El guarapo, esa bebida fermentada que ha calmado la sed de campesinos colombianos durante siglos, jugó un rol fundamental en la historia de El Peñon, en Santander.

Una famosa y reconocida bebida del municipio de El Peñón, fue durante muchos años la testigo del papel que ocupaba la mujer peñonera, quien durante su niñez debía aprender a cocinar, lavar, a trabajar. Su lugar era en casa cuidando a sus hermanos y aprendiendo labores domésticas, preparándose para cuando formara su hogar.

Sin embargo, era costumbre verlas transitando por el camino de Las Lajas, cargando maletas, y a sus niños o a sus gallinas. Con este estilo de vida se crió y así creció, caminando al lado de sus papas y arriando las mulas, esta labor continuaba durante toda su vida, pero con el que sería su fiel compañero por el resto de sus días.

Para la peñonera antigua no existían las oportunidades que se brindan actualmente, Ahora puede estudiar, profesionalizarse y superarse para que pueda obtener una mejor calidad de vida, trabajando en ámbitos en los que no exponga su salud con labores que requieran esfuerzo corporal.

“Como de la edad de 10 años ya nos tocaba a la pata de mi papá arreando las mulas”, es el relato de la mayoría de ellas, quienes, sin importar el dolor de sus pies, debían caminar largas horas para ir de tierra fría a caliente para trabajar. Al no haber mayores opciones laborales para desarrollar una mejor forma de vida, se veían obligadas a tomar a un hombre por marido lo más rápido posible para que éste les diera el sustento y de esta manera formar su familia y seguir el ejemplo de sus antepasados.

Sin embargo, que tuvieran que trabajar, cocinar, ordeñar, o realizar cualquier otra labor, no les impedía divertirse. Ellas al igual que los hombres, acostumbraban a tomar guarapo y podían llegar a tener la misma capacidad de resistencia a éste. Tocaban riolina, cantaban guabinas y bailaban en cualquier lugar y a cualquier hora, siempre atentas y preparadas para formar la ‘pachanga’.

Aunque los hombres trabajaban rosando, raspando, moliendo, o sembrando; tenían más oportunidades de esparcimiento. Frecuentemente hallaban por el camino o en alguna guarapería, a sus amigos y hacían una pausa activa para charlar; desestresarse y tomarse un vaso de guarapo.

“Antes era más bonito que ahora, se veían las mulas y la gente, y todos los días había movimiento, era más alegre, llegaban todos los pasajeros y pedían su vasito de guarapo que valía por ahí 50 pesos. Cuando pasaban mulas por aquí, eso eran como 500, todo el que iba o subiendo o bajando hacía la parada aquí, donde María Vargas, o donde Miguel”, relata nostálgica una de aquellas peñoneras antiguas.

Floralba López, reconocida vendedora de guarapo de El Peñón. Foto: Mayerly Duarte.

Los lugares mencionados eran conocidos en conjunto como ‘Las guaraperías de Junín’, pero en el transcurso de todo el camino se encontraban más casas u otros paraderos dónde vendían guarapo, distribuidos de tal manera que los viajeros encontraran esta bebida durante todo su recorrido. Una cantidad de personas lo utilizaban como refresco al momento de haber los jornales para trabajar en las rocerías, moliendas, o en los trabajos de agricultura como siembra de cultivos de plátano, yuca, chonque y también en los cultivos de “coca”.

Floralba López Rocha, 30 años atrás, cuando aún se limitaba el papel de las mujeres al hogar, decidió abrirse camino entre la difícil situación económica en su hogar, arriesgándose a emprender con una guarapería y una tienda.

Ahora Floralba es una reconocida cantinera de El Peñón, y atestiguó el pasar de los años de una generación que hoy ha quedado atrás. “Cuando llegamos aquí con mi marido, la casa era de mi suegro, estaba como en unas lajas, y yo le dije a mi marido Nelson Vargas, que me comprara una carga de miel y que yo hacía guarapo para venderle a los viajeros. Yo trabajaba en eso y él trabajaba en los potreros de la finca.”

La famosa bebida, en su relato, la prepara así: “Las borras hace harto que las tengo, ellas se lavan y se vuelve a hacer el guarapo. Por ejemplo, si yo lavo la borra hoy, mañana está fresca, y pasado mañana está buena, y pues la miel no la compro porque tengo molino, yo siempre lo he hecho así, pero lo que ha cambiado es que ahora ya no se hace la misma cantidad, toca hacer más poquito, eso ya es raro la persona que toma guarapo. La gente tampoco ya no es la misma, por aquí ya no pasa nadie, ni mulas ni personas, solamente motos.”

El Guarapo generalmente se almacena en una caneca para su venta.
Foto: Mayerly Duarte.

Hoy en día, López administra su casa, la finca, y ayuda a sus nietos. “Tengo 66 años, vivo con un nieto al que cuido, con mi hija Natalia y los dos niños que tiene, porque mi esposo hace tres años que falleció, entonces la finca la administro yo.”

Floralba reconoce el desarrollo que ha tenido el municipio, pues considera que mejoró la calidad de vida, pero a su vez, empeoró la calidad humana. “Es claro que, al día de hoy, esos momentos en los que se veía la unión, la generosidad el calor humano, o la alegría de todos los campesinos de éste municipio, no estarán frente a los ojos de las nuevas generaciones”, declara con un deje de pesadez en la voz, y espera que el papel fundamental de esas mujeres que durante tantos años, calmaron la sed e hicieron más llevadero el destino que en ese entonces se vivía, se mantenga como un recuerdo vigente.