¿Qué hay detrás de todo este miedo? ¿Qué hay detrás de no sentir nada al ver las noticias? Evado con culpabilidad los miles de titulares: guerra, muertos, violaron a un niño, violaron a una niña. Camino con las manos en los bolsillos y escondo mi celular. Arrugo las cejas y aprieto el puño cuando pago un taxi con $50.000. Le temo a caer enfermo, más que por la enfermedad en sí misma, por tener que ir a urgencias y ver que hay miles peores que yo. Alguna vez, tras un día de borrachera, terminé con la boca reventada; tres puntos: seis menos que los que le tuvieron que hacerle en el hombro a un ladrón de solo 16 años. Yo le sonreí y su cara se desfiguró por un momento. Estaba desconcertado. No me devolvió ni un rictus, ni la más mínima muestra de que mi sonrisa en esos momentos era algo oportuno, pero me quedé con la imagen ¿Qué hay detrás de un joven de 16 años al que le desaparecieron a su hermano de 22? ¿Qué hay detrás de un ladrón de 16 años al que la gente cuando lo mira guarda las manos en los bolsillos y el celular en lo más escondido del pantalón? ¿Qué hay detrás, en últimas, de una persona a la que no le sonríen hace tanto tiempo, y que justo le vienen a sonreír mientras intentan unirle la piel?

Me gusta ir al campo. En el campo conocí un muchacho al que le gusta ir a la ciudad. Le gusta la ciudad porque está lejos de su padre. En una ocasión intentó huir yéndose a prestar servicio militar, pero con fusil al hombro lo violaron y prefirió a su padre que a sus soldados. Ahora enfrenta un juicio por deserción. El juicio por violación nunca empezó. ¿Por qué le gusta ir a la ciudad? Porque no está su padre. Cuando su padre está, él se monta sobre su caballo y va a los potreros lejanos de la finca y huele la gasolina que debería ser para la motosierra. La última vez la olió tanto que la derramó sobre su camisa y pareció no importarle. Yo me lo imaginé prendido en fuego, como la gente que hace poco robó un camión y terminó incinerada por conseguirse un poco de combustible. Unos brutos, pensé. Y la pregunta volvió a mí: ¿Qué hay detrás de no sentir nada al ver las noticias? ¿Por qué, sentado sobre el comedor, la tragedia de los demás me parece indiferente? Me acostumbré tanto a tanta muerte. Me acostumbré tanto a guardar las manos en los bolsillos y el celular en el pantalón.

Alguna vez un profesor contó que en una reunión de su doctorado narró la historia de la toma del Palacio de Justicia. No me consta, pero nos dijo que consternados lloraron; y en su tristeza juraron que era metafóricamente como asesinar la justicia. ¿Qué es metafóricamente matar 4, 5, 6 (inserten el número que quieran) jóvenes? ¿Qué es metafóricamente desaparecer un hijo, una madre, una abuelita? ¿Qué es dejar un hombre decapitado en plena plaza pública? Las noticias pasan por mi pantalla, por el televisor, y yo sigo sin sentir nada. Los hechos quedan en el recuerdo, ¿pero y el sentimiento? ¿Qué es metafóricamente no sentir nada?

Hace poco leí (ya no recuerdo donde) el testimonio de una madre a la que le desaparecieron su hijo. Quería saber dónde estaba. No pedía que se lo entregaran vivo. Simplemente quería poderlo enterrar. Sabía que a su hijo lo habían matado, pero necesitaba ver sus huesos para tener un día, al menos un día, en el que siempre que llegaba un taxi frente a su puerta, no tuviera la esperanza de que de allí se bajaría su hijo y le daría un abrazo. Hasta el 2018 llevábamos 142.648 personas desaparecidas.

 

Abogado de la Universidad Libre de Colombia y estudiante de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente escribo columnas de opinión, y un libro sobre la identidad en los llanos orientales colombianos.