservado dichas posiciones para los varones, limitando la participación de las campesinas en los escenarios de deliberación debido a su falta de tiempo.
Sobre ellas recae, de forma exclusiva, la atención de especies menores (cuyes, gallinas, cerdos, conejos), el mantenimiento de la huerta y la crianza de hijas, hijos y nietos. Sus agotadoras rutinas abarcan labores de cuidado como el lavado de ropa y la elaboración de hasta cinco comidas diarias, destinadas tanto a la familia como a los jornaleros que asisten al jefe de hogar en la agricultura. En contraste, tras concluir sus faenas productivas con la tierra o el ganado, los hombres disponen de mayor autonomía para asistir a las reuniones comunitarias.
Esta doble jornada y el triple rol asignado a las campesinas restringen drásticamente sus momentos de autocuidado -como el ejercicio físico, el descanso y la recreación-; un fenómeno catalogado como «pobreza de tiempo» por el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) y ONU Mujeres (2015). Frente a este panorama, lideresas de Tangua como Lizeth Martínez desafían dicha adversidad apoyándose en sus propias aptitudes y habilidades.

Radicada en la vereda El Cebadal (a 15 minutos del casco urbano), ella es psicóloga con enfoque social, responsable junto a su familia de la huerta y protectora tanto de las semillas como de la historia y la voz femenina. Además, coordina el Nodo Agroecológico de Tangua, una agrupación mixta diseñada para promover el aprendizaje popular. Desde 2019, su perseverancia ha impulsado la convergencia de diversas organizaciones locales, estimulando un intercambio de saberes que nutre el entendimiento de la agroecología y entrelaza la conservación ambiental con el arte de hilar la palabra. Sumado a ello, dirigió la producción del cortometraje Miradas que fluyen con el agua -respaldado por el Ministerio de las Culturas-, orientado a consolidar el sentido de pertenencia de las nuevas generaciones en defensa de los recursos hídricos. Su amplio recorrido abarca igualmente la gestación de la Escuela Popular Ambiental en 2022 y la fundación del Laboratorio Creativo Somos Semilla en 2025, un escenario concebido para congregar a la juventud de distintos sectores del territorio.
Tejiendo redes intergeneracionales para proteger el agua
Para estas lideresas es un motivo de gran orgullo conectarse con otras mujeres que, desde diferentes artes, apoyan el cuidado de la naturaleza y promueven la agroecología. Esta red de apoyo encuentra eco en el medio de comunicación feminista digital LatFem (con sede en Argentina) y en el estudio Mujeres y Agroecología, un camino hacia la soberanía alimentaria. Dicha investigación revela que «en los distintos testimonios sobresale la importancia de la organización colectiva y la formación política como herramientas de lucha». Asimismo, resalta que estas organizaciones promueven la realización de talleres, espacios de contención y la socialización de saberes, lo que fomenta el arraigo rural y fortalece el tejido de las redes comunitarias.
La urgencia de mejorar la gobernanza y la territorialidad en Tangua ha impulsado procesos educativos y comunitarios que atraen el interés genuino de las nuevas generaciones. Un ejemplo destacado es Esmeralda Merchancano, una joven lideresa de 18 años que forma parte de La Familia del Agua, una iniciativa impulsada por la Fundación Grupo Social para conocer y defender los recursos hídricos locales. Este proyecto busca el fortalecimiento a largo plazo del municipio mediante cinco estrategias integrales que abarcan los ámbitos económico, cultural, ambiental, educativo y de conservación. Esmeralda ha llevado la voz de la agroecología a espacios de diálogo nacionales, combinando su perspectiva de estudiante universitaria con sus profundas raíces campesinas. Actualmente, tiene la iniciativa de sembrar un bosque comestible junto con su familia, una técnica revolucionaria que integra saberes agroecológicos, restauración ecológica y el objetivo de construir soberanía alimentaria. Sin duda, es una de las semillas que los procesos comunitarios están viendo germinar para la defensa de las montañas del norte de Tangua.
Para estas lideresas es un motivo de gran orgullo conectarse con otras mujeres que, desde diferentes artes, apoyan el cuidado de la naturaleza y promueven la agroecología. Esta red de apoyo encuentra eco en el medio de comunicación feminista digital LatFem (con sede en Argentina) y en el estudio Mujeres y Agroecología, un camino hacia la soberanía alimentaria. Dicha investigación revela que «en los distintos testimonios sobresale la importancia de la organización colectiva y la formación política como herramientas de lucha». Asimismo, resalta que estas organizaciones promueven la realización de talleres, espacios de contención y la socialización de saberes, lo que fomenta el arraigo rural y fortalece el tejido de las redes comunitarias.
La urgencia de mejorar la gobernanza y la territorialidad en Tangua ha impulsado procesos educativos y comunitarios que atraen el interés genuino de las nuevas generaciones. Un ejemplo destacado es Esmeralda Merchancano, una joven lideresa de 18 años que forma parte de La Familia del Agua, una iniciativa impulsada por la Fundación Grupo Social para conocer y defender los recursos hídricos locales. Este proyecto busca el fortalecimiento a largo plazo del municipio mediante cinco estrategias integrales que abarcan los ámbitos económico, cultural, ambiental, educativo y de conservación. Esmeralda ha llevado la voz de la agroecología a espacios de diálogo nacionales, combinando su perspectiva de estudiante universitaria con sus profundas raíces campesinas. Actualmente, tiene la iniciativa de sembrar un bosque comestible junto con su familia, una técnica revolucionaria que integra saberes agroecológicos, restauración ecológica y el objetivo de construir soberanía alimentaria. Sin duda, es una de las semillas que los procesos comunitarios están viendo germinar para la defensa de las montañas del norte de Tangua.

En este territorio del sur del país se tejen a diario historias en torno a la protección de los tesoros naturales. Algunas nacen del cuidado de los bosques, como lo demuestran el Vivero El Martín y las Mujeres Protectoras de la Vida; otras surgen desde la palabra y los encuentros que transforman la manera de habitar el cuerpo y el lugar en el que vivimos, tal como promueve el Nodo Agroecológico de Tangua. A través del aprendizaje y la participación colectiva, estas mujeres no solo siembran con sus manos, sino también con su mente, con su palabra y con el conocimiento que comparten. Son como un río que, al seguir su cauce, encuentra obstáculos y se desvía ligeramente solo para retomar su vertiginoso recorrido, listas para integrar un océano aún mayor de experiencias comunitarias y consolidar la construcción de la agroecología en Tangua, en Nariño y en Colombia.


