Una avenida bien pavimentada, bañada por el sol de mediodía y por una capa gruesa de polvo proveniente de la acera, es la arteria aorta, vena cava superior e inferior y si se quiere, el corazón de Medellín del Ariari. Un corregimiento tan afable como olvidado por quienes se encargan de contar la historia de un país que, parafraseando a Bushnell, a pesar de sí mismo, logra ser país.

Si vamos desde el Cauca al Putumayo, pasando por el Valle y Antioquia, hasta el Guaviare, Meta, Casanare y Arauca, podemos ver que además de a lo largo y ancho, todavía queda mucho en lo profundo para escudriñar en cuanto a conflicto, verdad y paz. Hay tanto para contar y tanto que queda por conocer, que solamente estamos rasguñando la superficie sobre la brutalidad del conflicto armado en los territorios de Colombia. Sin embargo, uno de los ejemplos lo encontramos a pocos minutos del municipio de El Castillo, en el sector denominado Alto Ariari en el departamento del Meta. Un corregimiento que a pesar sus afectaciones, no es muy nombrado ni conocido: Medellín del Ariari.

En ambos costados de la avenida principal de Medellín del Ariari se pueden ver coloridas casas, algunas tiendas, un billar enorme de dos pisos que ensordece el paso del visitante y más de una decena de perros jugueteando por allí, como si hoy fuese una zona de juegos lo que hace unos años fue un suelo en el que se derramaron sangre, lágrimas y en el que retumbaron en cada calle y callejón los sollozos perpetuos de quienes hoy, en silencio, no paran de llorar a los que ya no están. El corregimiento es tan pequeño y pintoresco, como herido por el duro paso de un conflicto inclemente que dejó sentidas huellas, sin ser, hoy por hoy, un territorio en medio de ruina y miseria.

Adentrándose a las entrañas del corregimiento y observando las calles, un imponente samán se asoma para deslumbrar a los curiosos y dar sombra a los niños que bajo sus ramas que pareciesen inquebrantables, no paran de jugar. La plaza bañada de hojas y algún papel escurridizo, marcan el camino hacia el Templo Santuario Memoria de las Víctimas, resguardado en lo más alto de su estructura por una cruz que apuntando al cielo azul, soportando el ardiente sol, al viento que silba algún quitaresuello o la lluvia que convierte la polvareda de las calles en barro, está firme e inamovible para hacer saber a todo Medellín del Ariari que la casa de Dios está allí. Y es ahí donde se reúne la población junto a los padres claretianos Alfonso Prieto y Norbey Tapiero, asistidos por tres o cuatro misioneros que a raíz de las distintas problemáticas y necesidades con respecto a la reparación, reconciliación y construcción de paz y perdón, constantemente llegan de diferentes partes del país para juntos pedir por la no-repetición de sucesos que quedarán en la memoria de todo un país y en el alma de la población.

Alfonso, de más o menos metro con setenta de alto, delgado y entrado en la tercera edad vestido con gorra, ropa fresca y sandalias que, de entrada, indican que no es local, cuenta que antes de llegar a Medellín del Ariari estaba radicado en Ecuador y llegó en el 2013 para hacer parte de la articulación de los trabajos con la comunidad -pausa cada tres o cuatro palabras para organizar sus ideas, dar un vistazo a la cocina de la casa de misioneros y así cada tanto-. Con una mirada llena de brillo, no genera sino una empatía que da como resultado a un párroco jovial y, sobretodo, muy atento a todo lo que suceda a su alrededor. Por otro lado, bañado con una piel de tono oscuro, sudadera, tenis y un polo azul celeste, Norbey está sentado en una mecedora, ocultándose del sol y buscando la brisa en medio del calor abrasador. Calor que acompaña a los claretianos hace veinte años y a Norbey hace dieciocho que arribó al corregimiento. Mientras está al borde de quedarse dormido con el celular en el pecho, abre los ojos y voltea cada cinco o siete minutos para vigilar la capilla que está a sus espaldas. Prácticamente su casa, refugio y el centro de desarrollo de su trabajo. Una capilla que, justamente hoy 16 de diciembre, por estas fechas decembrinas, ilumina su fachada para dar luz de esperanza y festividad a la ciudadanía.

-Está quedando bonito ¿o no, muchachos?- pregunta el eléctrico que ayudó a la instalación de las luces de la capilla y la mira con un gesto de aprobación-. Yo creo que quedó de maravilla -dice y sonríe-.

Hace ya siete años que se erigió el templo color rosa pálido, de estructura puntiaguda y ventanales amplios a los costados en el que hoy reposa un Jesucristo crucificado junto al altar, y un Divino Niño justo en la entrada con un aviso de agradecimiento por las ofrendas. Hace ya casi una década que Medellín del Ariari dejó de tener una humilde capilla y pasó a enorgullecerse por tener un templo imponente. Un templo en el que a veces se refugia la mente de los que asisten para así bloquear lo malo y dedicarse durante una hora a pensar en la grandeza de Dios y lo seguros que se sienten bajo su abrigo. Sin embargo, fuera de la iglesia es evidente que lo sucedido no se olvida, como en una pequeña tienda de fachada verde menta, con la pintura caída y las esquinas con humedades. Está justo al frente de la iglesia y dentro de ella hay tres televisores con consolas de vídeo y sobre todo este centro de juegos y diversión para los más jóvenes y encima de todo esto, en lo alto de un muro blanco reposa el retrato de un joven delgado y buen mozo, con un corte de pelo clásico, camiseta blanca y una cadenita plateada. En la esquina inferior de aquel retrato hay sobrepuesto con algún programa de edición un lazo negro cruzado sobre las palabras “sin olvido” que, junto a la mirada perdida de la dueña de la tienda sobre la foto, dan a entender que él es uno de los muchos que ya no están para cantar a los pastores que vayan a Belén. Sin embargo, su mirada cambia de repente y llama a su hijo para que se aliste. -La novena empieza en una hora- le dice al joven mientras se levanta de su silla para ahincarle y se aliste a tiempo. Son situaciones así las que demuestran que las festividades llegan para pintar de color cualquier situación gris, y así la magia de la navidad llegó a Medellín del Ariari y el dolor parece desaparecer.

Suenan las campanas a las seis de la tarde y empiezan a llegar en su mayoría niños para celebrar lo que se ansía cada año en cualquier rincón de Colombia; las novenas que dan apertura a la esperada navidad.

-Aquí vienen más que todo niños/as porque es el primer día de celebración de las novenas- dice meditabundo y en voz alta el padre Norbey. Se detiene a ver a todos entrar y camina con una pasividad casi dejando que sea la brisa la que le lleve hasta un pequeño salón que hay junto a la iglesia donde, junto a las señoras del sector 1 de la comunidad, organizan las bandejas en las cuales más tarde repartirán vasos de arroz con leche con uvas pasas, para deleitar a los asistentes a tan emotiva ocasión.

El jolgorio y una que otra risa traviesa de infantes inquietos por poder cantar algún “A la nanita nana” llenan de júbilo la iglesia. El padre Alfonso se sienta junto a los asistentes mientras el padre Norbey organiza junto a los misioneros el orden de la misa. Rubén Rueda, misionero recién llegado de Ocaña, Santander, inicia la misa con una actividad para todos y todas. Con cantos y dinámicas logra captar la atención de cada uno de los presentes para así brindarles mensajes de reconciliación, enseñanzas sobre el cuidado y la defensa del territorio, en lo que se hace mucho énfasis. Rubén cierra su intervención de manera momentánea para dar paso al padre Norbey que, liderando la misa, habla sobre la anunciación y los retos que tendrá por delante la Virgen María al afrontar el reto de traer al hijo de Dios. Mientras esto sucede, en un costado de la iglesia, caminando rápido de extremo a extremo se ve al padre Alfonso calmando a los niños que llenos de energía no paran de agitar sus maracas y panderetas, o a otros que encontraron la forma de jugar congelados entre las bancas del templo.

Justo atrás de la figura delicada y sobria del padre Alfonso, en las coloridas paredes del templo, se pueden ver colgadas unas carteleras que a simple vista desentonan con el paisaje interno. A la derecha de la entrada, justo detrás de aquel monumento del Divino Niño que tiene a sus pies un aviso pequeño de las ofrendas, se posa un pendón de unos dos metros con una línea temporal de la historia del municipio de El Castillo y en algunos apartes, la historia de Medellín del Ariari. Unos apartes tan difíciles de encontrar que casi parecen decir, sin estar escrito, que ese corregimiento pequeño no dejará de ser jamás un aparte pequeñito en la historia de un pueblo pequeño. Al costado izquierdo, bajo los ventanales, se posa una cuerda asfixiada por polvo que se ve no se ha quitado en meses, inclinada de lado a lado en una sección del muro. Esta cuerda vieja tiene el peso de trece carteleras, de las cuales doce tienen en la parte superior los meses del año y más abajo los nombres y fechas de todos los muertos y desaparecidos durante los años de conflicto en el corregimiento. Justo al final hay una cartelera más, la número trece. Esta tiene nombres, pero no tienen fecha. La número trece tiene la palabra incertidumbre tatuada en cada nombre que, tristemente, le adorna.

Mientras el padre Norbey organiza a los misioneros para empezar con los villancicos que tanto ansían los más pequeños, el padre Alfonso empieza a sacar dos canastillas llenas de panderetas para los que no llevaron y así poder cantar. Todos sonríen, todos buscan un instrumento para acompañar las tonadas navideñas. Se comparte jolgorio al repartir estos instrumentos típicos de diciembre y su júbilo. Pareciese que, al compartir esos placeres pequeños, los contagian. Es casi como adornar la tristeza con tutainas tuturumás y la ausencia de los idos con Ave Marías y Padres Nuestros. Luego al empezar, con cada canto y algún grito de un niño extasiado, se empieza a notar que la inocencia y el canto de los sutes, por momentos, borra el gesto triste y parco de muchos rostros mientras las novenas se celebran. La unión hace la fuerza y, en este caso la unión en torno a estas fiestas ayuda un poco a sanar.

-Podéis ir en paz -dice el padre para finalizar la misa-. Curioso es pedir eso a un grupo de personas que hasta el día de hoy más que vivir, sobreviven. ¿Qué paz? es la pregunta que pueda atravesarse, pero al ver las sonrisas sinceras al despedirse y salir, se puede entender que la encontraron por el momento.

Después de ya vacía la iglesia, las carteleras en las que reposan un total de cuatrocientos treinta y cinco nombres se agigantan y parecen opacar cualquier Cristo o María en pintura o monumento. En el vacío de una capilla con las puertas abiertas de par en par se revive con crudeza el recuerdo de lo sucedido y parece que desde la cartelera de enero hasta la que no tiene fechas, se susurran suave aquellos nombres y apellidos de las víctimas. De día, el templo es centro de júbilo, luces y cantos llenos de alegría genuina. De noche es un lugar en el cual casi quinientos nombres vuelan por pasillos, bancas, muros y se recuerda con viveza lo ocurrido. Es irónico, pues reposan en el templo del Señor los nombres de aquellos que, seguramente, muchos pidieron ser salvados y ni Dios pudo ayudar.

Fotoreportero Freelance y periodista para El Cuarto Mosquetero con interés en desarrollo de trabajo con comunidades indígenas. Usando el periodismo como herramienta para la reconstrucción histórica y de tejido social